Una pareja perfecta 31
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AL JAZINSKI

Es curioso cómo una llamada de la excelentísima señora restaura mi reputación ante el teniente.

Así, sin más, como chasquear los dedos, nos retiran de ese estúpido caso de tráfico y nos asignan un homicidio.

Siempre ha sido así. Hago lo que ella quiere como una simpática marioneta.

Entonces, las cosas empiezan a salirme bien.

Me pregunto qué va a hacer respecto a ese imbécil de Paul Davis. Me dijo que le diera tiempo.

Estoy a punto de coger el expediente del caso y marcharme cuando entra Eckhart, con una estúpida sonrisa en la cara. Agito el expediente en el aire.

—Han encontrado un cadáver, compañero. Prepárate.

Su reacción es desconcertante. Esperaba que se emocionara y empezara a imitar a su actor favorito al instante. Cuando lo hace, su voz se vuelve más grave y sus frases se acortan. En realidad, es divertido de ver. En cambio, está decepcionado.

—¿Qué hay del atropello con fuga? He encontrado al tipo. Está…

—Los de Tráfico se encargarán de eso. Lieu se lo ha pasado a su sargento.

Respira hondo y se encoge de hombros, fingiendo indiferencia. No me engaña ni por un segundo.

—Vale, entonces, ¿qué tenemos?

Abro el expediente del caso. Solo hay una página: el informe del incidente.

—Es todo lo que tengo.

Mientras conduzco, él lee las notas escritas a mano.

—Un paseador de perros ha encontrado el cuerpo. Está en Malibu Canyon Road, en el barranco.

Eso ya lo sé. Mientras me abro paso entre el denso tráfico, echo un vistazo rápido a Eckhart.

No está mal y, desde luego, la vejez aún no le ha afectado.

Tiene los abdominales marcados y tonificados y la espalda recta, y la barba de tres días le queda muy bien.

Si la llevara yo, parecería desaliñado. La vida no es justa, pero apuesto a que sé por qué no le hace demasiada gracia dejar pasar ese caso de atropello con fuga.

—¿Has conocido a alguien interesante en el hospital? —le pregunto, mientras tomo el carril izquierdo para entrar en Malibu Canyon Road y enciendo las luces y la sirena. El carril derecho está completamente bloqueado, pero no viene nadie de la montaña. Seguro que la carretera ya está cerrada.

—¡Joder, compañero! —se ríe—. ¿Cómo lo has sabido?

—¿Tienes que preguntarlo? —replico, riéndome a carcajadas mientras me detengo en la escena del crimen.

Ya está acordonada. Se ha asegurado una gran parte de la carretera. La científica está inspeccionando la zona y la furgoneta de la forense está aparcada de lado, con la parte trasera mirando hacia el barranco.

Un par de especialistas en inspección ocular están agachados cerca del guardarraíl recogiendo pruebas en pequeñas bolsas de plástico.

Las sellan rápidamente, firman las líneas punteadas y luego las depositan en un contenedor de plástico, una tras otra, como si fuera una cinta transportadora de pruebas.

Otro agente de la científica está tomando fotografías y colocando marcadores amarillos numerados en diversos puntos donde se van encontrando nuevas pruebas.

Eckhart y yo salimos del coche y caminamos hacia el equipo de la científica. El aire está cargado de la bruma salada del océano y el olor seco y polvoriento del cañón.

—Inspectores. —Uno de los agentes asiente con la cabeza cuando nos acercamos y señala los marcadores de pruebas esparcidos por la carretera—.

Parece un atropello con abandono del lugar y encubrimiento.

Muy feo. —Señala algo cerca del guardarraíl—.

La calzada estaba limpia, pero aquí hay restos del accidente, entre la tierra.

Con un gemido, me arrodillo cerca del guardarraíl, donde fragmentos de plástico y cromo brillan bajo la linterna del agente de la científica.

Es un trozo, del tamaño de una palma, de la parrilla de malla hexagonal de un coche, muy agrietado y arañado.

Eckhart se agacha a mi lado y entrecierra los ojos mientras examina los restos.

—Parece un modelo reciente —murmura el agente, pasando los dedos enguantados por el borde irregular—. Quizá una berlina. De gama alta. El plástico es nuevo y de buena calidad.

—Así parece —digo, tomando nota mental de esa idea—. ¿Me dirás la marca y el modelo?

—Probablemente —responde, llevándose dos dedos a la frente en un burlón saludo militar.

No puede tener más de veinticinco años, pero lo conozco. Es muy bueno en lo que respecta a la investigación forense moderna. Ahora todo es una gran base de datos.

Nos detenemos al borde del barranco. No es muy profundo, el fondo está cubierto de arbustos. Se ha retirado parte de la vegetación para dejar al descubierto el lugar donde tiraron el cadáver.

A unos metros de distancia, cerca del borde del barranco, la forense, la doctora Evans, está de pie junto al cadáver, con las manos enguantadas en las caderas.

Lleva uno de esos monos blancos de plástico de la policía científica; debe estar asándose.

Las cuerdas siguen atadas a la camilla de rescate que ha utilizado para recuperar el cadáver.

Me sorprende un poco que no me haya esperado antes de sacarlo de allí, pero, conociéndola, tendrá sus razones.

La doctora Evans inspecciona los alrededores con el rostro impasible. Al ver que nos acercamos, levanta la vista y asiente con la cabeza.

—Hola, inspectores. La víctima es una mujer de unos cincuenta años.

Recibió un golpe muy fuerte. Por lo que parece, murió en el acto.

—Señala el cadáver que yace en la camilla—.

Tiene múltiples fracturas en el lado izquierdo: cuello, caja torácica, brazo, pierna.

Y… —apunta hacia el cuero cabelludo, pero no estoy lo bastante cerca para ver lo que me está mostrando— este pequeño recuerdo.

Lo confirmaré en la autopsia, pero apostaría a que es cristal de automóvil.

Eckhart cambia de postura, con la mirada fija en el cuerpo.

—¿Y la sangre?

La doctora Evans asiente.

—Estas lesiones debieron sangrar mucho. La científica ha encontrado un pequeño charco de sangre seca debajo de una roca.

Tendré que confirmarlo, así que no me citen, pero hay pruebas de que la mataron justo antes de que empezara la tormenta de la semana pasada.

Por lo tanto, puedo darles una hora preliminar de la muerte con bastante precisión.

El jueves por la noche, entre la medianoche y la una y media.

Lo sabré con más exactitud una vez que lo confirme con el Servicio Meteorológico.

Eckhart silba.

—Impresionante, doctora. Pero, entonces, ¿cómo es que hay sangre…? —empieza a preguntar Eckhart, pero ella lo interrumpe.

—Estaba bajo el guardarraíl y debajo de una roca. No hay mucha, pero sí la suficiente como para intentar comparar el ADN con el de nuestra víctima.

Eckhart se agacha para examinar el lugar que señala el agente de la científica, una roca marcada con una etiqueta de escena del crimen.

—¿Quizá la lanzó el impacto? —pregunto, escudriñando la zona—. ¿En lugar de tirarla por encima de la barrera a propósito?

El agente de la científica habla desde detrás de nosotros.

—Encontramos rastros de sangre debajo de esa roca y en algunos otros lugares, como si la hubieran arrojado o hubiera rodado un poco antes de detenerse allí, en el fondo del barranco. Sin embargo, no hay nada en la carretera superior, por lo que parece que el impacto ocurrió justo aquí.

Eckhart se levanta y se ajusta la chaqueta.

—Entonces, probablemente se trate de un atropello con abandono del lugar del accidente. No hay marcas de frenada ni de derrape. El conductor la atropelló, le entró pánico y siguió adelante.

La forense frunce el ceño.

—Mire, es imposible que una persona atropellada por un coche haya caído tan perfectamente recta y alineada con el lado de la carretera como lo ha hecho esta. Tuvieron que empujarla. El conductor la atropelló y ella cayó en la calzada. Intentó ocultar su cuerpo y luego se marchó.

—Entendido —respondo—. ¿Nos lo confirmará?

La doctora Evans ríe burlonamente.

—¿Cuándo no lo he hecho?

Sonrío a modo de disculpa y levanto las manos en un gesto conciliador.

—Es usted la mejor, doctora.

Eckhart sigue observando el guardarraíl, rascándose la cabeza, y luego se agacha de nuevo.

—O llovió y el agua lo limpió todo en la carretera principal, y la arrastraron y la tiraron por encima del guardarraíl.

—Por debajo —replica la doctora Evans—. ¿Ve aquí?

—Señala con un dedo enguantado el borde de la carretera, donde termina el asfalto y comienza la tierra compactada—.

La grava suelta de aquí está removida. ¿Ve esta sección, más o menos de la longitud de nuestra víctima, que parece como si la hubieran barrido?

Su cuerpo fue arrastrado por debajo del guardarraíl y empujado al barranco, justo aquí.

Sigo la dirección de su mirada.

—¿Tengo que bajar?

—Usted mismo, pero, si no les importa, me gustaría continuar antes de que oscurezca.

—Me parece bien —respondo, después de echar un vistazo rápido a Eckhart. Sigue agachado junto al especialista en inspección ocular, examinando la sangre que se ha encontrado en el arcén—. ¿Ya tienen alguna identificación?

La forense niega con la cabeza.

—No lleva cartera ni teléfono, y las huellas dactilares no están en nuestro sistema.

—¡Vaya! —respondo—. ¿Hay algo más que pueda decirme?

—Sabré más después de la autopsia. La hora de la muerte, las lesiones exactas, su identidad…, o eso espero. Pero puedo decirle que fue una colisión a alta velocidad.

Un agente de la científica se acerca con una pequeña bolsa de pruebas con otro trozo de cristal y algunas motas de pintura negra. Otra bolsa contiene una pequeña partícula de algo rojo y brillante.

—Esto se ha recogido de la tierra de debajo del guardarraíl. Parece que podríamos tener el color del vehículo.

Eckhart me lanza una mirada cómplice.

—Pintura negra, vehículo de gama alta, fragmentos de la parrilla. Eso reduce las posibilidades.

—¿Qué es eso rojo? ¿Hubo más de un vehículo implicado?

—Tendría que investigarlo. No es pintura de coche. Parece recubierto de esmalte protector.

Lo miro, sin saber muy bien qué significa eso.

—Como el que se encuentra en la insignia de un coche —añade—. Aún no estoy seguro de que sea del mismo coche, pero, si lo es, esto nos ayudaría a reducir las posibilidades con rapidez. ¿Entiendes?

Justo lo que quería oír. Asiento con la cabeza, sintiendo que las piezas empiezan a encajar.

—Sí, está claro. Una parrilla destrozada encaja bien con una insignia dañada. Veremos si alguien vio o escuchó algo: luces de coche, un ruido, cualquier cosa.

Mientras Eckhart empieza a hablar con otro agente, miro hacia la carretera, con el aire pesado de la tarde a mi alrededor.

Más allá de la cinta que delimita la escena del crimen, el tráfico está detenido y la mayoría de los coches tienen el motor apagado.

Escucho un momento y no oigo mucho, salvo algún que otro trino de pájaros.

En lo que respecta a los accidentes, diría que este es el lugar ideal para atropellar a alguien y salir impune.

Lo más probable es que nadie viera ni oyese nada.

Miro a mi alrededor y observo el entorno.

Rocas escarpadas a la izquierda de la carretera.

Un barranco de seis metros de profundidad a la derecha, donde se ha encontrado a la víctima.

Al menos un kilómetro y medio hasta la vivienda más cercana.

¿Qué hacía aquí esta mujer de cincuenta años? ¿Estaba sola?

Este caso se acaba de poner mucho más interesante.