29
AMANDA DAVIS
—Busco a Amanda Davis —dice el hombre, mostrando una placa. Ha entrado hace un momento, un poco indeciso, y se ha interpuesto en el camino de una emergencia. Rápido, se ha hecho a un lado y se ha quedado mirando la camilla durante un rato, como si el paciente fuera alguien que conocía.
La enfermera sentada detrás del mostrador de recepción me lanza una mirada y me acerco a él, con las rodillas flojeándome. Es policía, pero nunca lo había visto antes.
—Soy Amanda Davis —digo con calma—. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Inspector Eckhart —contesta, mostrando de nuevo su placa. Parece joven—. Nos ha llamado por una orden de búsqueda.
—Ah, he hablado con otro inspector… ¿Jazinski, quizá?
El agente sonríe.
—Es mi compañero. Tenía algo urgente que hacer y me ha enviado a mí en su lugar. —Se encoge de hombros y sonríe.
—Muy bien, entonces. Sígame, por favor.
Me dirijo al box de traumatología dos, donde el paciente está sedado e intubado.
—Me temo que no podrá interrogarlo ahora ni en un futuro próximo, inspector.
—Llámame Perry, por favor. —Tiene una bonita sonrisa, pero sigo sin poder mirarlo a los ojos.
—Perry —respondo en voz baja. No es raro que los policías y las enfermeras de urgencias se tuteen. Es algo habitual en este ámbito—. Danny suele encargarse de estos casos.
—¿Quién?
—Danny Bilger. Se encarga de los casos de tráfico al sur de la interestatal.
Se mueve incómodo, cambiando el peso de un pie a otro.
—Bueno, yo no trabajo en Tráfico. Estoy en Homicidios.
Siento un escalofrío.
—¿En serio? No creía que hubiera muerto nadie…
—Solo ayudo con el trabajo, nada más —se apresura a explicar, como si le diera vergüenza—. ¿Ha venido alguien a verlo? —Sigue de pie en la puerta, algo indeciso a la hora de acercarse al paciente.
—N-no, que yo sepa no —respondo, atragantándome con mis propias palabras—. No llevaba cartera ni teléfono. No hemos podido avisar a nadie. ¿Es este el hombre que buscas?
Comprueba algo en su teléfono y luego mira el rostro del paciente.
—Sí, es él.
Me meto las manos en los bolsillos.
—Entonces, te avisaremos cuando recupere la conciencia, pero debo advertirte que va a necesitar cirugía.
—¿Qué le sucede?
Me cuesta revelar esa información. No he visto ninguna orden judicial ni citación. Lo mejor que puedo hacer es revelar lo mínimo posible.
—Fractura de esternón, fractura de costillas y una pequeña hemorragia en el pulmón. Estará fuera de combate durante un tiempo.
El inspector mira al hombre durante un momento, en silencio, y luego revisa las imágenes de su teléfono.
—Es posible que venga una mujer a verlo. Rubia, de unos treinta y cinco años, raza blanca. Puede que sea su mujer, su pareja o alguien de su trabajo. Aún no lo sabemos. Pero te agradecería que me llamaras en cuanto aparezca. —Me entrega su tarjeta de visita.
La curiosidad puede más que yo.
—¿Cómo sabes que vendrá?
—Estaba con él en la furgoneta en el momento del accidente. —Me muestra una imagen de una cámara de tráfico en su teléfono—. ¿Ves aquí? Está un poco borrosa, lo sé, pero estaba allí. Tenemos que hablar con ella.
—¿Sobre el accidente?
—Sobre huir del lugar del accidente. Amanda, ¿verdad?
Sonrío débilmente y asiento con la cabeza.
—Sí.
—Esta mujer es tan responsable como él.
—Pero ella no conducía —respondo con voz un poco aguda, delatando mis temores—. ¿Cómo se la puede culpar?
—No es responsable del accidente en sí, solo de no haber denunciado al hombre por haberse dado a la fuga después del atropello. Podría pasar mucho tiempo en la cárcel por eso. Depende del fiscal y del juez. —Vuelve a encogerse de hombros—. Mi trabajo termina cuando les pongo las esposas.
Apenas puedo oír sus palabras. El corazón me late con fuerza en el pecho, ahogando el sonido de su voz. La idea de que podría ir a la cárcel por no denunciar el accidente de Paul me atraviesa, fría y sobria. Ay, Dios. Y todo lo demás que he hecho desde entonces.
No me parece justo. Paul es mi marido, para bien o para mal.
—¿Incluso si es su mujer? Pensaba que las esposas…
—Ah, te refieres al privilegio conyugal —me interrumpe—. Tiene derecho a no testificar contra su marido, pero eso no abarca encubrir sus delitos. Eso es complicidad, y es un delito grave, y menos mal que no ha habido víctimas mortales, porque sería aún peor.
Se me revuelve el estómago.
—Entiendo. Si alguien hubiera muerto en el accidente, ¿la mujer estaría en un lío más gordo?
—Un lío del tipo veinte años de cárcel —explica el inspector con frialdad, mientras yo agarro el pomo de la puerta corredera para mantener el equilibrio—.
Depende del grado de implicación, de lo que haya hecho desde el accidente, de si tuvo la oportunidad de denunciar el delito y todo eso. Por eso tenemos que hablar con ella.
El pitido del monitor del paciente es lo único que puedo oír entre el torbellino de pensamientos aterradores que se agolpan en mi mente.
Aquí es donde trajeron a Marisol la semana pasada, al box de traumatología dos.
Esa hermosa muchacha murió aquí mientras su madre se sentaba a su lado, con la mano tapándole la boca abierta para que no gritara.
—¿Me llamarás? —pregunta el inspector, y luego sonríe—. ¿Si ves a esta mujer o tienes alguna pregunta? ¿O si, de repente, te apetece tomar un café?
Asiento con la cabeza, incapaz de abrir la boca y articular palabra.
Sigo mirando al paciente, pero no lo veo a él .
Veo a Marisol. Como si la máquina siguiera conectada a su pecho, espero que los pitidos empiecen a desvanecerse y luego se conviertan en el sonido de advertencia de un corazón que deja de latir.
Y sé que no me apresuraría a reanimarla… La dejaría ir.
—¿Estás bien? —me pregunta—. Estás pálida.
—Eh, sí, estoy bien —contesto, esbozando una débil sonrisa de disculpa—. Solo estoy pensando en las cosas que hace la gente. —Sin ganas de decir nada más, me doy la vuelta para marcharme.
—Ni me hagas hablar de eso —dice, caminando a mi lado hacia la salida—. Encantado de conocerte, Amanda. —Me da la mano y me mira con atención—. Creo que te conozco de algún sitio, ¿no?
Me encojo de hombros y escondo las manos en los bolsillos, donde no pueda ver cómo tiemblan.
—No creo.
Una sonrisa tímida se dibuja en sus labios por un breve instante, pero luego asiente con la cabeza y se aleja.
Regreso a la zona de recepción. Sunny hace uno de sus comentarios habituales sobre las reacciones de los hombres ante mis encantos, y yo decido ignorarlo.
Agotada, mareada y destrozada por dentro, me apoyo contra la pared.
Las palabras del inspector aún resuenan en mi cabeza.
«Veinte años de cárcel».