Una pareja perfecta 35
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AMANDA DAVIS

No recupero el aliento después del almuerzo con el doctor Grant, ni siquiera después de horas.

Las urgencias se suceden una tras otra, sin dejarme tiempo para pensar o intentar no estar a solas con él en la sala de descanso.

No hay posibilidad de descansar y, por una vez, estoy agradecida.

Esa comida fue una mala idea, y no solo porque me he encontrado con Carly, sino porque la he disfrutado.

La conexión con el doctor Grant me parece auténtica, como algo que no sentía desde hacía tiempo.

Y ahora me arrepiento. No puedo evitar temer que esto genere un ambiente incómodo entre nosotros en el trabajo.

El último paciente ha sido atendido y enviado arriba al quirófano, y es el turno de Sunny de encargarse del traslado.

Me quedo en la zona de recepción, donde la tele de la pared muestra los gráficos de introducción de las noticias de la noche.

Está sintonizada en GSB News, como siempre: aquí todo el mundo siente que tiene que apoyar a la cadena de Paul.

«Paul es parte de la familia», dijo una vez la doctora Martínez.

Pero ahora, al escuchar el tema de las noticias en silencio, pongo los ojos en blanco discretamente. Luego, cuando Sunny regresa corriendo de los ascensores y sube el volumen, vuelvo a ponerlos en blanco. Creo que está un poco pillada de mi marido. Si ella supiera…

Los gráficos desaparecen y la imagen pasa al plató.

Me acerco unos pasos, atraída por la pantalla, y luego me detengo.

Algo no está bien. Observo cierta tensión alrededor de la boca de Paul.

Tiene la mandíbula apretada, incluso cuando fuerza una sonrisa y dice su saludo inicial.

Sus ojos, por lo general firmes y seguros, parecen un poco más oscuros, y se dirigen al teleprónter.

Entonces empieza a hablar. Sus manos, que forman un triángulo con los dedos juntos hacia arriba sobre el escritorio frente a él, tiemblan ligeramente.

Nerviosa, le quito el mando a distancia a Sunny y subo aún más el volumen.

—… en las colinas de Malibú. —La voz firme de Paul llena el aire—.

Las autoridades están investigando el hallazgo del cadáver de una mujer en Malibu Canyon Road, la cual se cree que ha sido víctima de un atropello mortal en el que el autor se habría dado a la fuga.

Ocurrió probablemente la semana pasada, en algún momento antes de que la tormenta del jueves azotara la zona.

Me quedo paralizada, con un escalofrío recorriéndome la piel a pesar del calor.

No me parece real escuchar su tono firme y sereno relatando los detalles del horrible secreto que hemos estado guardando.

Cada frase se retuerce como un cuchillo en mi estómago.

Mareada y con náuseas, retrocedo hasta apoyarme en el mostrador de recepción.

La imagen cambia al reportero en el lugar de los hechos, y reconozco dónde está. Nunca olvidaré ese lugar. Está justo donde se acumuló la sangre a mis pies aquella noche.

—Aquí, en Malibu Canyon Road, conocida por sus curvas cerradas y sus escarpados barrancos, los investigadores están reconstruyendo lo sucedido —detalla el reportero, mientras yo jadeo, sin aliento—.

Las pruebas encontradas en el lugar, entre las que se incluyen fragmentos de la parrilla de un coche, cristales rotos y salpicaduras de sangre, sugieren que la colisión se produjo antes de que descargaran las fuertes lluvias.

Sus palabras se difuminan mientras mi pulso se acelera y una oleada de náuseas me invade, aguda e implacable. Me cuesta respirar. Mi cara arde, luego se enfría, mis manos tiemblan mientras me agarro al borde del mostrador de recepción, desesperada por encontrar algo sólido a lo que aferrarme.

La voz de Paul regresa, acompañada de algunas imágenes de Malibu Canyon Road desde el lugar exacto donde ocurrió.

Ahora vuelve a tener su aspecto normal, tranquilo y carismático, con la dosis justa de empatía y seriedad.

Mi pecho se oprime por la culpa y el temor mientras el hombre en quien solía confiar relata con calma nuestro crimen como si fuera cualquier otra historia.

El estómago se me revuelve, y a duras penas consigo agacharme y buscar a ciegas la papelera debajo del mostrador.

Mi cuerpo me traiciona, rebelándose contra la realidad que no estoy preparada para afrontar, y vomito en la papelera, débil y expuesta.

El sabor acre persiste, la bilis me pica en la garganta mientras intento recuperar el aliento.

Sunny viene corriendo a mi lado.

—Amanda, ¿estás bien?

No puedo mirarla. Aún no puedo hablar. Sigo agarrada al borde del mostrador, mirando fijamente la papelera. Me da unos pañuelos de papel y, luego, un vaso lleno de agua del dispensador, que ha traído enseguida el doctor Grant.

Humillada y temblorosa, me enderezo, manteniendo la mirada baja.

—Debo estar incubando algo —susurro—. Lo siento… ¡Qué vergüenza!

—Sabes que no tienes por qué disculparte por las funciones de tu cuerpo, ¿verdad? —dice Sunny, pasando la mano por mi espalda en un gesto tranquilizador.

El doctor Grant me observa, pero no dice nada.

Incluso después de que las náuseas hayan pasado, el pánico y la vergüenza se aferran a mí, apretándome la garganta.

Me limpio la boca, con la mente dando vueltas, preguntándome cuánto tiempo más podré mantener la compostura en un mundo en el que la voz de Paul, tranquila y entrenada, oculta la pesadilla que compartimos mientras se la transmite a todo el mundo.

En el fondo, sé que esto es solo el principio, y eso me aterroriza más que cualquier otra cosa.

Justo cuando el doctor Grant empieza a decirme que debería irme a casa por hoy, un pensamiento comienza a darme vueltas en la cabeza, como un animal enjaulado desesperado por liberarse.

«Tengo que encontrar una forma de salir de esto».