Una pareja perfecta 28
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PAUL DAVIS

No esperaba que la oficina de Larry Chapelle estuviera en un rascacielos del glamuroso Wilshire Boulevard.

Pensaba que estaría escondida en un edificio de una sola planta algo decrépito, en la zona más decadente de Main Street, o en un centro comercial de segunda categoría, donde el hedor de la comida frita se mezcla con los aromas más sofisticados que emanan de la peluquería de al lado.

Tampoco esperaba que sus oficinas fueran tan lujosas ni que su recepcionista estuviera tan guapa con su traje de minifalda roja.

Sí esperaba que su bufete fuera más bien el negocio de una sola persona, y en eso acerté.

Su local tiene varias oficinas con paredes de cristal que están solo parcialmente amuebladas y vacías.

El propio Chapelle está instalado en la oficina de la esquina y parece estar ocupado cuando su recepcionista llama a su puerta de cristal mate y asoma la cabeza.

—Tengo aquí a Paul Davis —dice, haciendo un gesto discreto. Un tono de emoción tiñe su voz.

—¿Quién?

—Eh, Paul Davis —repite ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro emocionado—. ¿El periodista?

No puedo contener una sonrisa. No estoy sobre el terreno con la frecuencia suficiente. Resulta que puede ser gratificante.

—¿Qué? Hazlo pasar —oigo decir a Chapelle. Luego le dice a alguien que lo llamará enseguida y cuelga el auricular del teléfono de su mesa.

Con una sonrisa radiante, la recepcionista me invita a entrar en la oficina de Chapelle. Él se levanta y rodea su enorme escritorio para saludarme con un apretón de manos.

—Señor Davis —dice—, ¡qué honor! Soy un gran admirador de su programa.

Su apretón de manos es fuerte y entusiasta, tal y como me gusta, pero ahí es donde termina su atractivo.

Con unos cuarenta años, tiene un aspecto pulido, quizá demasiado impecable, con su traje blanco roto y su camisa rosa claro.

Su cabello, cada vez más ralo en las sienes, está teñido para ocultar las canas, y necesita otro tratamiento porque las raíces están empezando a verse.

El bigote, espeso y perfectamente recortado, casi parece un accesorio, parte de una fachada construida con el máximo cuidado.

Sus ojos pequeños y brillantes son agudos pero calculadores mientras me evalúa, con un leve destello depredador que sugiere que siempre está buscando un ángulo favorable, una forma de manipular las cosas a su favor.

Justo lo que esperaba.

Nos sentamos a su mesa de conferencias y voy directo al grano.

—Señor Chapelle, he oído cosas maravillosas sobre su trabajo.

Él sonríe, mostrando dos hileras de dientes blancos y un poco torcidos.

—Gracias. ¿Puedo ofrecerle algo?

—Me impresionan sus esfuerzos por proteger los derechos de las personas discapacitadas en nuestra comunidad.

No permite que las empresas depredadoras puedan abusar impunemente de los menos afortunados, y eso requiere ser un tipo especial de persona: un líder y un protector.

Un héroe, si se me permite expresarlo así.

Su reciente demanda colectiva contra los restaurantes Embers Steakhouse nos ha abierto los ojos.

Ahora se lo pensarán dos veces antes de recortar gastos en accesibilidad para sillas de ruedas.

—Oh, gracias —responde, tartamudeando un poco—. Hago mi trabajo lo mejor que puedo.

El rubor de su rostro es genuino, al igual que el sudor que brota de la raíz de su cabello ralo.

—Me gustaría invitarlo a mi programa, La pregunta final . ¿Quizá ha oído hablar de él?

Apenas puede contener su emoción. Entrelaza las manos y sonríe de oreja a oreja.

—Por supuesto que lo conozco. ¿Quién no?

—Se retuerce las manos, nervioso, y habla con entusiasmo, casi sin aliento—.

Lo veo todos los viernes. —Se aclara la voz en silencio y consigue ralentizar su discurso a un nivel más profesional—.

Me encantaría participar en su programa, señor Davis.

Le agradezco la invitación. Solo tiene que decirme cuándo y dónde —añade, moviéndose en su asiento.

Nos damos la mano de nuevo.

—Bien —digo despacio, recostándome en el cómodo asiento de cuero y mirándolo fijamente—. Le cuento cómo será el programa.

—Ajá —responde, asintiendo con la cabeza mientras hablo.

—Lo presentaremos y hablaremos un poco sobre los últimos casos que ha ganado en defensa de los derechos de las personas discapacitadas de Los Ángeles.

—Hago una pausa efectista y noto que contiene la respiración—.

Luego, lo desenmascararé como el completo fraude que es, allí mismo, en directo por televisión.

Puede que incluso invite a algunas de sus víctimas al programa, personas a las que ha fingido representar, personas que no tienen ni idea de que existe.

Personas cuyas identidades ha utilizado en su propio beneficio.

Chapelle jadea, palidece y se queda rígido. Su mandíbula se descuelga y sus manos van hacia la garganta como si se estuviera ahogando. Por un momento, temo haber ido demasiado lejos, pero no está sufriendo un ataque al corazón. Se afloja la corbata con dedos temblorosos, mirándome conmocionado.

—Para cuando salgan los créditos, la policía lo habrá esposado.

—¿De qué, eeeh…, me está hablando? —Intenta fingir sorpresa, pero fracasa estrepitosamente.

Cruzo las piernas y pliego las manos en mi regazo, y luego lo miro en silencio por un momento, evaluando el impacto de mis palabras.

Está destrozado. Sus ojos recorren la habitación como si apenas pudiera evitar salir corriendo por la puerta.

Probablemente no se detendría hasta cruzar la frontera con México.

—Al principio, no sabía si dirigía una fábrica de acuerdos extrajudiciales o qué.

Resulta que todo era falso, incluso las notas de los médicos que presentaba como prueba en sus expedientes para cerrar acuerdos.

Podría acabar con sus intrigas ahora mismo, y con su libertad. Con una sola llamada telefónica.

Chapelle me observa con los ojos como platos y las pupilas dilatadas.

—¿Qué quiere, señor Davis? Puedo darle una parte.

Su oferta me hace reír. Meto la mano en el bolsillo, saco un billete de cinco dólares y lo tiro sobre la mesa.

—O podría representarme.

Traga saliva con dificultad. Sus dedos tiemblan mucho cuando extiende la mano y coge el billete. El miedo en sus ojos es inconfundible.

—S-sí, claro. Lo que usted quiera.

—Entonces, ¿ahora tengo el privilegio abogado-cliente? —pregunto, observando cómo se guarda el billete en el bolsillo.

—Sí, señor.

Es una pregunta ridícula. Lo sé. ¿Qué le impedirá infringir esta ley, además de todas las demás que ha pisoteado? Pero, aun así, significa algo para él. La gente como él, y como yo, por cierto, entiende el valor de un contrato.

—En ese caso, me enviará a alguien en quien pueda confiar para un asunto relacionado con un coche. —Se me seca la garganta al pronunciar estas palabras. Una vez dichas, mi secreto ya no es un secreto. Mi futuro está en manos de escoria como Larry Chapelle y sus secuaces.

—¿Un mecánico? —pregunta, vacilante y con expresión confusa.

—¡Vamos! Seguro que es usted más inteligente —le espeto—. Pensaba que se necesitaba algo de cerebro para orquestar el tipo de estafas que ha estado llevando a cabo, ¿o quizá me equivoco? ¿Cualquier idiota puede hacerlo?

Me mira fijamente, como si le diera miedo incluso respirar.

Me doy cuenta de que estoy perdiendo el tiempo, así que voy al grano.

—Necesito a alguien que me consiga piezas de coche bajo cuerda, sin dejar rastro.

Alguien discreto, que mantenga la boca cerrada para siempre, alguien en quien pueda confiar.

Alguien a quien compensaré justamente por sus esfuerzos.

Le pagaré el doble si me ayuda a instalar esas piezas.

—Me detengo y observo su rostro atónito y pálido—. ¿Conoce a alguien así?

Asiente enseguida, con entusiasmo. Seguro que se muere de ganas de verme salir de su elegante oficina.

—S-sí, conozco a alguien. Es discreto. Lo ayudé a…

Levanto la mano.

—No necesito saberlo. —Empujo un trozo de papel sobre la mesa, con el número de mi nuevo teléfono desechable—. Dígale que me llame. Hoy.

—Eso está hecho.

Me levanto, pero él permanece sentado, perplejo y respirando con dificultad. Salgo de su oficina, incluso lo saludo con la mano antes de cerrar la puerta detrás de mí.

Y, mientras le sonrío a la ardiente morena de copa E sentada detrás del mostrador de recepción, lo único en lo que puedo pensar es en que quizá haya cometido el mayor error de mi vida.