Una pareja perfecta 24
34%

24

PAUL DAVIS

«Hay que joderse», mascullo, levantándome enseguida para buscar un pañuelo mientras la mancha de café se filtra a través de la tela de mis pantalones, cálida y pegajosa contra mi ingle. Doy palmaditas en la mancha, pero sigue siendo muy visible. Menuda forma de empezar el lunes.

Con un largo suspiro cargado de juramentos susurrados, vuelvo a sentarme a la mesa de café de Ray mientras él se ríe sin parar.

—¿En serio? —pregunto, frustrado por lo mucho que le divierte mi momento de torpeza.

—Venga, como si no tuvieras al menos diez trajes en tu camerino, pagados por la cadena, y un servicio de tintorería a tu entera disposición. Me da risa verte ahí parado, dándote palmadas en la polla como si te hubiera hecho algo malo.

Su risa es contagiosa, pero solo consigo esbozar una sonrisa incómoda y forzada y soltar un suspiro cargado de significado. Él le quita importancia a mi frustración con un gesto de la mano y deja de reír.

—¿Por dónde íbamos?

—Decías que Amanda y yo…

—Ah, sí. Necesito que los dos estéis disponibles hasta que se cierre el acuerdo de adquisición.

Eres uno de los mayores activos de Golden State, y tu hermosa mujer ahora forma parte de tu marca.

Si la gente del Canal 8 quiere conocerte o que hables con su junta directiva, necesito saber que puedes hacerlo, aunque te avisen con muy poca antelación.

Me inclino hacia delante, sobre todo para ocultar la mancha de mis pantalones, y miro a Ray a los ojos.

—Estaremos listos cuando nos necesites. Sé lo importante que es esta fusión para ti. Sabes lo mucho que deseo que se lleve a cabo. Tengo mucho en juego en esto.

Y más vale que la agenda de Amanda no se interponga.

Él extiende la mano y nos damos un apretón de manos sobre la mesa, ambos sonriendo como si acabáramos de firmar un acuerdo importante. Cuando salgo de su oficina, me dice:

—Saluda a Amanda de mi parte.

Asiento y sonrío, y en cuanto la puerta se cierra detrás de mí, dejo de rechinar los dientes y exhalo un largo suspiro.

—Me cago en todo —refunfuño, dirigiéndome hacia los ascensores. ¿Cómo puñetas voy a conseguir que Amanda me siga la corriente? Ni siquiera estoy seguro de que vaya a mantenerme fuera de la cárcel.

No he dormido bien desde que ocurrió el accidente, no he comido mucho y la gente está empezando a darse cuenta. Esa zorra entrometida, Latesha, me ha dicho hoy que parezco un gato callejero, un poco sarnoso. No puedo permitirme ese tipo de problemas en mi vida, y menos aún en el trabajo.

Supongo que estoy aprendiendo lo que es la ansiedad…

, un estado paralizante de miedo continuo, tan intenso que me revuelve las tripas y me dan ganas de gritar.

Desde la pelea del viernes por la noche con mi mujer, no he dejado de pensar en sus amiguetes, los policías que conoce del hospital.

¿A quién van a creer? ¿A mí? ¿O a ella? Después de tantos años trabajando juntos, es casi como uno de ellos.

Les ha curado las heridas de bala, ha consolado a sus familias y cuidado de sus compañeros heridos.

Ella es su familia, y todo eso mientras ha dejado de querer ser la mía.

¿Quién dice que no está hablando por teléfono con uno de esos polis en este momento, contándole todo lo que ocurrió anoche?

No estoy seguro de que se creyera lo que le dije ayer, que las grabaciones del local han desaparecido.

No es cierto. No voy a llamar la atención sin motivo regresando allí para husmear.

Pero parecía lo bastante asustada por mi amenaza como para pensárselo dos veces antes de hacer alguna estupidez.

Sabe que haría exactamente lo que dije… Si tengo que elegir entre ella y yo, no puedo permitirme ser un caballero.

Pero le enviaré flores a la prisión estatal. Y, si tiene buena acogida en las redes sociales, ni siquiera me divorciaré de ella. Eso es lo mínimo que puedo hacer por mi querida mujer.

Curiosamente, la idea de culpar a Amanda de todo no disipa mis miedos.

Los aviva. No es realista esperar que pueda librarme echándole la culpa del accidente a ella.

La gente me vio bebiendo en la gala. Me vieron ponerme al volante de mi coche.

Convencerlos de que no fue así no funcionaría.

Pero podría mantener a Amanda callada durante un tiempo.

Hasta que pueda salir de este maldito lío.

Para cuando entro en la sala de redacción, ya me he olvidado de la mancha de café. Cuando me siento en mi silla, la tela fría y húmeda me sirve como un desagradable recordatorio. Por suerte, tengo tiempo suficiente para cambiarme de traje antes de salir en directo esta noche.

Aidan se acerca corriendo, con un portapapeles en la mano y una amplia sonrisa en el rostro.

—¿Dónde has estado? Tenemos que hablar…

Lo miro fijamente, lo suficiente para recordarle cuál es su lugar en la jerarquía. Él no puede preguntarme dónde he estado.

—Tráeme un café con extra de crema.

Le lleva menos de un minuto cumplir con la orden, pero es suficiente para que yo organice mis pensamientos y decida un plan de acción. No puedo permitirme sentarme y esperar a que suceda algo. Ese no es mi estilo. Nunca lo ha sido y nunca lo será.

Cojo el vaso de papel caliente de su mano y le doy un sorbo. Está justo como me gusta. Asiento con la cabeza y él sonríe. Luego, señalo la silla frente a la mía. Aidan se sienta, con el portapapeles apoyado en el regazo y el bolígrafo en la mano.

—¿A quién tenemos en La pregunta final el mes que viene? ¿O es que nos hemos dormido en los laureles? Aún no he visto ningún nombre. Quiero la lista de candidatos. Necesitamos que los índices de audiencia suban antes de que la junta vote la fusión.

—Claro. —Un poco nervioso, Aidan hojea la pila de folios sujetos con el portapapeles—. Tenemos a un dentista que…

—No. —Hago un gesto con la mano para que siga adelante. ¿Qué coño voy a hacer con un dentista?

—Una peluquera canina, pero escucha esto. Fue a…

—No.

La sonrisa se desvanece de sus labios y la preocupación se refleja en la mirada que me lanza.

—Una empleada doméstica pillada probándose la lencería de su jefa y posando con ella en OnlyFans. Podría estar bien…

Finjo un bostezo y él sigue adelante, pasando otra página.

—Un abogado que…

—¿De derecho penal? —pregunto, curioso.

—Sí, Larry Chapelle es litigante. Pero es un sinvergüenza. —Vacila un instante, inquieto—. Creo. —Mira al techo mientras yo lo fulmino con la mirada—. No, estoy seguro. De verdad.

Extiendo la mano con impaciencia.

—Déjame ver.

Separa un folio cubierto de notas garabateadas y yo se lo arrebato de la mano, todavía impaciente.

Tiene un estilo completamente desorganizado.

Necesitaré un GPS para seguir su línea de pensamiento a través de todo este desorden garabateado.

Aun así, me sirve, porque los únicos datos que suelo necesitar siempre están escritos en letras mayúsculas y subrayados o rodeados con un círculo furioso.

Es posible que, esta vez, tenga que leer todas las notas de Aidan.

—¿Ya has investigado a este tal Chapelle? —Doblo el papel y me lo guardo en el bolsillo. Me sirve. Es justo lo que necesitaba.

—Casi. —Aidan se mueve en su asiento y aparta la mirada de la mía—. Necesito corroboración. Todavía no he conseguido que nadie hable.

Gruño. ¿Por qué es tan difícil que la gente haga bien su trabajo?

—De acuerdo, seguiremos adelante con este abogado.

Ponte manos a la obra. Pero déjame ver la investigación completa antes de proponerle venir al programa.

—Me levanto y tiro el vaso del café a la basura—.

Encuéntrame cada detalle sórdido que haya pasado por la mente de ese hombre desde que nació.

Quiero que llore en directo, ¿vale? Quiero destruirlo.

Carly Crown, mi productora y antigua copresentadora, levanta la vista de la pantalla y me lanza una mirada inquisitiva, que decido ignorar.

—¿A dónde vas? —pregunta Aidan, poniéndose de pie de un salto.

Le lanzo una mirada de reojo que lo silencia. Entonces cambio de opinión.

—A comer, aunque ya sea tarde. Llámame si me necesitas.

Al otro lado de la sala, Carly sigue mirándome, intrigada. Una sonrisa pícara se dibuja en sus labios. Me conoce demasiado bien.

Salgo de la sala de redacción bajo la mirada atónita de Aidan. Seguro que no esperaba que le dijera a dónde iba. No soy precisamente famoso por ser un tipo agradable. Tener éxito y ser agradable no son caminos que vayan de la mano, y yo elegí el mío hace mucho tiempo.

Pero ahora las cosas son diferentes. Necesito amigos. Gente que responda por mí, que me considere parte de su familia, como los amigos policías de Amanda la consideran a ella.

Maldita sea esa mujer y el día en que me casé con ella.

Estoy a punto de llegar a mi camerino cuando la risa de Latesha me saca de mis pensamientos.

—¿Qué ha pasado? ¿Has tenido un pequeño accidente? —pregunta, riéndose a carcajadas en medio del pasillo, lo bastante fuerte como para llamar la atención de unas cuantas personas—. ¿No has podido aguantar hasta llegar al baño de chicos?

Frunzo el ceño y la miro furioso.

—¿Cómo? —No tengo ni idea de a qué se refiere, hasta que veo su uña acrílica morada apuntando a mi entrepierna.

Mierda.

Me acerco a ella y la miro fijamente. Ella ni se inmuta. Entonces sonrío, tranquilo, con una amenaza de muerte tácita en mis ojos. Sus pupilas se dilatan ligeramente.

—No te ganes mi enemistad, Latesha —le digo en voz baja—. Te convengo mucho más como amigo.