Una pareja perfecta 22
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AL JAZINSKI

«Seguro que tiene una pila de multas de aparcamiento sin pagar de un kilómetro de altura —pienso mientras me dirijo al aparcamiento de visitantes—. Cabrón arrogante y engreído». Murmurando, me deslizo detrás del volante de mi SUV sin distintivos.

Aún enfadado, arranco y me meto en el lento tráfico.

Momentos después, mi sirena suena a todo volumen y mis luces inundan las calles con tonos rojos y azules.

La gente se aparta de mi camino, pero no lo bastante rápido.

Algunos incluso se suben a la acera para despejar el paso, pero yo sigo tocando el claxon, impaciente, furioso.

Nunca debí haber aceptado ir a ese programa, joder.

Por culpa de eso, esos capullos entrometidos me han investigado y se han enterado de que María iba al volante bebida, y ahora van a por mí.

Sigo sin entender por qué no me han hecho trizas en directo, como suelen hacer con todos los pobres idiotas que caen en su trampa, pero está claro que Gabriela va a tener que hacer algunas llamadas. Y más le vale darse prisa.

¿Todo este lío? Es culpa suya.

Ella me puso delante de esos buitres. Hizo que alguien moviera los hilos.

Me la jugó como a un idiota, como hace siempre.

¿Y quién narices sabe por qué? Quizá sea por su propio politiqueo.

«Cuenta tu versión, limpia tu nombre antes de jubilarte — me dijo—.

Hazlo por mí y yo cuidaré de que no te pase nada. Te lo prometo».

Así ha sido durante años. Gabriela, la tía de mi mujer y ahora alcaldesa de Los Ángeles, siempre tramando algo.

Incluso cuando era una ambiciosa analista política con la mirada puesta en la mansión del gobernador y yo era un agente novato sin ninguna experiencia, veinte kilos más delgado, sin barriga cervecera, sin canas, pero igual de altanero, si no más.

¿Y María? En aquel entonces era un desastre, adicta a las pastillas.

Ahora le ha dado por el vino y Dios sabe qué más.

He pensado en hacerle análisis, pero aquellos días en los que se podían destruir los resultados ya han quedado atrás.

Ahora todo queda registrado en el sistema.

Ordenadores. No se pueden hacer pedazos.

Quizá algún día pida prestada una unidad canina y haga que olfateen bien la casa, solo para saber qué esperar.

Sin embargo, la tía de María también me abrió muchas puertas.

Cuando se convirtió en concejala, yo pasé a ser el enlace de la policía de Los Ángeles.

Luego, con ella como alcaldesa, subí las escaleras del ayuntamiento más veces de las que puedo contar, siempre con una sonrisa para las cámaras.

Eso me ha hecho destacar. He ascendido más rápido que nadie.

Siempre he estado esperando a que alguien atara cabos.

Algún novato demasiado entusiasta husmeando por ahí.

Pero Gabriela cambió hace mucho su nombre por otro más aceptable, de Alcaraz a Agua, algo que sonaba bien a los votantes de un estado devastado por la sequía, en lugar de recordarles una temida prisión.

Nadie ha encontrado nunca la conexión entre nosotros.

Ella hizo una jugada inteligente, incluso entonces.

Pero ¿todo eso? Está a punto de irse al carajo por culpa de ese capullo engreído, Paul Davis. Si esto explota, no solo perderé mi pensión: podría terminar entre rejas.

—Hostia —gruño, golpeando el volante con la mano.

El coche que tengo delante se sube a la acera. Unos cuantos bocinazos más, aunque no sirven de mucho llevando ya la sirena, y me incorporo a la interestatal. Cuarenta minutos más tarde, estaré de vuelta en mi casa de Thousand Oaks.

La casa está a oscuras cuando llego. Pero no es tan tarde como para que María esté durmiendo. Algo no va bien. Abro la puerta, con ese viejo y familiar nudo en el estómago. Amo a mi mujer, pero últimamente es como esperar a que explote una bomba cada vez que cruzo la puerta.

La televisión está apagada y en la casa reina un silencio espeluznante.

María nunca se queda sentada en silencio.

Lo detesta. La hace sentir sola. La hace beber.

La llamo con voz áspera y baja en la quietud.

No hay respuesta. Subo corriendo las escaleras, pero tampoco está allí.

No está en el baño ni durmiendo en nuestra cama. La habitación de invitados está vacía.

Vuelvo corriendo abajo.

—¿María? —Miro en el baño de abajo, en el estudio e incluso detrás del sofá del salón, por si se ha resbalado y se ha caído—. ¿María?

Abro la puerta del garaje. Nuestros dos coches están ahí. El mío siempre está en casa cuando llevo el coche patrulla.

Encuentro su bolso con su cartera y las llaves en la mesita junto a la puerta.

Me paso los dedos por el pelo y me dirijo a la cocina, fijándome en todo.

Su teléfono está en la encimera, junto al filtro de café, y eso no pasa nunca.

Lo lleva siempre pegado a ella, como si fuera una parte más de su cuerpo.

Hizo la cena y se la comió sola; hay un plato y un tenedor en el fregadero. La luz de «Mantener caliente» del horno está encendida; probablemente haya lasaña esperándome. Me encanta su lasaña, pero no tengo hambre; tengo el estómago revuelto. ¿Dónde puñetas se ha metido?

Un leve silbido llama mi atención. La puerta del patio trasero está entreabierta. Enciendo la luz del porche y me quedo paralizado.

María yace bocarriba en el suelo, con su camisón blanco revoloteando alrededor de su cuerpo. No se mueve. Un fino hilo de sangre mancha su pálido rostro, procedente de su sien magullada. Debe haberse golpeado la cabeza al caer.

—No, por Dios —mascullo, y salgo corriendo con el teléfono en la mano para llamar una ambulancia.

Le toco el cuello con dos dedos para tomarle el pulso. Es fuerte y constante, solo un poco acelerado. Su aliento desprende un ligero olor a vino.

—María —susurro, tocándole la cara con suavidad—, despierta. —Le sacudo el hombro con cuidado—. Venga, cariño, vamos a levantarnos.

Sus párpados se mueven, pero permanecen cerrados, como si estuvieran pegados.

—Mitzy se ha escapado —balbucea, arrastrando mucho las palabras.

Maldita gata.

—Vale, vamos a llevarte dentro —respondo, deslizando un brazo bajo sus hombros y otro bajo sus rodillas. Mientras levanto su delgado cuerpo, gruño, respirando con dificultad por el esfuerzo. Estoy en muy mala forma.

—No, tengo que encontrar a la gata —murmura, pero mantiene los ojos cerrados y la cara apoyada en mi pecho.

—No te preocupes por la gata. Ya la encontraré.

Con cuidado, la llevo dentro y la acuesto en el sofá, recostándola sobre unos cojines, y luego enciendo la televisión y preparo un té.

Después de la primera taza, puede mantener los ojos abiertos y hablar un poco mejor. No será necesario llamar a emergencias, como me temía. Al menos, no esta noche.

Alrededor de una hora más tarde, cuando está durmiendo en la cama y estoy seguro de que no vomitará ni se ahogará con su propio vómito, salgo al pequeño patio trasero. Dos grandes cedros marcan las dos esquinas traseras del terreno; la estúpida gata seguro que se habrá subido a uno de esos árboles.

—¡Ven aquí, gatito! —llamo en voz baja, consciente de que es tarde y de que los vecinos deben estar durmiendo. Esos canallas se acuestan cuando se pone el sol—. Vamos, Mitzy, no me toques los huevos esta noche. ¡Ven aquí, gatito, gatito!

No me rindo con facilidad; sé lo mucho que María quiere a esa pequeña y astuta gata atigrada plateada.

Pero al final me doy por vencido. Regreso dentro, cierro la puerta del patio con llave y saco la lasaña del horno.

Demasiado cansado para llevarla a la mesa, como un poco de pie junto a la cocina, pinchándola con el tenedor con rabia, como si me hubiera agraviado.

Más tarde, cuando estoy casi dormido frente al televisor con los pies sobre la mesa de centro, Mitzy salta a mi regazo y me da un susto de muerte.

—Cabrona —refunfuño, y luego me acomodo con la gata ronroneando en mi regazo—. ¿Dónde te habías metido, cretina?

El gato maúlla, pero mis pensamientos regresan a Paul Davis. Durante un rato, no consigo entender por qué lo odio tanto. ¿Es por su poder? ¿Por su cara de satisfacción? ¿Por el hecho de que podría destrozar mi vida por el bien de los índices de audiencia?

Entonces lo comprendo.

Y sé, por primera vez en mi vida, que no puedo hacer nada para detener al hombre que me tiene en sus manos. No puedo usar la fuerza, intimidar, disparar o hablar para salir de esta. Y eso es peor que el miedo: es saber que estoy a merced de otra persona.