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PAUL DAVIS
Cuando llego a la cadena, ya es tarde y la reunión de redacción ha comenzado sin mí.
Interrumpo la habitual discusión sobre el orden de los segmentos en el programa.
Sin disculparme, ocupo mi lugar en la cabecera de la mesa y las animadas conversaciones se calman lo suficiente como para que los demás me saluden mientras leo la lista preparada por Carly, a la que no veo por ninguna parte; es raro, pero será mejor así, debido a lo que tengo que decir.
Dejo la lista sobre la mesa y levanto las manos para que todos se callen. Las discusiones se apagan.
—¡Esto es aburrido, gente! No voy a salir en antena con estas tonterías sin sentido.
¿Me estáis diciendo que no ha pasado nada digno de mención en Los Ángeles desde ayer?
¿Nadie ha muerto? ¿Ninguna estrella de cine ha sido detenida por conducir borracha?
¿Nadie ha estrellado su Lamborghini contra un poste?
—Si hubieras llegado puntual —dice Latesha con una sonrisa—, sabrías que en realidad estamos discutiendo sobre el puesto tres y siguientes. Carly está redactando la noticia principal mientras hablamos.
—¿Cuál es la noticia principal? —pregunto, intrigado. Debe ser algo importante si Carly ha abandonado la reunión para escribirla ella misma.
La sonrisa de Latesha es aún más molesta que sus miradas fulminantes. Los impecables dientes blancos, el color intenso de los labios, las chispas de arrogancia narcisista en sus ojos.
—Te encantará —responde con aire enigmático.
Me encojo de hombros, negándome a darle la satisfacción de insistir.
—¿Y cuál es nuestra segunda historia?
—Un yate volcado a una milla del muelle de Santa Mónica.
Vuelvo a encogerme de hombros y sigo hojeando la lista de los segmentos.
—Espera a oír de quién es el yate —susurra Aidan, inclinándose hacia mí.
Miro a mi asistente, pero me niego a hacer la pregunta. Él sabe que no tiene que esperar a que yo pregunte.
—El jefe de policía estaba en él —añade, emocionado—. Sin su mujer. Y en horario laboral.
Eso logra captar mi atención. Malditos polis.
—¿Con quién estaba?
—Con dos chicas, una de ellas de apenas dieciocho años. El barco se lo prestaron sin papeleos, del depósito de incautaciones. Y el jefe estaba en pelota picada cuando los guardacostas lo sacaron del agua.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro.
—Ah —digo, frotándome las manos—. Me encanta. ¿Y esto ocupa el segundo lugar? Entonces, ¿cuál es la noticia principal? ¿Quién ha muerto?
Los tacones de Carly trotan al ritmo de su emoción mientras se acerca a la mesa de conferencias.
—¡Si hay sangre, vende! —Reparte el texto de una página de la noticia principal a todos los que estamos sentados a la mesa—. Sigo esperando la segunda confirmación de la historia del yate, y ya podremos sacarla esta noche.
—¿A qué esperas? La Guardia Costera debería poder confirmar el incidente.
—La cuestión no es que el yate haya volcado o no —responde, inclinándose sobre la mesa lo suficiente como para mostrar una vista de primera clase de su escote—.
Parece que la chica de apenas dieciocho cumple años el mes que viene, o sea, que tendría casi dieciocho, lo que llevaría al jefe de policía al terreno de los delitos graves.
Eso es lo que tenemos que confirmar dos veces.
—Vaya, vaya —reacciono, aunque mi entusiasmo por dar una noticia tan jugosa se ve algo empañado por la preocupación de verificar los hechos y los planes de adquisición de Raymond. Lo último que necesitamos es enemistarnos con la policía—. ¿Y esto no ocupará el primer lugar? ¿Por qué?
La sonrisa de Carly se amplía mientras señala la hoja de papel que tengo en la mano.
—Léelo tú mismo.
El titular capta toda mi atención y la sangre se me hiela en las venas.
Se me corta la respiración y soy incapaz de respirar, pensar o incluso ver con claridad.
Las palabras se difuminan en la página, pero no puedo apartar la mirada.
Cada frase me golpea como un puñetazo en el estómago.
«Un misterio inquietante… el cuerpo de una mujer…
Malibu Canyon Road». El pulso me late con fuerza en los oídos, ahogando las voces que me rodean en la reunión.
Ni siquiera puedo oír las risas por algún chiste mal contado sobre el interminable surtido de dramas que nos proporciona Malibú. Nada de eso me llega.
La página tiembla entre mis dedos, arrugándose ligeramente. Me obligo a respirar, a mantener la calma, pero es como si mi cuerpo se hubiera rebelado. Tengo las manos pegajosas y siento el sudor resbalándome por la nuca. Me obligo a leer cada palabra mientras todo mi ser grita en silencio.
TITULAR: Atropello mortal sin resolver en Malibu Canyon Road
PAUL:
Última hora esta noche: un inquietante misterio en las colinas de Malibú.
Las autoridades están investigando el hallazgo del cadáver de una mujer en Malibu Canyon Road, la cual se cree que ha sido víctima de un atropello mortal en el que el autor se habría dado a la fuga.
Ocurrió probablemente la semana pasada, en algún momento antes de que la tormenta del jueves azotara la zona.
REPORTERO (en el lugar de los hechos):
Aquí, en Malibu Canyon Road, conocida por sus curvas cerradas y sus escarpados barrancos, los investigadores están reconstruyendo lo sucedido.
Las pruebas encontradas en el lugar, entre las que se incluyen fragmentos de la parrilla de un coche, cristales rotos y salpicaduras de sangre, sugieren que la colisión se produjo antes de que descargaran las fuertes lluvias en la zona el jueves por la noche.
Pero aún quedan muchas preguntas sin responder… La identidad de la víctima, por ejemplo. ¿Por qué estaba aquí, en este tramo aislado de la carretera? ¿Y por qué el conductor desapareció sin dejar rastro?
PAUL (imágenes de Malibu Canyon Road):
Los inspectores buscan respuestas y tratan de comprender el panorama completo que se oculta detrás de este trágico incidente. ¿Podría haber algo más en esta historia?
REPORTERO:
Por ahora, las autoridades piden que cualquier persona que haya notado algo inusual en Malibu Canyon Road la semana pasada lo notifique. Esto es todo lo que se sabe de momento, les mantendremos informados a medida que haya novedades.
—¿Estás bien? —La mano de Carly me toca el brazo, devolviéndome a la realidad.
Asiento con la cabeza y la miro, aturdido y saliendo de la pesadilla. Parece preocupada de verdad, y eso es justo lo que no puedo permitir que pase.
—Estás pálido —añade, tocándome la frente con el dorso de la mano como si fuera un niño.
Me aparto.
—Estoy bien, solo un poco cansado. Y tengo hambre —añado, lanzando una rápida mirada a Aidan.
El joven no necesita más indicaciones. Sale corriendo de la habitación. Dentro de unos momentos, volverá con una selección de mis dónuts favoritos y un café fuerte que me ayudarán a sobrevivir al día.
Miro la hoja impresa. Es demasiado específica, cada detalle me acerca más al precipicio.
Mi mente da vueltas buscando excusas, mentiras plausibles, algún tipo de explicación que pueda dar si me miran con demasiada insistencia.
Me digo a mí mismo que aún no lo saben, que es imposible que lo sepan.
Pero es como si estuviera al borde de un acantilado y un movimiento en falso, una respiración equivocada, pudiera hacerme caer.
—¿Tienes a un equipo en el sitio? —le pregunto a Carly.
Ella asiente.
—Sí, se marcharon hace treinta minutos. Les he enviado el texto por correo electrónico. Estará todo listo a tiempo, no te preocupes.
Miro a Latesha y me pregunto si debería dejarla dar la noticia principal, para variar.
Me da miedo que se me seque la garganta como la arena y me ahogue mientras la leo.
Las opciones de hoy son todas una mierda: la historia de mi propio delito y una noticia que va a enemistarme con el jefe de policía y buena parte de su ejército de uniforme.
Pero no puedo hacer ningún cambio en nuestra rutina establecida; eso llamaría demasiado la atención.
Peor aún, se le subiría a la cabeza a Latesha y la haría aún más insufrible de lo que ya es.
Yo soy el presentador principal, así que doy la noticia de apertura.
Siempre. Y solo es una historia más… Se olvidará.
¿Seguro que se olvidará?