Una pareja perfecta 26
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AMANDA DAVIS

Tardo un par de horas en darme cuenta de por qué me siento tan llena de energía en el servicio de urgencias. Más de lo que me sentí en casa durante el fin de semana, donde andaba con pies de plomo alrededor de Paul, temiendo los largos y tensos silencios entre nosotros. Temiendo sus palabras.

Es porque él no está aquí.

Puedo respirar libre, sin sentir que me ahogo bajo la presión de sus amenazas. Puedo pensar con rapidez y actuar con celeridad, sin miedo, sabiendo que lo que hago es lo correcto para todos los demás. Sin Paul aquí, puedo volver a ser yo misma, aunque solo sea por unas horas. Es revitalizante.

Como parte de mi rutina de los lunes por la mañana, termino de reponer los carros de paradas, agradecida por que haya sido un día tranquilo hasta ahora y por poder hacerlo con rapidez. De camino a la sala de descanso, me encuentro con Sunny. Me coge del brazo y sonríe.

—Vamos a darnos un chute de cafeína, guapa. —Se ríe—. ¿Puedes conectarme a la máquina de café? Lo necesito desesperadamente. Estuve toda la noche de juerga con unos amigos y no puedo con mi alma.

«Ay, ser joven. Y soltera», pienso de forma automática. Casi se me escapa decirle que no se case nunca.

—Claro —respondo, en cambio—. ¡Un litro de cafeína intravenosa, vía grande, en marcha!

El doctor Grant está sentado en uno de los sillones de la sala de descanso, leyendo una revista. Un gran vaso de café descansa sobre la mesa frente a él. Sonríe cuando entramos.

—¿Os apetece tomar un café conmigo?

La pregunta parece dirigirse a las dos, pero sus ojos están fijos en los míos.

Sunny me aprieta el brazo discretamente y sonríe.

—Por supuesto —responde, mientras yo me ocupo de la máquina, tratando de ocultar el rubor de mis mejillas. Un momento después, Sunny me coge de las manos su vaso lleno hasta el borde y me lanza una larga y significativa mirada.

—Gracias… —dice—. ¡Ostras! Se me ha olvidado llamar a mi madre.

Entonces desaparece. La puerta se cierra detrás de ella y me quedo sola con el doctor Grant, el médico adjunto a cargo de mis pacientes.

Estoy tentada de irme, pero, al mismo tiempo, ¿por qué iba a hacerlo?

Trabajamos juntos y no puedo permitirme que se cree un ambiente incómodo.

Él no ha hecho nada. Solo está ahí sentado, leyendo…

No, ya no está leyendo. Me observa con esa mirada clínica que a veces dirige a sus pacientes. Me quedo paralizada y desvío poco a poco los ojos, esperando que todo sea producto de mi imaginación. Esperando que no pueda leerme la mente en este momento.

—Sé que estás casada con esa estrella mediática —dice finalmente, levantándose y dejando el último número de Harvard Health sobre la mesa—. Pero parece un capullo.

El comentario me sorprende.

—¿Por qué dices eso?

—No te veo sonreír mucho. Tienes una sonrisa preciosa, y casi nunca la veo.

Aparto la mirada hacia la puerta mientras él se acerca y se apoya con naturalidad en la encimera, a menos de dos metros de distancia.

—¿Aquí? —replico débilmente. No es la primera vez que me sorprende lo perspicaz que es—. ¿Qué razones hay aquí para sonreír, con todo este sufrimiento?

Él asiente en silencio y, durante un rato, nos quedamos callados. Miro mi café, confundida por los pensamientos contradictorios que se arremolinan en mi cabeza. En el pasillo, fuera de la puerta de la sala de descanso, la gente va y viene sin mirarnos.

—Come conmigo hoy —me propone.

Sonrío y lo miro un momento antes de bajar la mirada.

—Es una idea pésima… Otro tópico que acabará en desastre. —Y, sin embargo, me siento peligrosamente tentada.

Su sonrisa dibuja hoyuelos en sus mejillas.

—¿Qué tópico sería? ¿El médico que sale con la enfermera?

Nuestras miradas se cruzan durante un breve y significativo instante.

—No… La mujer que engaña a su marido con su jefe.

—Ah…, ese —responde, frunciendo el ceño en broma—. ¿Cenamos, entonces?

El sonido de la ambulancia interrumpe mi intento de encontrar las palabras adecuadas para rechazar la invitación.

Nuestros vasos de café acaban en la basura mientras salimos corriendo de la sala de descanso en dirección a la entrada.

Las puertas dobles se abren cuando los técnicos de emergencias sanitarias irrumpen empujando una camilla.

Las ruedas traquetean bajo el peso del paciente, un hombre corpulento que se retuerce y jadea en busca de aire, a pesar de la mascarilla que le sujeta un técnico.

—¡Varón, cuarenta y tantos, hallado inconsciente en la vía pública! —grita una de los técnicos—. Presenta neumotórax; sospecha de fracturas costales. Murmullo vesicular unilateral.

—¡Box de trauma dos! —grita la enfermera de recepción.

—¿Tensión arterial? —pregunta el doctor Grant. Puedo sentir su frustración. La técnica debería haberlo mencionado. Es joven, no la he visto antes. Será novata.

—80/50, frecuencia cardiaca ciento cuarenta —contesta. El sudor le resbala por la frente debido a la prisa y su voz está entrecortada—. Saturación de oxígeno baja.

—¿Y cómo de baja? —pregunta el doctor Grant, y luego cuenta hasta tres para transferir al paciente a la camilla de traumatología.

—Ochenta y dos por ciento —respondo, tomando la lectura del monitor al que ya he conectado al paciente.

El hombre tiene el rostro pálido, su respiración es superficial y dificultosa, y un tono azul cianótico se extiende por sus labios.

Veo que el doctor Grant aprieta los dientes.

—Drenaje torácico —ordena, con el estetoscopio apoyado con firmeza en el pecho del hombre—. Murmullo vesicular unilateral en el lado izquierdo —ratifica, con voz firme a pesar de la tensión—. Desviación de la tráquea hacia la derecha.

Voy a coger un kit estéril del cajón mientras Sunny prepara el costado del paciente limpiándolo con clorhexidina.

—Neumotórax a tensión —murmura el doctor Grant, mirándome a los ojos—. Descompresión con aguja, ya.

Mis manos se mueven con precisión experta. Cojo la aguja de gran calibre y la coloco sobre la tercera costilla. Los ojos del hombre se abren un momento, vidriosos por la confusión, antes de volver a cerrarse.

—Allá vamos —susurro, insertando la aguja, y enseguida siento la brusca salida de aire. Se escapa un silbido y el pecho del hombre se hunde ligeramente al disminuir la presión.

—La tensión arterial está subiendo —anuncia Sunny, con un tono de alivio en la voz, mientras el pitido del monitor se estabiliza.

Miro la cara del hombre. Sigue pálido, con los labios azulados, y el color apenas mejora. La descompresión con la aguja nos ha dado unos momentos preciosos, pero hay que ponerle el tubo torácico rápido. El doctor Grant ya se está moviendo, con la mirada fija y concentrada.

—Tubo torácico, Amanda, vamos.

—En ello —respondo, con la urgencia latiendo en mis venas mientras busco el tubo.

El bisturí del doctor Grant practica la incisión mientras yo rasgo el envoltorio estéril y le entrego el tubo.

—Ya está —anuncia tras un momento, echando un vistazo rápido y tenso al monitor. Las constantes del paciente están mejorando—. Muy bien, traed el equipo portátil de rayos X. Vamos a ver qué ha causado esto.

Pero me temo que ya sé la respuesta. En cuanto veo la fractura de esternón y las costillas rotas, sé que he acertado.

He visto heridas como las de este hombre en demasiadas ocasiones.

Es lo que ocurre cuando un conductor no lleva el cinturón de seguridad y tiene un accidente.

El volante causa exactamente este tipo de lesiones al golpear el pecho de una persona.

—¿Llamamos a la policía? —pregunta Sunny.

—¿Por qué vamos a llamarlos? —inquiero, aunque un escalofrío me recorre la espalda.

—Este paciente encaja con la nueva orden de búsqueda que acaba de llegar.

Me quedo paralizada. Mis manos se quedan suspendidas en el aire sobre el pecho desnudo del hombre.

—¿Qué nueva orden de búsqueda?