25
AL JAZINSKI
Es un lunes infernal.
María tuvo un ataque anoche y tuve que llamar a una ambulancia.
EL TAC cerebral reveló una microhemorragia, así la llamaron.
Me preguntaron si sabía si se había caído o desmayado alguna vez.
Mentí como un profesional, como alguien que sabe cómo se miente bien.
Al menos ayer estuve en casa todo el día y sé que no bebió ni una gota.
Pero ¿un ataque? Está mucho peor de lo que pensaba.
Y Gabriela no responde a mis llamadas. La excelentísima señora alcaldesa de Los Ángeles está demasiado ocupada para charlar un rato sobre su sobrina o el circo televisivo del viernes por la noche.
Pero tenemos que contener esto. María necesita un tratamiento de rehabilitación por consumo de alcohol, así de simple.
Esos médicos no son tontos; pronto se darán cuenta de su problema con la bebida.
Entonces quedará en su expediente para siempre.
Ya es suficiente con que los de la televisión sepan que bebe y se estén preparando para utilizarlo en mi contra. Cabrones.
Ahora tengo los ojos clavados en el expediente que mi jefe ha dejado en mi mesa como si fuera la basura de la semana pasada.
Los asesinatos se acumulan en esta ciudad más rápido de lo que podemos archivarlos.
Pero no, después de esa entrevista, el jefe está actuando con cautela, quiere ir sobre seguro hasta que averigüe de qué lado sopla el viento.
Abro el expediente y miro el informe con ira: un atropello con abandono del lugar del accidente.
Perry Eckhart se acerca con aire despreocupado, luciendo una sonrisa de lunes por la mañana en la cara como solo un treintañero puede hacerlo. Está devorando un muffin como si fuera su última comida, y va esparciendo migas por mi escritorio.
—¿Qué tenemos? —pregunta con la boca llena.
—Atropello con abandono del lugar del accidente —respondo en tono seco.
—¿En serio? —Da otro bocado, tratando de ocultar su decepción—. ¿Cuántos muertos?
—Ninguno. Una furgoneta embistió a un turismo y envió a dos personas al hospital. Lesiones leves, pero una es una niña.
Mi compañero se inclina hacia mí, sin dejar de masticar como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—¿Qué pasa? ¿Hemos cabreado a los jefes? ¿Qué buscan?
—Ni idea —miento, agitando la mano para que deje de preguntar—.
Los de Tráfico deben estar hasta el cuello —añado, sin estar dispuesto a profundizar en el porqué con él.
Es demasiado novato, siempre dispuesto a hablar antes de pensar.
El chico imita a Liam Neeson cada vez que puede, así que trabajar en un caso de tráfico debe estar matándolo por dentro. Además, se parece un poco a Neeson.
Pero me sorprende. Coge el expediente y se le iluminan los ojos como si fuera Navidad.
—Averigüemos por qué ese camionero tenía tanta prisa. Apuesto a que hay una historia detrás.
—Se ha emitido un aviso de búsqueda —le digo, señalando el informe—. Tenemos su matrícula gracias a la cámara del semáforo. Ya han enviado una unidad a detenerlo. No ha aparecido por el trabajo y no contesta en su casa.
Perry se desanima un poco. Se desabrocha la chaqueta, desinflándose como un globo. Liam Neeson se ha esfumado.
—Entonces, ¿qué nos toca hacer en realidad?
Señalo una pila de expedientes de casos sin resolver, al menos diez.
—Ahí lo tienes: asesinatos sin resolver del año pasado. Míratelos y elige.
Revisa la pila y murmura de vez en cuando. Me doy cuenta de que reconoce algunos casos de las noticias, seguro que está fijándose en los que tuvieron más cobertura mediática. Elegirá uno y soñará despierto con su momento de gloria.
Mientras tanto, yo daría cualquier cosa por olvidar mi aparición en televisión el viernes por la noche. Y la forma en que ese hijo de puta de Paul Davis me miró.
Sé que ese cabrón va a venir a por mí. Lo que no sé es cuándo. Ni cómo.