Una pareja perfecta 20
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PAUL DAVIS

El detective Al Jazinski está sudando bajo los focos, y yo ni siquiera he empezado todavía.

Los dos estamos sentados en los lujosos sillones de color crema que hay en el centro del plató, un poco girados el uno hacia el otro, mientras mi maquilladora da los últimos retoques.

Le cuesta controlar el sudor que brota de la frente de Jazinski.

Luego me lanza una sonrisa de disculpa y yo me encojo de hombros a modo de respuesta.

Hay cosas que no podemos arreglar. Bueno, tal vez podríamos hacer que sudara menos; conozco un pequeño secreto que le vendría bien ahora mismo, pero ni loco se lo contaría a un policía.

—¡Veinte segundos! —grita el director de escena, y la maquilladora sale corriendo del plató.

Levanto el pulgar un segundo y luego miro las notas garabateadas de Aidan que tengo sobre el regazo.

En la parte superior de la página ha escrito ESPOSA, AA y CONDUCCIÓN EbrIA en grandes letras mayúsculas, y ha subrayado cada una de ellas varias veces con trazos enérgicos.

Me quedo mirando las notas garabateadas debajo: fechas, acontecimientos, todos los detalles que me ayudarán a dirigir la entrevista.

Me muevo en mi asiento y me ajusto la americana, luego le sonrío alentadoramente al detective Jazinski.

Estoy listo.

Detrás de nosotros, en el gran fondo digital, comienzan a aparecer los gráficos.

Los focos del estudio se vuelven aún más brillantes, y mi invitado sigue sudando y moviéndose, nervioso.

Debe saber que voy a preguntarle por su historial de uso excesivo de la fuerza.

Lo único que no puedo explicar es por qué está aquí.

¿Qué gana con dejarse destrozar en mi programa?

Sé por qué los políticos, los que buscan llamar la atención y las celebridades lo quieren: lo arriesgarían todo por un poco de protagonismo en la televisión nacional. Pero ¿él? No me cuadra.

La directora de escena levanta la mano.

—En cuatro, tres… —Y termina la cuenta atrás en silencio mostrando dos dedos, luego solo uno. En ese momento, me señala.

—Buenas noches, señoras y señores, y bienvenidos a La pregunta final . Soy Paul Davis. Esta noche nos acompaña en el estudio uno de los inspectores más veteranos de la policía de Los Ángeles, Al Jazinski. Bienvenido, inspector, gracias por venir.

Él traga saliva y se aclara la garganta.

—Gracias por invitarme.

Me inclino ligeramente hacia delante y entrelazo las manos.

—¿Cuánto tiempo lleva como inspector de la policía de Los Ángeles?

—Algo más de diecinueve años —responde. Su voz suena ahogada, como si tuviera los dientes apretados—. De hecho, en abril cumpliré veinte.

—Ah, enhorabuena —digo, pero la sonrisa que pongo en mi rostro no se refleja en mi voz tensa.

—Gracias —contesta con frialdad, y luego aprieta los labios hasta formar una línea recta.

Tiene las manos entrelazadas en el regazo y los nudillos blancos.

Le brota sudor en la raíz del cabello. Me dan ganas de seguir jugando con él un rato más, pero no estoy aquí para eso.

Mis espectadores esperan algo más de la televisión en horario estelar un viernes por la noche que un teatro barato y cursi.

Dejo que mi sonrisa se desvanezca y reviso mis notas antes de continuar, dejando que el suspense crezca un poco.

—Inspector Jazinski, ha estado usted involucrado en tres incidentes distintos en los que se le acusó de uso excesivo de la fuerza, uno de los cuales terminó con la muerte de un sospechoso mientras estaba bajo custodia policial.

No se trata de denuncias menores. De hecho, han ensombrecido su departamento y su trabajo.

¿Cómo responde a quienes dicen que ha cruzado la línea?

Sus ojos se clavan en los míos.

—Paul, ya sabe con qué tipo de gente trato. Criminales de alto riesgo. Asesinos. Violadores. Esas personas no son simples infractores de tráfico. Hablamos de tipos que prefieren abrirse camino a tiros antes que ser detenidos. Cuando las cosas se tuercen, tengo que reaccionar, y rápido.

Se mueve un poco en su asiento y luego se acomoda, rígido y un poco pálido. Sin duda, le han enseñado qué decir. Ningún policía común y corriente habla así.

—Sin duda, se refiere a situaciones de mucha presión.

—Mantengo la voz tranquila pero firme—. Pero, en uno de esos incidentes, el hombre al que arrestó el mes pasado, Brandon Hill, no iba armado.

Murió bajo su custodia tras lo que algunos califican de uso innecesario de la fuerza. ¿Puede explicarnos por qué terminó así?

Jazinski entrecierra los ojos.

—Hill no era inocente Al entrar en ese edificio, sabíamos que era un exconvicto recién liberado que había cumplido condena por asesinato.

Tenía un historial kilométrico, todo actos de violencia brutal.

Y el día que salió de prisión, su exmujer fue tiroteada por un hombre que coincidía con su descripción.

—Hace una pausa y se encoge de hombros—.

Se resistió. No siempre se ve eso en los informes o en los titulares, pero opuso una resistencia tremenda.

Otros dos agentes resultaron heridos esa noche; uno de ellos tiene daño cerebral permanente por el incidente.

Tenía dos opciones: dejar escapar a un asesino o detenerlo. Lo detuve.

Qué conveniente. Sus respuestas están bien ensayadas y son buenas, pero no me convencen.

—Pero murió más tarde, en la sala de detención. Hill ya estaba reducido cuando las cosas se agravaron. No fue un tiroteo ni una situación de vida o muerte. ¿Cómo justifica lo que ocurrió en esa sala de detención?

—Usted no estaba allí, Paul. Yo sí. Hill había sido violento antes, impredecible.

Incluso cuando un tipo está esposado, puede seguir siendo peligroso, y Hill era corpulento, medía un metro noventa y tres y pesaba unos ciento treinta y seis kilos.

Hay que tener en cuenta que un hombre en su situación no tiene nada que perder; sabe que va a acabar hundido para siempre.

Cuando se abalanzó, hice lo que debía para protegerme a mí mismo y al otro inspector que estaba en la sala.

—Los ojos del policía brillan con frustración.

—Le rompió el cuello mientras estaba esposado.

—Solo intenté inmovilizarlo. —Aprieta la mandíbula y dilata las fosas nasales.

Hago una pausa para recomponerme.

—Nadie pone en duda que su trabajo es peligroso, inspector, y que se enfrenta a algunas de las peores situaciones que existen.

Pero cuando hay un patrón: tres incidentes, todos con acusaciones de uso excesivo de la fuerza, surge la pregunta de si se está utilizando la fuerza como primera respuesta en lugar de como último recurso.

Jazinski se pone rígido en su asiento.

—Usted lo llama patrón. Yo lo llamo supervivencia.

Hacer mi trabajo. Fíjese en la última detención con uso de la violencia: un capo de la droga, armado, que intentaba huir durante una redada.

¿Cree que tuve tiempo de pedirle amablemente que me acompañara?

No se trata de detenciones limpias y sencillas en las que se llama a la puerta y se entrega una orden judicial.

Esto es el mundo real. No puedo permitirme el lujo de sentarme a dudar en un momento crítico.

—¿Y qué me dice de asumir responsabilidades? —pregunto con tono neutro—. No hay duda de que su trabajo le pone en situaciones imposibles, inspector. Pero, con tres investigaciones y un hombre muerto, ¿alguna vez se pregunta dónde está el límite entre hacer su trabajo y pasarse de la raya?

Durante un rato, me sumerge en un laberinto de procedimientos policiales, explicados de forma tan minuciosa que aburriría a cualquiera hasta decir basta, y él lo sabe. Le hago algunas preguntas más y él sigue esquivándolas hasta que levanto la mano para detenerlo.

—Inspector, creo que todo el mundo entiende los procedimientos, pero ¿dónde está esa línea que probablemente ha cruzado? Creo que está eludiendo mi pregunta.

Sus ojos pasan de la frustración a la determinación.

—Como policías, hacer nuestro trabajo ahí fuera es tan simple como esto: entras, te encargas del asunto y sales con vida.

Ese es nuestro objetivo. Sí, hay reglas y todos hacemos lo posible por seguirlas, pero, en última instancia, nuestra misión es garantizar la seguridad de los ciudadanos. Y eso, a veces, puede ponerse feo.

Ahora suena sincero, no como si leyera un guion. Un poco sorprendido, cruzo las piernas y me inclino hacia él. El bloc se me resbala del regazo y cae bocarriba debajo de la mesa de centro, más cerca de él.

Mierda.

Desde donde está sentado, podría leer con facilidad las notas de Aidan.

—Pero, de hecho, usted ha infringido las reglas antes, ¿no? —le pregunto apresuradamente, con la esperanza de distraerlo para que no vea los garabatos subrayados de Aidan.

Mi estrategia falla. Los ojos de Jazinski se posan en el bloc. Se pone pálido y se inclina hacia delante con una postura amenazante, mirándome con el ceño fruncido. Echo un rápido vistazo a los monitores, esperando el momento adecuado para recuperar el maldito chisme.

En cuanto la cámara se desplaza, meto la mano debajo de la mesa, cojo el bloc y le doy la vuelta a la tapa para cerrarlo. Luego, me recuesto en mi asiento y sonrío, sin darle tiempo para responder.

—¿No las infringimos todos, en realidad? Está en nuestro ADN saltarnos las reglas —digo con calma—. Para defender lo que amamos, lo que es más importante para nosotros. La seguridad de nuestras familias. —Mi dedo índice golpea la tapa del bloc. Sus ojos no se despegan de él.

—En efecto —responde Jazinski con frialdad.

—Entonces, la pregunta final para usted es esta —anuncio, haciendo una pausa para crear un efecto dramático—: inspector Jazinski, teniendo en cuenta sus últimas acciones, tanto de servicio como fuera de él, ¿hasta dónde cree que puede forzar los límites antes de que se rompan?

Veo en los monitores de control que la cámara hace zoom sobre el rostro atónito de Jazinski.

Sus ojos parpadean con tensión. Antes de que pueda abrir la boca para responder, la cámara se desplaza hacia mí y me encuentra sentado erguido en mi silla, sonriendo, listo para la frase final del programa de esta noche.

—Vamos a dejar que el inspector Al Jazinski reflexione sobre eso. Gracias por acompañarnos en La pregunta final . —Como siempre, he interrumpido a mi invitado antes de que pudiera responder, dejando el placer de especular exclusivamente para mis espectadores.

Aparecen los créditos y la directora de escena dice: «Libre». Se apagan las luces brillantes y me levanto de un salto. Le estrecho la mano sudorosa a mi invitado, fingiendo no notar la ira ardiente en sus ojos, y luego salgo del plató, apresurándome en dirección a mi camerino.

Aidan me alcanza en el pasillo, pasada la sala de control.

—¿Por qué no lo has utilizado? Lo había comprobado y recomprobado. No… —Me agarra de la manga cuando estoy a punto de cerrarle la puerta en las narices—. No solo dos veces, sino tres .

Me encanta la ambición del chico, pero estoy a punto de darle una dura lección sobre la subordinación y los modales en el lugar de trabajo.

No puedo permitirme que mis asistentes cuestionen mis decisiones en directo.

Y entonces aparece Latesha. Al verla, aprieto los dientes.

Me muero de ganas de que termine este día.

—Raymond quiere verte. —Me sonríe con malicia—. Ahora mismo.