27
AMANDA DAVIS
«Voy a vomitar».
Esa idea me pasa por la cabeza mientras me dirijo a la sala de descanso, donde cuelgan las órdenes de búsqueda, lejos de la vista de los pacientes y sus familiares.
Acabo de estar allí, pero no la he visto.
No he prestado atención a nada más que a la invitación del doctor Grant para comer, y luego para cenar.
Pero ahí está, clavada en el corcho con una chincheta roja.
La visión se me nubla mientras el pánico se apodera de mi cuerpo.
Mis ojos se clavan en las palabras «ATROPELLO CON FUGA», pero las letras bailan frenéticamente ante mis ojos.
Necesito toda mi fuerza de voluntad para seguir leyendo más allá de ese punto.
Incluso cuando consigo leer las palabras, su significado se me escapa por un momento.
Furgoneta roja. Turismo gris. Dos personas en el hospital.
Respiro hondo mientras asimilo el significado.
No somos nosotros. La orden de búsqueda no es sobre nosotros.
Sunny me alcanza. Dos pasos detrás de ella, los ojos preocupados del doctor Grant se encuentran con los míos. He aprendido a temer su perturbador escrutinio.
—¿Qué pasa, Amanda? —pregunta con voz amable. Tiene el ceño ligeramente fruncido y las manos hundidas en los bolsillos.
—Ya sabes lo que pienso sobre esto —digo, señalando la orden de búsqueda—. Siempre lo he dicho. No tenemos derecho a llamar a la policía para denunciar a las personas que vienen aquí en busca de ayuda.
Respiro con dificultad, mi pecho se agita bajo las fuertes emociones que siento: alivio, miedo, vergüenza.
¿Así va a ser mi vida a partir de ahora? ¿Sintiendo un nudo en el estómago cada vez que la policía de Los Ángeles envíe una orden de búsqueda por atropello con fuga? ¿Temblando, sudando y temiendo por mi futuro cada día, aterrorizada por perder a Tristan? ¿Mintiendo a todos los que me rodean?
—No, no tenemos derecho —responde el doctor Grant en voz baja y preocupada—. Pero tenemos la obligación legal de hacerlo, por muy desafortunada que sea.
Sunny me mira primero a mí y luego al doctor Grant, con ojos curiosos e inquietos. Solo quiero que todo esto desaparezca.
—Es lo que impide que la gente reciba la ayuda que necesita —susurro, bajando la mirada al suelo para ocultar las emociones encontradas que amenazan con llenarme los ojos de lágrimas—. Por eso este hombre prefirió arriesgarse a morir en la calle en lugar de venir aquí después de tener el accidente.
—No digo que esté bien —dice el doctor Grant, alargando el brazo para cogerme la mano.
Me aparto de él, sobre todo porque todavía llevo puestos los guantes.
Despacio, me los quito y los tiro a la papelera, preguntándome por qué hago todo lo que hago cuando él está involucrado.
No debería haber salido del box de traumatología sin tirar los guantes; es el procedimiento. Y lo he incumplido.
—Estoy diciendo que tenemos que hacerlo —continúa—. Es la ley.
Lo miro un instante.
—Según esta orden, es ciudadano mexicano. Puede que no esté aquí legalmente. ¿Qué le ocurrirá?
Sunny se acerca a mí y me toca el antebrazo.
—¿Recuerdas a esa niña del viernes pasado que gritaba por su papá?
Este es el hombre que la puso en esa situación y que podría haberlos matado a los dos.
El tipo al que no le importaba lo suficiente la vida de otro ser humano como para detenerse y ayudarlos o llamar a una ambulancia.
Simplemente se marchó como el mierda que es.
En mi opinión, se merece morir en la cárcel.
—Me aprieta el antebrazo hasta que me giro y la miro—.
Como diría mi madre, no quemes ofrendas de papel en la tumba equivocada.
Deja que la policía se ocupe de él. No es nuestro problema.
Asiento en silencio.
—Voy a llamar.
—Puedo encargarme yo, si quieres —dice Sunny.
—Es mi obligación —replico en voz baja, quitando el aviso de búsqueda de la pared.
Antes de marcar el número impreso en el papel, me fijo en cómo me mira el doctor Grant. Como si lo supiera. Como si se hubiera dado cuenta de que las palabras de Sunny me han atravesado como una navaja.
«Se merece morir en la cárcel».
Algún día descubrirán lo que he hecho.
No sé cómo sobreviviré.