Una pareja perfecta 32
46%

32

PAUL DAVIS

—Adiós, papá —dice Tristan desde la puerta, arrastrando su mochila por el suelo con esa pereza y descuido que me vuelve loco. La ropa del colegio le queda grande, como si se la hubiera puesto a última hora, completando su aspecto desaliñado.

Lo saludo con la mano sin apartar la mirada de Amanda. Ella tira, impaciente, de la mano de Tristan, pero él mira hacia atrás como si se hubiera olvidado algo. Solo puede ser una cosa.

—¿Has cogido el almuerzo?

—Ay, no. —Mira el suelo y juega con la correa de la mochila.

Amanda gruñe y vuelve corriendo a la cocina. Abre la nevera, saca la bolsa del almuerzo de Tristan y cierra la puerta de golpe.

—¿Vas a regresar antes de tu turno? —le pregunto con naturalidad, mientras doy otro sorbo al café.

Dejo la taza y sigo abrochándome la camisa. Aunque sea viernes, aún me quedan unas cinco horas para ir al trabajo y me encantaría pasar unos minutos a solas con mi mujer. Apenas hemos hablado esta semana y estoy seguro de que tiene muchas cosas en la cabeza que sería mejor que yo supiera.

—No —responde con frialdad—. Me iré directa al trabajo después de dejar a Tristan. Y también tenemos que recoger a Dylan.

El sonido de la puerta del garaje al cerrarse con fuerza resuena en el silencio.

¿Se lo estará contando todo a alguien? No puedo pensar en nada más.

Me la imagino traicionándome, vendiéndome, porque le vendría de perlas.

Si me condenan, ella obtendría el divorcio, la custodia total, la casa y todo lo demás.

Justo como a ella le gustaría. Entonces, ¿por qué no me han arrestado todavía?

¿Qué le impide llamar a la policía? ¿Qué narices está pasando?

Termino de vestirme y empiezo a dar vueltas por la habitación, con la mirada clavada en mi teléfono desechable.

El tipo de las piezas no me ha devuelto la llamada y ya han pasado dos días.

¿Cuánto tiempo se tarda en conseguir unas pocas piezas de coche hoy en día?

Intenté llamarlo anoche, y no conseguí nada.

Algo me dice que el precio sube con cada llamada que no contesta.

Furioso, guardo el móvil en el bolsillo, me termino el café y decido ir temprano al trabajo.

Quizá Carly esté de humor para uno rapidito antes de la reunión de redacción.

Necesito liberarme. Sé lo que quiere: recuperar su puesto de copresentadora, pero no voy a decirle que eso no depende de mí.

El bueno de Raymond no necesita el tipo de atención que ella le presta.

Que siga esperando. Dicen que la esperanza es buena para el alma. Sin duda, es buena para la mía.

Una vez en mi Cadillac de alquiler, pongo el motor en marcha y la puerta del garaje se abre con un zumbido.

Apenas he salido cuando una vieja camioneta Chevy destartalada retumba en la entrada, bloqueándome la salida.

Piso el freno con fuerza, agarrándome al volante, y me detengo a pocos centímetros de necesitar piezas para otro Cadillac.

Salgo del coche y levanto las manos.

—¡Eh! —Mi gesto lo dice todo: «¿Qué coño quieres?».

El conductor sale despacio, con su metro ochenta y cinco de estatura.

Tiene los brazos gruesos cubiertos de tatuajes de presidiario y el cuello lleno de músculos, y su piel brilla con el sudor bajo el sol de la tarde.

Lleva el pelo muy corto y está bien afeitado, lo que delata que acaba de salir de la cárcel.

Vestido con vaqueros descoloridos y una camiseta sin mangas raída, sonríe, mostrando las fundas de oro de sus dientes anteriores mientras se acerca con un aire arrogante y lleno de intención en cada paso, como si fuera el dueño de mi entrada.

Mira el Cadillac y lo rodea despacio, con las manos en las caderas. Sus brazos parecen gruesos como troncos de árbol, con músculos suficientes para romperme como un lápiz.

Luego me mira, confundido.

—¿Para qué necesitas las piezas?

Exhalo, aliviado pero tenso.

—¿Es usted… el señor Foster?

—Así es como me llaman. —Sonríe aún más, con los ojos brillantes—. Pero no lo digas con tanta formalidad. Foster es suficiente. Además, no es mi verdadero nombre.

—Ah, vale. —Lo escruto de arriba abajo, fijándome en las cicatrices y los tatuajes—. Encantado de conocerte…, Foster.

Se apoya una mano en la cadera y entrecierra los ojos.

—¿Vamos a hacer esto aquí mismo, al sol, o quieres enseñarme lo que hay que arreglar antes de que nos salgan canas y arrugas a los dos?

Trago saliva, con la garganta seca de repente.

—Sí. Por aquí.

Lo llevo al garaje y le señalo el Cadillac accidentado. Lo examina lenta y minuciosamente, pasa los dedos por el parachoques e inspecciona cada arañazo y abolladura. Cuando ve el plástico agrietado cerca del guardabarros, silba en voz baja.

—No ha sido un golpecito, ¿eh? —Me mira con una sonrisa de superioridad, y sus ojos captan el destello de algo a lo que prefiero no enfrentarme—. Y tienes dos Cadillacs iguales.

—Quería vender este —digo, encogiéndome de hombros y evitando su mirada—. Pero… pasaron cosas.

Me observa durante un largo segundo y luego suelta una breve risita.

—Lo que tú digas, colega.

—¿Puedes encargarte?

—Por algo me llaman Foster Vía Rápida. —Esboza una sonrisa, pero solo la transmiten sus dientes. Sus ojos siguen siendo mortalmente fríos.

Miro hacia la calle y veo a unos pocos transeúntes paseando a sus perros o dirigiéndose a algún sitio.

—Entonces…, ¿crees que podríamos, eh, hacerlo con discreción?

Se ríe sacudiendo la cabeza.

—Quita el otro coche del medio para que pueda meter la camioneta. Es mejor que los vecinos no me vean descargar todas estas «piezas a medida». ¿Lo pillas?

Se me contrae el estómago y mis pensamientos se aceleran. Este tipo podría matarme con una sola mano. Y aquí estoy, siguiendo órdenes como un idiota. Mis zapatos valen más que su camioneta y estoy a punto de encerrarme en el garaje con él.

—De acuerdo —digo, y me apresuro a apartar el coche de alquiler. Una vez que él está dentro, corro a cerrar la puerta del garaje, para que nadie pueda fisgar.

Él ya está descargando, apoyando piezas contra la pared del garaje. Ninguna de ellas está en cajas. Me imagino a algún tipo lamentándose por su XT6 robado, que habrá sido desguazado en algún garaje de Boyle Heights, un barrio de pandilleros.

—No mencionaste que estos embellecedores estaban agrietados —dice, golpeando el plástico sobre el parachoques—. Los conseguiré, pero no me ocultes cosas.

—Vale, vale. —Me aclaro la garganta—. ¿Puedes empezar mañana? Estaré aquí para… ya sabes, ayudar.

—Intentaré que sea mañana, pero no estoy seguro. —Se rasca la cabeza y me mira despacio, evaluándome—. Te costará veinticinco mil pavos. En efectivo. Billetes pequeños.

Suelto un silbido bajo antes de poder evitarlo. Él se da cuenta y su rostro se endurece.

—¿Vamos a tener un problema?

—Ningún problema. —Esbozo una sonrisa forzada, tratando de parecer despreocupado—. Lo tendré listo mañana. —No sé cómo, pero lo haré. Tengo que hacerlo.

Su sonrisa vuelve, aún fría como el hielo. Me da una fuerte palmada en el hombro y tengo que hacer un gran esfuerzo para no dar un respingo.

—¡Así se habla, colega! Vamos por buen camino.

Lo veo acercarse otra vez al Cadillac e inspeccionar la parrilla de cerca. Entonces se detiene y levanta una ceja.

—Te has dejado algo aquí —dice, señalando la parrilla dañada—. Hay sangre. Apuesto a que también hay más debajo del capó.

Siento un nudo en el estómago y una oleada de náuseas. Me acerco, con el corazón latiéndome con fuerza, para ver a qué se refiere.

—¿Dónde?

—Te pillé. —Suelta una risita ahogada y aplaude como si acabara de ganar la lotería—. Y eso hace cincuenta mil, señor Davis, ahora que sé qué tipo exacto de reparación estamos haciendo.

Lo miro con la ira invadiéndome, a pesar de mi miedo.

—De acuerdo. Pero eso es todo. Ni un centavo más, o verás que también tengo habilidades callejeras.

Él solo se ríe, con un sonido profundo y burlón.

—Lo que tú digas, colega.

Mientras lo veo alejarse en su coche, mi mente va a mil por hora. No hay nada que impida a Foster Vía Rápida dejarme sin un centavo durante el resto de mi vida.

Estoy jodido.