Una pareja perfecta 23
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AMANDA DAVIS

—¡Mamá!

La voz irritada de Tristan va acompañada de los retorcimientos de su delgado cuerpo.

Está ansioso por escapar de mi abrazo. A regañadientes, lo dejo ir, y él se acomoda en el asiento del copiloto, rojo como un tomate.

En el asiento trasero, el mejor amigo de mi hijo, Dylan, mira su teléfono, fingiendo —o logrando— no darse cuenta de nada.

Su cara pecosa está toda arrugada, sus dedos bailan sobre la pantalla y se oyen pitidos amortiguados procedentes del móvil a medida que suma puntos en el juego al que sea que esté jugando.

Mientras tanto, mi hijo mira al frente a través del parabrisas, probablemente todavía avergonzado por que su madre lo haya abrazado delante del colegio, donde todo el mundo puede verlo.

Sonrío mientras cambio de marcha, parpadeando para disimular las lágrimas. Hoy me he tomado medio día libre, solo para estar aquí con él. Hoy he echado de menos a Tristan más que nunca, y no puedo decírselo. Me miraría con esa expresión de «¿Estás loca?» e inclinaría la cabeza.

El avance es lento, la velocidad habitual de la hora punta de recoger a los niños por la tarde. Tardo unos diez minutos en llegar al semáforo e incorporarme al tráfico fluido.

—¿Te vienes a casa, Dylan?

—No, mamá —responde Tristan, aún con un ligero tono de irritación en la voz—. Te lo dije. Hoy vamos a casa de Dylan. Es viernes.

—Ah, cierto.

—Siempre haces lo mismo —me acusa con voz severa.

—¿Qué es lo que hago, cariño?

—Olvidarte de que es viernes. Eres como Deadpool.

Sus palabras se desvanecen, perdidas en el laberinto de mis pensamientos acelerados.

Viernes. No parece real, como si los días laborables hubieran perdido todo su significado desde anoche. Para mí, el tiempo se ha detenido, pero al mismo tiempo avanza a una velocidad vertiginosa.

A una parte de mí le entra pánico al pensar en que pasaré dos días sola con mi marido, encerrados en casa con nuestros pensamientos y el terrible secreto que compartimos. Pero quizá sea mejor que Tristan duerma en casa de Dylan. Paul y yo tenemos que hablar en cuanto regrese del trabajo.

Cuando llegamos a casa de Dylan, Tristan abre la puerta antes de que el coche se detenga por completo. No digo nada, solo sonrío y le revuelvo el pelo con rapidez antes de que pueda alejarse.

—¡Pasadlo bien! —les digo, pero dudo que ninguno de los dos me oiga.

Entonces me quedo sola y conduzco hacia casa en un pesado silencio.

Sin música, sin radio… Solo mi respiración superficial y agitada mientras recuerdo cosas que me persiguen.

El cuerpo delgado y frágil a mis pies, tendido en un charco de sangre en Malibu Canyon Road, iluminado por los lejanos relámpagos y los tonos rojos de las luces traseras de nuestro coche.

La paciente de hoy, la que tenía un quiste ovárico roto y que, en mi cabeza, se parecía mucho a Marisol.

Llegar a casa es una secuencia de acciones familiares que realizo de forma automática, pero de manera diferente, según lo dicta mi nueva realidad.

Abrir la puerta del garaje. Entrar deprisa en el garaje, después de asegurarme de que no hay nadie que pueda echar un vistazo al Cadillac dañado aparcado en el interior.

Correr a cerrar la puerta del garaje. Respirar aliviada cuando la puerta se cierra con un golpe y la luz amarillenta del techo me envuelve.

Una vez dentro del salón, me quito los zapatos y me dejo caer en el sofá, demasiado agotada para quitarme la ropa del hospital.

Con la comodidad de la soledad, mi fachada se derrumba.

Mi pecho se hincha y dejo escapar un llanto desgarrador.

Entierro el rostro entre las manos, rindiéndome al dolor, al miedo y al sufrimiento que me consumen.

Y, durante un rato, pierdo la noción del tiempo.

Cuando me despierto sobresaltada, fuera está todo oscuro. Las lágrimas se han secado en mi rostro, y la mancha apenas se ve en los cojines del sofá bajo la tenue luz de la lámpara de lectura. Me enderezo, ansiosa por dejarlo todo atrás. Es casi medianoche. He dormido varias horas.

«Contrólate», me digo a mí misma un momento después, frotándome los ojos con las manos, y me pongo de pie. Necesito una ducha, para limpiar mi mente de los horrores del día y de la noche anterior. Para al menos intentarlo.

Un rumor lejano me hace detenerme en seco. Cierro los ojos y aprieto los labios con fuerza, conteniendo mis emociones. La ducha tendrá que esperar.

Ha llegado Paul.

Oigo las ruedas de su coche chirriando en el suelo del garaje, y luego el rumor vuelve a empezar cuando se cierra la puerta. Con un suspiro, tiro de una silla y me siento a la mesa del comedor, girándome un poco hacia la puerta por la que está a punto de entrar.

Aun así, cuando se abre la puerta, me sobresalto, como si en esos pocos segundos que han pasado desde que ha llegado, hubiera olvidado que estaba a punto de entrar.

—Hola, cariño —me saluda con una sonrisa.

Su rostro está sereno, relajado, y la sonrisa le llega a los ojos. Resulta inquietante ver que tiene el mismo aspecto de siempre, como si nada hubiera pasado. Como si fuera un viernes cualquiera.

Me quedo mirándolo, incapaz de hablar.

—¿Dónde está Tristan? —pregunta, aflojándose la corbata y buscando a nuestro hijo con la mirada.

—En casa de Dylan. Se queda a dormir allí.

—Ah.

La sonrisa de sus labios se marchita y se desvanece.

Su compostura se transforma enseguida en una expresión de agonía.

Camina despacio hacia el sofá y se deja caer sobre los cojines, justo donde yo estaba sentada hace unos momentos.

Sus manos se cruzan y descruzan sin descanso.

Tiene la cabeza gacha, los hombros encorvados hacia delante y pesados.

Nunca lo había visto tan derrotado y asustado.

Mientras tanto, yo no siento más que rabia.

Se eleva como el fuego, ardiente y aguda, arañándome la garganta y quemándome detrás de los ojos.

Aprieto los puños con tanta fuerza que siento cómo las uñas se me clavan en las palmas de las manos, pero el dolor no es nada comparado con lo que bulle dentro de mí.

Quiero gritar. Romper algo. Desgarrar el universo con mis propias manos por permitir que lo de anoche sucediera tal y como sucedió.

Cuando se gira hacia mí, sus ojos están vacíos y atormentados.

—Escucha, lo siento…

—¡Ni se te ocurra! —le espeto, poniéndome de pie de un salto, y camino enfadada hacia él—.

Te pregunté si estabas lo bastante sobrio para conducir.

Te di todas las oportunidades antes… —Me detengo cuando estoy a punto de decir cosas que no puedo retirar.

Cosas que nunca deberían decirse—. Te di todas las oportunidades —digo al fin.

El brillo de las lágrimas en sus ojos alimenta mi ira—.

Dijiste que estabas bien. Me hiciste callar, aunque te habías pasado la noche bebiendo y yo no había tomado más que agua con gas.

Jadeando, me detengo justo delante de él, con las manos en las caderas.

No puedo respirar; siento que me ahogo, que me atraganto con mis propias palabras, con mis propias lágrimas—.

Tu terquedad será el fin de esta familia.

Me alejo, dándole la espalda. No puedo mirarlo ahora mismo.

—No es mi terquedad —lo oigo decir con calma. El tono grave de su voz me produce un escalofrío. Me doy la vuelta para mirarlo.

Su debilidad anterior ha desaparecido. La mirada en sus ojos es ahora desafiante, penetrante y despiadada.

—¿Qué quieres decir? —le pregunto en un susurro.

—Todo el mundo sabe lo mucho que te quiero, mi adorable Amanda —dice, recostándose en el respaldo y cruzando las piernas.

Sus manos descansan relajadas en su regazo por un momento, y luego levanta los brazos despacio, para entrelazar las manos detrás de la cabeza—.

Cometiste un error… Bebiste demasiado y atropellaste a alguien.

Te rogué que llamaras a la policía, pero…

El grito que sale de mi pecho me resulta extraño, primitivo, como el grito de muerte de un animal herido.

—¡Mentiroso hijo de puta! —digo cuando consigo articular palabras de nuevo—. No te atreverías.

Se levanta y se acerca a mí, con sus ojos azules fríos como el hielo y clavados en los míos.

—Ya lo verás —replica, pasando el dorso de sus dedos por mi mejilla.

—No, no, hay un vídeo que muestra que te pusiste al volante anoche… —digo, negando con la cabeza, incrédula.

Él no se inmuta.

—¿Estás segura? Lo había, pero… —Sus palabras se desvanecen mientras se encoge de hombros—. A veces las cosas se pierden. Se extravían.

No puedo respirar. Mareada y con sensación de desmayo, retrocedo hacia la mesa del comedor y me apoyo en ella. Intento pensar, pero no puedo, mis pensamientos son una mezcla confusa de pánico, miedo y rabia.

—Todo el mundo entenderá que no pude entregar al amor de mi vida, mi hermosa mujer, que, como todos recuerdan de la fiesta de Navidad del año pasado en la cadena, tiene un pequeño problema con la bebida.

—Maldito seas, Paul.

Él se ríe en voz baja.

—Esto demuestra que te podría haber pasado lo mismo, cariño, nada más. No te cargaré el muerto, aunque podría.

Lo miro fijamente, sabiendo que no puedo confiar en una sola palabra de lo que sale de su boca.

—Entonces, ¿qué quieres?

Su actitud cambia de nuevo. Mete las manos en los bolsillos y encoge un poco los hombros.

—Ayúdame a salir de este lío.

Respiro, sintiendo alivio muy a mi pesar.

He sido una idiota. Alquilé el otro Cadillac a mi nombre.

Con mi tarjeta de crédito. Lo encubrí cuando debería haber llamado a la policía.

Le mentí a ese agente, lavé la ropa empapada de sangre y destruí pruebas.

Todos los actos típicos de una persona culpable.

Ay, Dios.

Hago un esfuerzo sobrehumano por recomponerme.

—En mi trabajo, trato con familias en crisis —empiezo a decir, y luego me detengo, sin saber muy bien a dónde quiero llegar.

—¿Cómo lo superan?

—Día a día —susurro, deseando estar sola con mis pensamientos, para ganar algo de tiempo—. Así que… vivamos el día a día. Descansemos un poco, tomemos decisiones con la mente despejada.

Se apoya contra la pared para quitarse los zapatos. Uno de ellos golpea el suelo con un ruido fuerte y yo me estremezco. Luego, el otro. Paul se acerca a mí y yo lucho contra el impulso de alejarme, de correr.

—Mañana pensaremos cómo salir de este marrón. —Me paso la mano por el pelo y noto lo mucho que me tiemblan los dedos—. En realidad, piénsalo tú, Paul —añado con amargura—. Es tu marrón.

Un destello de ira se refleja en sus ojos. Se acerca, dejando la chaqueta tirada en el lateral del sofá.

—¿Ya volvemos a las andadas? —pregunta, enfadado.

—Sabes que necesitas un abogado y entregarte —replico, negándome obstinadamente a aceptar con quién estoy tratando.

Una sonrisa torcida se dibuja en sus labios.

—Te encantaría, ¿verdad? —Da un paso más hacia mí y me pone las manos sobre los hombros mientras me mira desde arriba.

Siento su peso inmovilizándome, apretándome cada vez más fuerte—.

Estamos juntos en esto, o llamaré a la policía para denunciarte, querida.

Creía que ya lo habías entendido, pero parece que no, así que te lo voy a explicar con detalle.

—¡Piensa en Tristan, Paul! ¡No puedes hacerle esto! —Las lágrimas brotan de mis ojos y me ahogan.

—Yo pienso en Tristan, ¿y tú? ¿Quieres que crezca con sus padres en la cárcel, siendo el hazmerreír de toda la comunidad? ¿Solo porque quieres hacer lo correcto, según un puto código moral retorcido e intrascendente que consideras más valioso que nuestra vida juntos?

Lo miro sin palabras, con la garganta seca como el pergamino y el estómago revuelto.

No tengo escapatoria. Estoy atrapada en sus mentiras, soy la única testigo de su crimen.

Una conveniente cabeza de turco y un cabo suelto al mismo tiempo.

En el momento en el que levanté un dedo para ayudarlo, sellé mi propio destino.

Nada escapa a su frío escrutinio. Es como si pudiera leerme el pensamiento.

—Exacto —dice—. Me alegro de que nos entendamos. —Me suelta y se aleja hacia las escaleras—. No volveremos a tener esta conversación. Nunca más. —Sube unos escalones y luego me mira por encima del hombro—. Al menos, si quieres ver crecer a tu hijo.