Una pareja perfecta 18
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PAUL DAVIS

Hay una docena de personas apiñadas en la sala de control hablando en voz alta.

Entre ellas, Latesha Jones —mi traicionera copresentadora, una zorra ambiciosa— y Carly Crown, mi productora, las dos con un aspecto impecable y perfectamente descansadas, como si anoche no hubieran estado más borrachas que yo.

Luego está el propio Raymond Cook, al que rara vez se ve mezclándose con el plebeyo personal de producción.

Las conversaciones se acallan cuando me ven.

Entonces mi asistente de investigación, un joven llamado Aidan Williams, empieza a aplaudir, primero despacio y luego con fuerza.

—Sí —dice, aplaudiendo cada vez más rápido mientras los demás lo imitan—.

¡Un aplauso para el hombre del momento! —Luce una sonrisa de oreja a oreja que muestra unos impecables dientes blancos, pero mis ojos se fijan en su pelo, un enredo revuelto que se eriza en todas direcciones, como si cada rizo tuviera voluntad propia—.

¡Bravo, bravo! —grita, hasta que establezco contacto visual con él un instante y deja de gritar, pero no de aplaudir.

Ray se acerca a mí y me da la mano, luego se gira hacia el equipo, con la mano apoyada en mi hombro.

—¡Cinco millones de dólares, gente! Y ni siquiera ha sudado. Incluso encontró tiempo para bailar un vals con su preciosa mujer.

—Gracias —digo, estrechándole la mano con fuerza—. Creo que estamos listos para el siguiente nivel. ¿Diez millones el año que viene?

—Pásate a verme más tarde y hablamos —dice Ray en voz baja, solo para que yo lo oiga.

Asiento con la cabeza en lugar de darle las gracias y evalúo la reacción de todos ante mi llegada, incluida la suya.

Es evidente que Ray está feliz como una perdiz.

Tengo curiosidad por ver cuánto le durará la gratitud.

Más tarde tantearé el terreno y a ver qué saco en limpio.

Tengo que aprovecharme ahora, mientras él todavía disfruta del resplandor de los cinco millones de dólares.

La sonrisa de Latesha es tan falsa como sus pechos.

Aunque sospecho que se ha ahorrado dinero en esas tetas y se ha limitado a rellenar el sujetador con almohadillas de silicona.

Sus ojos me lanzan dardos envenenados, pero se arrastra ante Ray, tratando de llamar su atención.

Me recuerda a un chihuahua mordisqueando los talones de un pastor alemán.

Ojalá pudiera darle una coz y hacerla desaparecer. Es una auténtica mosca cojonera.

Carly sonríe, inclina la cabeza y da las gracias a la gente como si los cinco millones los hubiéramos recaudado los dos juntos, y no solo yo.

Se acerca a mí y me planta un beso en la mejilla; luego me rodea la cintura con el brazo y se niega a retirarlo.

Se echa el pelo a un lado y sonríe a todo el mundo, habla en voz alta con Ray y le cuenta lo generosa que era la gente de nuestra mesa y lo contenta que está de formar parte de este increíble éxito.

Estoy harto. De todo. De las chorradas, de la falsedad, del tiempo perdido fingiendo pensar y sentir algo distinto de lo que en realidad siento.

—Gracias a todos —digo, alzando la voz por encima del alboroto—, pero tenemos un programa que preparar.

Mis palabras tienen el efecto de un simulacro de incendio, que extingue el entusiasmo y las conversaciones como el agua helada que se pulveriza desde los rociadores del techo sobre las llamas vivas.

—Entonces, os dejo que os pongáis manos a la obra —anuncia Ray, y se dirige hacia la puerta con su taza de café aún en la mano.

Latesha sale tras él, esforzándose por alcanzarlo. Su falda ajustada y sus tacones altos la ralentizan, pero su aspecto es tan decidido como gracioso, o al menos a mí me lo parece.

Pronto, solo quedan las personas de la sala de control, como debe ser, y reanudan sus actividades habituales.

Miro la hora y suspiro frustrado. Son casi las cuatro. Este día se está descontrolando.

—Vamos, gente, no tenemos nada. Aidan, ¿quién viene esta noche a La pregunta final ?

Los rizos le rebotan alrededor de la cabeza mientras revisa sus notas, pero se mantiene obstinadamente erguido.

—Un policía de Los Ángeles, el inspector Al Jazinski.

Un policía, mierda.

—¿Y qué tiene de especial este policía? —pregunto, apoyando las manos en las caderas, impaciente e irritado. ¿Por qué tengo que arrancarle la información? Lo ha hecho innumerables veces; sabe cómo funciona.

Vuelve a mirar sus notas.

—Es la tercera vez que lo acusan de uso excesivo de la fuerza durante un arresto, lo que ha provocado lesiones graves. Una de sus víctimas anteriores murió mientras estaba bajo custodia policial, pero nunca lo sancionaron. Creo que ahí tenemos algo.

Siento cómo me invade la rabia, ardiente y abrasadora. Me paso la mano por el pelo, tratando de controlarla.

—¿ Crees …? ¿Por qué va a importarle a la gente de Los Ángeles lo que tú creas, Aidan?

La sala de control se queda en un silencio absoluto.

El ingeniero de sonido se pone los auriculares y finge estar trabajando.

Aidan me mira con los ojos como platos y la boca entreabierta.

No recuerdo otra ocasión en la que le haya gritado.

Me cae bien; es unos diez años más joven que yo, un talentoso licenciado en Periodismo.

Me trata como si fuera el centro de su universo.

Pero hoy no tengo ninguna tolerancia con la incompetencia y el trabajo descuidado.

Me quedo mirándolo hasta que baja la vista, derrotado.

—Lo siento —dice, cambiando el peso de un pie al otro, incómodo—. Pensé que era…

—Quiero información comprometedora sobre ese policía, ¿me oyes? —Doy un paso hacia él; él da un pequeño y tembloroso paso atrás—. Quiero hacerlo pedazos en el plató, terminar con su carrera, pisotearlo, como ha hecho él con la vida de las personas a las que ha perjudicado. ¿Y sabes por qué?

No se atreve a responder. Solo niega con la cabeza, mirándose fijamente los zapatos.

Suelto un suspiro de frustración. La verdadera razón no puede salir de los confines de mi mente.

Desde anoche, les tengo miedo a los policías.

Me aterrorizan, incluso. No quiero tener nada que ver con ellos, pero ese hombre ya está citado, su cara aparece en el banner publicitario semanal del programa.

Ahora, no hay forma de escapar. Pero tener miedo es algo nuevo para mí, y no lo soporto.

Me veo como uno de los detenidos de Jazinski, maltratado y herido sin motivo alguno, con mi vida convertida en algo sin sentido, arrugada en sus manos como el periódico de ayer.

En un juramento silencioso e inquebrantable, me prometo a mí mismo que acabaré con ese hijo de puta.

—Porque esto es lo que hacemos aquí, Aidan: impartimos justicia —opto por decir—.

No solo historias, no solo titulares: justicia.

Nuestros espectadores ponen nuestro programa después de las noticias todos los putos viernes, cuando podrían haber salido a tomar algo o podrían estar haciendo una barbacoa, pescando o lo que sea que haga la gente normal, pero eligen sentarse con nosotros.

¿Por qué? Porque somos los que denunciamos las mierdas que les fastidian la vida.

No somos solo un programa, somos la última línea de defensa, joder.

Somos el puto Robin Hood y apuntamos a cualquiera que se crea intocable.

Se produce un breve y pesado silencio. Me doy cuenta de que Latesha ha vuelto y me mira con un destello de curiosidad en los ojos.

—Bien dicho —dice el ingeniero de vídeo, sin levantar la vista de sus pantallas.

—Entendido —dice Aidan, dando unos pasos hacia la puerta, vacilante, como si temiera pasar junto a mí al salir.

—Vamos, consígueme algo que de verdad machaque a ese policía, Aidan. Algo que ponga fin a su abuso.

Se detiene a unos metros de mí y hojea su libreta.

—¿Te sirve de algo saber que su mujer es alcohólica? Ha abandonado Alcohólicos Anónimos un par de veces.

—¿Y qué? Todo el mundo en Estados Unidos tiene problemas con la bebida. —Me encojo de hombros, todavía furioso.

—Sí, pero no todo el mundo en Estados Unidos se va de rositas después de que lo pillen conduciendo en estado de embriaguez —dice, dando unos golpecitos con las uñas en la libreta.

—Dame más detalles. —Una sonrisa empieza a dibujarse en mis labios.

—Pararon a la señora porque iba muy por encima del límite, pero el agente de tráfico llamó al bueno de Jazinski en lugar de llevarla a comisaría. La dejaron marchar.

Mi sonrisa se convierte en una auténtica mueca de satisfacción mientras le doy una palmada a Aidan en su huesudo hombro.

—Ahora nos entendemos. Comprueba bien la información y haz que nuestro distinguido invitado firme la autorización para utilizar su imagen antes de salir en directo. El programa va a ser la bomba.

Voy a enterrar a ese cabrón.