19
AMANDA DAVIS
La paciente llora de dolor, acurrucada de lado y jadeando entre gritos.
El tubo intravenoso le rodea el antebrazo, pero no parece importarle.
Sus manos se aferran a la parte inferior del abdomen.
Sus ojos huecos y muy abiertos miran fijamente al vacío.
Los técnicos de emergencias sanitarias deberían haberle controlado el dolor; no sé qué habrá pasado.
—¿Nivel de dolor? —pregunta el doctor Grant, poniéndose un par de guantes.
—Diez sobre diez —responde el técnico—. Comenzó hace unas dos horas. Ha estado entrando y saliendo de la consciencia. Le administramos ocho miligramos de morfina durante el trayecto.
El doctor Grant abre mucho los ojos, pero no dice nada. Está tan sorprendido como yo.
—De acuerdo, en marcha. ¡Box de trauma uno! —ordena, dirigiendo la camilla por el pasillo.
Las enfermeras lo siguen, empujando la camilla hacia el box de traumatología más cercano. Yo soy la última en entrar, quedándome rezagada a pesar de que hago todo lo posible por no hacerlo.
Observo cómo Sunny prepara con rapidez la vía intravenosa y cuelga otra bolsa de suero mientras el doctor Grant se inclina sobre la paciente y le coloca el estetoscopio en el pecho.
Me quedo mirando el rostro de la paciente, paralizada. Congelada. Se parece mucho a ella…, a Marisol. Su rostro, cubierto de sudor y retorcido por el dolor agonizante. Esos ojos inquietantes que todavía veo en pesadillas.
—Señora, ¿puede oírme? Soy el doctor Grant. Vamos a atenderla.
Los ojos de la mujer se abren por un segundo, los labios le tiemblan mientras intenta responder, pero hace una mueca y todo su cuerpo se encoge con otra oleada de dolor.
—Quiero un hemograma completo, coagulación, bioquímica y grupo y pruebas cruzadas, por si acaso. Y una eco para confirmar la ruptura del quiste —solicita el doctor Grant, sin esperar una respuesta, mientras presiona con suavidad el abdomen de la mujer—. Dígame dónde le duele.
La paciente lanza un grito agudo cuando le toca la parte inferior derecha.
—Ay… —se queja, apartándole la mano—. Me está matando.
—Muy bien —murmura, mirándome—. Morfina, cinco miligramos por vía intravenosa. Vamos a controlar este dolor.
Rebusco en el cajón del carro y saco la jeringa precargada. Introduzco la aguja en el puerto y empujo el émbolo. La respiración de la paciente se ralentiza y sus músculos se relajan a medida que el fármaco comienza a actuar en su organismo.
—¡Necesitamos una eco aquí! —grita de nuevo el doctor Grant, ahora con un tono más severo.
No me muevo ni me aparto. Como si estuviera viviendo una pesadilla, me doy cuenta de que debería haber traído la máquina de ecografías la primera vez que me la ha pedido.
El técnico entra corriendo, me rodea con la máquina, haciendo mi trabajo, y la conecta. Sunny y yo tratamos de quitarle la ropa a la paciente mientras ella se niega a dejar de estar acurrucada de lado.
—Escucha, sé que te duele —le digo con suavidad, tras agacharme para quedar a la altura de sus ojos llenos de lágrimas—. Estamos intentando ayudarte, pero necesitamos ver qué pasa ahí dentro. La ecografía es rápida, te lo prometo. No tienes que moverte mucho, solo déjanos verte la barriga, ¿vale?
Ella asiente con la cabeza, con una mirada de desesperación y desconfianza en los ojos, pero hace todo lo posible por combatir el dolor que le corta la respiración.
El técnico aplica gel en el abdomen de la paciente y le entrega la sonda al médico.
—Veamos qué pasa ahí dentro. —El doctor Grant me lanza una mirada inquisitiva y preocupada.
Cuando la sonda presiona la piel de la mujer, se forma una imagen en la pantalla en tonos grises pixelados. El doctor Grant la estudia con atención, entrecerrando los ojos.
—Ahí está. Ovario derecho. Rotura de quiste, posible hemorragia interna. Traed al ginecólogo. Necesitamos un quirófano ya.
Sunny corre hacia el teléfono de pared y marca rápidamente.
—Avisad al gine de guardia, quirófano tres. Iniciad preparación quirúrgica.
Salen con la mujer en camilla mientras yo la observo, con la mirada fija en sus rasgos. La morfina ha aliviado su dolor y ahora su rostro está casi relajado, con los ojos apenas abiertos. Y no se parece en nada a Marisol. Me estoy volviendo loca.
Mis manos enguantadas caen inertes a los lados de mi cuerpo. Sacudo la cabeza como para disipar los restos de una pesadilla. Lo que pasó anoche me afectó… Cosas con las que no estoy preparada para lidiar, ni siquiera para reconocer.
Un suave apretón en mi hombro hace que me sobresalte.
—¿Por qué no te vas a casa? —me pregunta el doctor Grant—. Necesitas descansar.
Sonrío con tristeza, recordando la última vez que me envió a casa antes de que terminara mi turno. Esa noche terminé pidiendo el divorcio y dándome cuenta de que estaba atrapada en mi matrimonio sin salida.
—Lo siento, doctor Grant —digo en su lugar—. No volverá a pasar. Por un segundo, ella me ha parecido…
Mi teléfono suena, impidiéndome seguir hablando. Me quito los guantes y los tiro a la basura, luego saco el teléfono del bolsillo. Es un mensaje de Paul.
Dice: «Anoche recaudé cinco millones [PULGAR HACIA ARRIBA X2]. Lástima que esa zorra me jodiera la noche».
El mensaje me golpea en el pecho como un puñetazo.
Las letras bailan ante mis ojos, borrosas por las lágrimas.
Ni una palabra de remordimiento o arrepentimiento, ni disculpas, nada más que el hombre frío y egocéntrico con el que me casé brillando en cada palabra, mostrando dolorosamente su verdadero rostro.
—Vamos, te traeré otra taza de café —dice el doctor Grant, mirándome con ojos clínicos, que rehúyo.
—¿Vas a venir esta noche? —pregunta Sunny, que nos alcanza y entra en la sala de descanso como solo una joven de veinticuatro años puede hacerlo, con un brío vivaz en sus pasos.
—¿Qué hay esta noche? —Frunzo el ceño, tratando de recordar.
El doctor Grant me mira con preocupación.
—Vamos a salir todos a tomar unas cervezas al pub irlandés. Es viernes, ¿no? —Se queda mirándome, decepcionada—. ¿Eh?
Vaya, es viernes.
No puedo. Solo quiero volver corriendo a casa, abrazar a Tristan todo el tiempo que me lo permita y luego encerrarme en el baño y llorar.
—Estoy demasiado cansada —respondo—. Necesito dormir.
El doctor Grant asiente de forma imperceptible, pero la mirada escrutadora de sus ojos sigue siendo intensa. Y hay algo más en ella, pero es algo que no consigo descifrar.
—¡Me estás tomando el pelo! —replica Sunny, levantando los brazos como si se sintiera ofendida, pero con una sonrisa en los ojos—. ¿No somos lo bastante glamurosos para la famosa Amanda Davis?
Suspiro, un poco frustrada, pero también divertida. Necesito la juventud de Sunny en mi vida: su risa, su ingenuidad, su optimismo.
—No, es solo que… no puedo, Sunny. Esta vez no. —Hay una tristeza en mi voz que espero que nadie note.
Se apoya en la encimera y se queda mirándome, luego me señala con el dedo como si fuera una niña desobediente.
—Ahora, escucha a mamá, Amanda. Sé que tu vida es como una película: galas elegantes, vestidos caros, codearte con gente que coge el jet privado para ir a almorzar…
¡No puedo ni imaginarlo! Vaya, que mientras yo estoy aquí preguntándome si debería darme el lujo de tomarme un café con leche grande, tú andas por ahí viviendo como la realeza.
Pero tomarte unas cervezas conmigo y los chicos te sentaría de maravilla.
—Hace un gesto amplio, como si se estuviera quitando pelusas de la bata azul—. ¿Qué me dices?
He puesto los ojos en blanco mientras hablaba, pero acabo sonriendo. Es contagiosa.
—Si crees que lo que estoy deseando después de un largo turno en urgencias es ponerme unos tacones altos, estás muy equivocada. Esas galas están muy sobrevaloradas. —Le cojo la mano y se la aprieto—. La próxima vez, ¿vale?
La sirena pone fin a sus protestas. Segundos después, recibimos una doble entrega. Dos pacientes, con escolta policial. Debe ser algo grave.
Los técnicos entran disparados con la primera camilla.
—Varón de cuarenta y dos años, conductor, accidente por colisión lateral, furgoneta contra turismo.
Airbag desplegado, sin cinturón. Glasgow doce, está consciente pero confuso, se queja de dolor torácico y dificultad para respirar.
Sospecha de fracturas costales y posible neumotórax.
Tensión arterial 100/60, frecuencia cardiaca ciento diez.
Con oxígeno, saturando al noventa y dos por ciento.
Vía puesta, con suero fisiológico en perfusión.
—¡Box de trauma dos! —grita una enfermera.
El doctor Grant me mira con intensidad.
—Ocúpate del otro.
Espero la segunda camilla y la otra médica, la doctora Sofía Martínez, se une a mí. Todavía está masticando un bocado de su almuerzo, con migas de pan pegadas a los labios. La camilla entra rápidamente, con el cuerpo de una niña del tamaño de mi hijo. Se me detiene el corazón.
—Niña de siete años, asiento trasero, asiento elevador, sin airbag.
Está consciente, se queja de dolor abdominal, probablemente por una lesión causada por el cinturón.
Tensión arterial 110/70, frecuencia cardiaca ciento treinta, saturando al noventa y ocho por ciento. Sin lesiones externas evidentes.
—¡Llevadla al cinco! —grita alguien.
Al oír la orden, empujo la camilla en esa dirección. Luego, sigo las instrucciones de la doctora, moviéndome con agilidad, sin pensar en lo pequeña que es. Sin recordar a Marisol.
—¿Dónde está el otro conductor? —pregunto. Espero que haya otra ambulancia, pero la enfermera de recepción niega con la cabeza.
—Ha sido un atropello con abandono del lugar del accidente —dice una voz familiar, helándome la sangre como si el simple hecho de mencionar esas palabras pudiera hacer que todo el mundo viera a través de mí.
El policía que está a mi lado lleva un uniforme gastado y tiene el rostro sombrío. Lo conozco desde hace tiempo. Trabaja en la investigación de accidentes de tráfico en esta parte de la interestatal.
—Hola, Danny —digo con voz ahogada.
Me mira y, por un momento, no dice nada.
Su boca tensa está un poco torcida, como si una comisura estuviera lastrada por una constante decepción.
Tiene los ojos inyectados en sangre, brillando de ira bajo el ceño fruncido.
Después de haberlo entregado, sacan al padre del box de traumatología para llevárselo el quirófano mientras la inquieta niña de seis años llora por su papá.
—Estás casada con ese famoso de la televisión, ¿verdad? ¿Paul Davis? —pregunta Danny finalmente, sabiendo ya la respuesta.
El estómago se me retuerce por el miedo. Asiento con la cabeza y cruzo los brazos sobre el pecho, preparándome para lo que tiene que decir. ¿Y si de alguna manera sabe lo de anoche? Los policías hablan con otros policías mientras toman café y dónuts.
—Hace un gran trabajo de sensibilización para luchar contra la conducción bajo los efectos del alcohol —dice Danny—. Por favor, dale las gracias por ello.
Bajo la mirada por un momento, luego lo miro y susurro:
—Claro, Danny, se las daré.
No puedo evitar pensar en lo que ocurrirá cuando vengan a buscar a Paul con una orden de arresto. ¿Cómo voy a mirar a estas personas a los ojos otra vez? ¿Cómo puedo mirar a Danny a los ojos ahora, después de lo que sucedió anoche?
Cuando me giro para salir de la recepción, veo al doctor Grant mirándome fijamente desde el otro lado de la sala. Sus ojos son oscuros y demasiado inquisitivos. No puedo evitar preguntarme qué sabrá.
No puedo evitar temerlo.