Una pareja perfecta 30
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PAUL DAVIS

Estoy tan tenso que podría romper algo, sobre todo el cuello de alguien.

El tipo de Larry Chapelle no me llamó ayer.

Revisé el teléfono, incluso me llamé yo mismo para asegurarme de que funcionaba.

Pero no recibí ninguna llamada del hombre del abogado canalla.

Estoy tentado de conducir hasta Wilshire Boulevard y echarle un buen rapapolvo a ese capullo baboso.

O tal vez descubra que se ha esfumado, que su teléfono está desconectado y que su secretaria está llorando en la cola del paro.

En cualquier caso, le dije a Aidan que Chapelle no encajaba bien en el programa y que debía buscar a otra persona.

Por otro lado, mi querida mujer decidió seguir la táctica de no dirigirme la palabra en toda la noche.

Al principio no me importó, pero me puse nervioso cuando me di cuenta de que no era para nada normal.

Cuidó de Tristan, sonrió y charló con él, lo ayudó con los deberes…

, pero apenas interactuó conmigo. Estos días no recibo más que miradas de reojo, ceños fruncidos y profundos silencios.

Cuando se encerró en la habitación de invitados nada más acostar a nuestro hijo, pensé que quizá estaría hablando por teléfono con uno de sus preciados amigos policías.

Entonces encontré su teléfono. Lo había dejado en la mesa del comedor.

Me costó varios intentos, pero al final descifré su contraseña y miré su actividad reciente.

Nada. No había llamado ni enviado mensajes a nadie después de contactar con las empresas de alquiler de coches el viernes por la mañana.

Qué raro. A lo mejor ella también tiene un teléfono desechable escondido en algún lugar seguro.

Uno que no se olvida en la mesa del comedor para que yo lo encuentre.

Si algo tengo claro, es que ya no puedo confiar en ella. Quiere que me vaya, que desaparezca de su vida, y quiere la custodia exclusiva de mi hijo. Puede esperar sentada.

Cuando llego al trabajo el miércoles por la tarde, tengo en la cabeza a la policía, junto con escenas del crimen y a mi mujer traidora vendiéndome por cuatro duros, como si fuese una noticia que ya no le interesara a nadie.

Conduzco mi coche hasta mi plaza habitual y empiezo a dar marcha atrás para aparcar, como siempre hago, pero entonces me quedo paralizado.

¿Y si viene la policía a comprobar el número de bastidor?

No coincide con el registrado con la matrícula.

Mascullando palabrotas, salgo, me recompongo y luego aparco en la plaza frente al muro.

Creo que me estoy volviendo loco. ¿Por qué iban los policías a patrullar el aparcamiento de la cadena de televisión y comprobar los números de bastidor?

Salgo del coche y doy un portazo. Cuando me giro hacia los ascensores, me encuentro con Latesha, que está cerrando su coche con el mando a distancia. Está con un asistente de producción, un chico joven cuyo nombre no recuerdo. Esa zorra está en todas partes, como si me estuviera acosando.

Se me hiela la sangre al pensarlo.

—Buenas tardes —los saludo con naturalidad, como si nada me preocupara en este mundo.

Ella sonríe y asiente con la cabeza, y luego se queda mirando mi coche.

—¿A qué viene el cambio, Paul? —inquiere—. ¿Hay algo que debamos saber?

—¿Como qué?

Ella se ríe y su acompañante la imita.

—Bueno, no lo sé. Dímelo tú.

Estamos en los ascensores y, al pulsar un botón, las puertas se abren. Entramos y me miro en el espejo, luego enderezo la postura y me paso los dedos por el pelo, peinándolo hacia atrás.

—Me temo que no hay nada que decir. Pero te sugiero que busques aficiones más significativas que obsesionarte con lo que hacen los demás.

El ascensor emite un pitido y las puertas se abren.

—No los demás, Paul. Solo tú. —Me lanza una rápida sonrisa mientras sale del ascensor con su amigo siguiéndola.

Me quedo atrás, luchando por tragarme la ira mientras Latesha habla descaradamente de mí con ese joven asistente de producción.

—Este tipo es increíble —dice ella, sin bajar apenas la voz—.

¿Te puedes creer que desenterró y añadió el apellido de soltera de su madre al suyo cuando empezaron a hacer cambios en el personal del programa porque solo había gente de raza blanca?

Durante un tiempo se hizo llamar Paul Davis Gonzales.

—¿Cómo? —responde el hombre—. ¿Dice que es latino? Pues no lo parece con esos ojos azules.

—Sí, mestizo, supongo, si es que es cierto. Eso no le impidió acostarse con su copresentadora de entonces, Carly Crown. Todo el mundo hablaba de ello. Al parecer, ella es de las que gritan mucho.

—No me digas —dice el hombre, tocándole un momento el antebrazo antes de echarse a reír.

Luego, ambos desaparecen en la sala de redacción para la reunión a la que se supone que debo asistir.

Unos momentos más tarde, estoy sentado a la mesa con todo el equipo, y Carly está repartiendo el guion del día.

Durante un rato, el único sonido es el del crujir del papel. Nadie habla antes de que yo tome la palabra.

Echo un vistazo rápido al guion, pero mi mente está en otra parte. Elijo algo al azar.

—Esta noticia debería ir primero —digo—. Hay que reestructurar el orden. El caso judicial del incendio forestal es noticia de apertura.

—No estoy de acuerdo —replica Latesha—. Deberíamos empezar con los cambios en la política federal. Es una noticia de ámbito nacional.

Le sonrío con suficiencia y me quedo mirándola, pero ella me desafía con descaro.

—Esto se enseña en primer año de Periodismo, Teesh. El bloque A es para las noticias más importantes y las de última hora. El bloque B es para las nacionales. Quizá te convenga leer las reglas del guion, ya que eres graduada en Marketing y tal, pero no tienes ni idea de periodismo.

Justo cuando está a punto de ponerse desagradable conmigo como ha hecho antes, suena mi teléfono desechable. Salgo corriendo de la sala para contestar la llamada y me dirijo a toda prisa a mi camerino.

—Hola —digo, un poco sin aliento.

—¿Qué necesitas, colega?

—¿Perdón?

—Mi abogado dice que necesitas algunas piezas. ¿Me estaba vacilando o qué?

—No, es cierto, necesito algunas piezas. ¿Puedes conseguirlas? —Se ríe burlonamente y no responde. Lo tomo como un sí—. Necesito la parrilla y el parachoques…

—¿Marca y modelo?

Cierro la puerta del camerino detrás de mí y me dejo caer en un sillón.

—Cadillac XT6, modelo del año pasado.

—¿Acabado?

—Eh, lujo prémium. Negro. —Mi voz suena un poco temblorosa, ahogada. ¿Y si este tipo es policía? ¿Y si ese canalla de Chapelle me ha vendido? ¿Y si ha hecho un trato con ellos?

—Entendido. ¿Qué te has cargado?

Respiro hondo para tranquilizarme.

—La parrilla delantera. El parabrisas. El parachoques. El bloque del faro izquierdo. Y abollé el capó.

—¿Los airbags?

—No.

—¿Y dentro? ¿El radiador? ¿Alguna cosa?

Joder . No lo he mirado.

—Que yo haya visto, no. ¿Puedes conseguirlo todo?

—Por algo me llaman Foster Vía Rápida. —Se ríe, una carcajada ronca que me irrita como uñas en una pizarra—. Pero te va a salir caro. ¿Solo la entrega? ¿O también la instalación? Eso será el doble.

Algo me dice que regatear o pedir un descuento no servirá para conseguir cerrar el trato.

—De acuerdo. Siempre y cuando las piezas sean originales y el coche quede como nuevo cuando termines.

—Vale, pero después no digas que no te avisé.

—¿Cuánto tiempo?

—Mañana lo tendrás todo.

La llamada termina con un clic, justo después de darle mi dirección. Supongo que volverá a llamar cuando tenga las piezas.

Un suave clic me hace levantar la vista y sobresaltar. Carly está apoyada en la puerta del camerino, sonriendo, con los párpados bajos y las piernas cruzadas por los tobillos. Luego, cierra la puerta con un rápido giro del pestillo.

¿Cuánto tiempo lleva ahí? ¿Cuánto ha oído? Hija de puta.

Me mira con esa chispa familiar en los ojos.

Conozco esa mirada. Joder, la he visto cientos de veces en cientos de caras.

Pero ¿en ella? Tiene un significado diferente.

Uno que he estado evitando. Aun así, el recuerdo de su cuerpo frotándose contra el mío en el evento de la semana pasada me excita por debajo del cinturón.

—¿Alguna emergencia personal? —pregunta con voz suave, avanzando hacia mí con el contoneo de caderas justo para recordarme lo que me he estado perdiendo. Ahora está cerca…, lo bastante como para percibir el más leve aroma de su perfume.

—La verdad es que no. —Mantengo un tono ligero, observándola mientras se desliza hasta el borde de mi tocador, y, con los dedos, juguetea con mi corbata como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Hace tiempo que no… hablamos, ¿verdad, Paul?

Desde el jueves, en realidad. No es tanto tiempo, pero ella no se refiere a hablar. Podría hacerme el tonto, pero eso no es lo que ella quiere. Y, qué coño, yo tampoco. Si ha oído algo, lo que estoy a punto de darle borrará ese recuerdo.

Sonrío, inclinándome un poco hacia atrás, dándole espacio para que continúe. Ella tira de mi corbata, con sus labios a pocos centímetros de los míos, y sí, sin duda es una mala idea. Pero eso nunca me ha detenido antes. Y ella lo sabe.

—Cuidado, Carly —le susurro, lo bastante cerca como para sentir su aliento—. Ya sabes lo que pasa cuando empiezas cosas que no puedes terminar.

Ella levanta una ceja, desafiante.

—¿Quién dice que no puedo terminarlo?

Eso es todo lo que necesito oír. Acorto la distancia, la beso con fuerza y la atraigo hacia mí. Ella arquea la espalda y hunde las manos en mi pelo, y yo la cojo por la cintura; no tiene sentido fingir que no es lo que queremos los dos.

Y sé que me arrepentiré cuando ella me pida algo a cambio de su atención. Pero, ahora mismo, no me importa en absoluto.