33
AMANDA DAVIS
No sé por qué dije que sí.
Como si mi vida no fuera ya lo bastante complicada sin tener que almorzar con mi jefe.
Luego, después de aceptar, cuando quiso llevarme a un lugar más elegante en West Hollywood, me dio demasiada vergüenza decir que no, aunque me habría gustado más compartir algo rápido en el restaurante de enfrente, donde suele ir el personal del hospital.
Todavía con la bata puesta, destacamos entre el escaso público de media tarde.
Vamos a comer tarde, pero nuestro turno no es que sea de nueve a cinco.
La comida está deliciosa y la presencia del doctor Grant es tranquilizadora, reconfortante y agradable.
No es la emoción, la pasión y el amor desesperado que aún recuerdo de mis primeros días con Paul, pero menos mal, ¿y por qué se me ha venido a la cabeza eso?
Lo que está sucediendo tampoco es la tensión hostil de mis últimos años con Paul.
Es simplemente bueno…, como debe ser una comida con un amigo.
Eso es lo que el doctor Grant es para mí. Un amigo del trabajo.
Al principio, la conversación es animada, ya que hablamos sobre todo de los casos del día y de curiosidades del comportamiento humano que a ambos nos gusta analizar.
Lo que hizo aquel hombre cuando descubrió que su mujer estaba embarazada a los cuarenta y seis años.
Cómo reaccionaron ante la noticia los hijos adultos del hombre de setenta y nueve años que acababa de sufrir un derrame cerebral.
Pero luego comienza a haber silencios más largos y nos movemos hacia las preguntas personales que tanto temo. Aun así, una forma de mantenerlas controladas es hacerlas, en lugar de responderlas.
—¿Cuál es tu mayor desafío en estos momentos? —le pregunto, aferrándome con uñas y dientes al tema del trabajo. Mirando fijamente mi ensalada como si tuviera alguna respuesta, pincho un picatoste con el tenedor y mastico despacio, con naturalidad, esa delicia crujiente.
—¿En mi vida personal? —pregunta, tragándose el último trozo de filete que queda en su bol—. Diría que las citas. Son horribles, no son lo mío. Toda esta forma remota y online de conocer gente es una locura. Impersonal. Es como si fueran transacciones huecas.
—Ah… Pensaba que estabas casado —le digo, ya que él ha sacado el tema. Creo recordar que llevaba una alianza hace unos meses.
—Viudo. Aneurisma cerebral.
—Lo siento mucho —susurro. Me daría de tortas ahora mismo—. ¿Qué edad tenía?
—Veintisiete. Era un defecto congénito. Estaba embarazada y se le disparó la tensión. —Juega con los trozos de lechuga que quedan en su bol, empujándolos con el tenedor—. Los perdí a los dos ese día.
—Lo siento mucho. —Mi instinto toma el control. Me inclino sobre la mesa y le aprieto la mano con suavidad, como hago con mis pacientes. Entonces, al darme cuenta de lo que estoy haciendo, me aparto enseguida—. Lo siento —susurro, sintiendo que me arde la cara.
Él sonríe.
—¿Y tú? ¿Por qué tengo la sensación de que las cosas no van tan bien para la pareja perfecta de Los Ángeles?
Me repatea que la gente nos llame así. Desde la gala benéfica, lo he oído por todas partes porque, claro, todo el mundo la ha visto en la televisión y se sienten obligados a comentarlo. Pero me incomoda responder. Mi respuesta no sería más que un montón de mentiras bien construidas.
—¿En serio? ¿Por qué dices eso?
—Pareces… seria y triste. Como si estuvieras de duelo o atravesando alguna dificultad personal.
—Ah, entiendo. —Respiro, sintiéndome un poco aliviada—. Es agotador, toda la atención mediática que recibe mi marido y mi papel en sus iniciativas. Pero es por una buena causa y sigo haciéndolo, aunque a veces… —Me detengo, un poco emocionada.
Él se inclina sobre la mesa y me aprieta la mano.
—Eso no es todo, ¿verdad?
Al oír su voz suave, siento el escozor de las lágrimas en los ojos.
—Deberíamos irnos. Se está haciendo tarde.
—Amanda…
—Por favor, doctor Grant, vamos…
—Me llamo Michael —responde con una sonrisa amable
Retiro mi mano de la suya, arrepintiéndome.
—Bueno, Michael…, mi jefe, el doctor Grant, me sancionará si llego tarde al trabajo —digo, escondiéndome detrás del humor como si fuera un manto—. Gracias por una comida maravillosa.
Me levanto mientras él se apresura a ir al mostrador para pagar la cuenta.
Lo observo y me fijo en cosas que antes no había visto.
Cómo algunos mechones de su cabello revuelto le caen sobre la frente.
Cómo la camarera lo trata con la deferencia adecuada, probablemente en respuesta a su bata azul oscuro.
Estoy acostumbrada a que las mujeres saliven con mi marido como si fuera un trozo de carne, cazándolo como si fueran zombis sexuales sin cerebro.
Resulta alentador presenciar una interacción normal.
—¡Amanda! Qué sorpresa tan agradable. —La voz detrás de esas palabras me sobresalta.
Reconocería el tono de voz de esa mujer en cualquier lugar: suave y perfectamente modulado, con una pronunciación pausada y nítida. Me doy la vuelta como si hubiera oído el silbido de una serpiente en la hierba.
—Oh, Carly, me alegro de verte.
Ella besa el aire alrededor de mis mejillas y yo finjo disfrutar de la interacción. Su perfume me resulta vagamente familiar, pero no es la primera vez que me abraza. Es un aroma empalagoso, floral, sofisticado y memorable.
—Lo siento, llevo la ropa del hospital —digo como excusa para alejarme, consciente de lo ridículo que suena.
Ella le resta importancia a mi preocupación con un gesto de la mano, con la generosidad de alguien que siempre ha vestido a la última y lo sabe. Yo quería decir que me apartaba por los gérmenes, no por la moda, pero es obvio que ella no lo ha entendido así.
—¿Y quién es este? —pregunta, evaluando con todo el descaro al doctor Grant.
—Es mi jefe —respondo con bastante frialdad—, el doctor Grant.
—¡Ah, así que estás trabajando , supongo! —Se ríe, con la mano aún en el apretón que le da el doctor Grant—. Qué bien —añade, con un doble sentido muy evidente. Luego, me hace un guiño y me abraza de nuevo—. Bueno, tengo que irme. Llego tarde a una reunión con mi jefe.
Se refiere a Paul, y ella sabe que yo lo sé.
La miro marcharse, estupefacta. No estoy celosa, como el doctor Grant parece haber pensado por un momento.
—Debe ser difícil saber que tu marido está rodeado de todas estas mujeres. Pero, si se le ocurre siquiera mirar en su dirección, es un idiota —dice.
«Uy, está haciendo mucho más que mirar», estoy por decir. Pero eso no es asunto del doctor Grant.
Durante todo el trayecto de vuelta al hospital, permanezco en silencio en mi asiento, tratando de mantener una leve sonrisa en mi rostro y fracasando.
La preocupación crece dentro de mí como las mareas.
¿Y si Carly abre su bocaza y le cuenta a Paul que he estado almorzando con alguien y que nos hemos cogido de la mano, si es que lo ha visto? ¿Y si alguien más nos ha visto?
Podría llevar a Paul al límite, y no se sabe lo que podría hacer entonces.