Una pareja perfecta 17
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PAUL DAVIS

Me detengo en la barrera del aparcamiento del estudio, como siempre, y espero a que escaneen y reconozcan el código de barras de mi pegatina arrugada. Tarda un poco más de lo habitual, o tal vez sea mi imaginación. Cuando la barrera se levanta, estoy apretando los dientes.

Tengo que conseguir una pegatina nueva, porque esta apenas se mantiene en su sitio con cinta adhesiva.

En Recursos Humanos estarán encantados de atender la solicitud, pero apuesto a que me preguntarán qué ha pasado con la antigua.

¿He cambiado de coche? ¿Voy a comprar un coche nuevo y tengo pensado usar los dos para ir al trabajo?

—Me cago en todo —mascullo mientras entro en mi plaza reservada. Joder . No puedo permitirme ninguna pregunta. Ahora no.

¿Estoy siendo paranoico? Probablemente. A nadie le importará una mierda mi pegatina para aparcar.

Unos minutos más tarde, escaneo mi tarjeta y accedo al edificio del estudio.

Un gesto con la cabeza y una sonrisa rápida bastan para ganarme a la recepcionista, que sonríe e inclina la cabeza, pestañeando descaradamente e ignorando a la mujer que espera frente a su mesa.

La recepcionista es una chica mona, no pasa de los veinte, y quizá algún día me la tire, pero es demasiado delgada para mi gusto.

No le vendría mal atiborrarse de chocolate durante un mes o así, para poner un poco de carne a esos huesos.

También a las tetas, porque es totalmente plana.

Un corto trayecto en ascensor, otro escaneo de la tarjeta y estoy en la planta de producción, caminando con paso firme hacia la sala de control.

La puerta de la sala verde, un gran salón reservado para los invitados al programa y los asistentes de producción en sus descansos, está abierta de par en par.

Al pasar, oigo susurros, seguidos de exclamaciones y risitas, dos voces femeninas que parecen jóvenes, pero que no reconozco.

—¡Dios mío, era Paul Davis! ¡En persona! Está buenísimo —suspira una de las mujeres, y mis pasos se ralentizan en cuanto paso la puerta—. Será genial hacer prácticas aquí. —Su voz baja un tono—. Me lo montaría como a un árbol.

Incapaz de resistirme, me detengo y me apoyo con naturalidad contra la pared, escuchando mientras finjo revisar mis mensajes.

Una sonrisa torcida se dibuja en mis labios.

Lástima que haya pasado demasiado rápido y no me haya fijado en si es guapa.

Por un momento, me olvido de todo lo que pasó anoche, de mi mujer, de la pegatina para aparcar y de todas esas tonterías. Me siento vivo de nuevo.

—No hagas ninguna tontería —dice la otra—. Llevo tres años como asistente de producción en su programa y ni siquiera sabe que existo.

—¿Cómo? No —dice la becaria—, me aseguraré de que sepa que yo existo y luego te presentaré.

—Ni se te ocurra, ¿vale? —Las risitas han desaparecido de su voz—.

Este es mi trabajo, y resulta que me gusta, así que no lo estropees.

—Un momento de silencio—. De todos modos, la gente dice que Paul domina a la perfección el papel de «marido perfecto», pero de vez en cuando se lo salta a la torera.

Coquetea como un loco, se acuesta con otras, pero «oficialmente» sigue siendo fiel a su mujer.

Para serte sincera, a mí todo esto me parece bastante sexy .

Un resoplido burlón.

—Ya, un verdadero compromiso.

—Ah, ¿y sabes? La fiesta de Navidad del año pasado fue un desastre total para la perfecta mujercita. Al parecer, se agarró un pedo de campeonato, iba tropezando y casi se caía encima de la gente. Aun así, él se mantuvo a su lado todo el tiempo, como si no pasara nada.

—¡Aún no me ha conocido a mí! —La becaria se ríe—. Cuando me haya probado, se olvidará hasta de haberla conocido.

Una sonrisa aflora en mis labios y pongo los ojos en blanco, pero me pica la curiosidad. El lunes, cuando esté de mejor humor, tengo que acordarme de echar un vistazo a las nuevas becarias.

—Eres de lo que no hay, ¡por Dios! —exclama la asistente de producción, y las dos mujeres se ríen.

—Pero es verdad —añade la becaria—. Vamos, cuéntame más sobre mi futuro amante.

—Su mujer es lo de menos. Deberías ver al hijo que tienen. ¿Esos ojos azules? Para morirse.

Ese comentario borra la sonrisa de mi rostro. Me pongo tenso y sigo escuchando a escondidas.

—Ese angelito podría ganar millones como estrella infantil.

Pero no. Su querido papá no permite que se le acerque ni una cámara.

¿Sabes cuántos directores matarían por tener a ese niño?

Se arrastrarían sobre cristales rotos si Paul chasqueara los dedos.

Solo para aparecer en su programa, en horario de máxima audiencia.

Pero no, no puede haber una dinastía Davis en el mundo del espectáculo.

—Un gemido de decepción pone fin al comentario de la mujer—. Lo que daría por tener un hijo así.

—Dios, si tuviera el poder que él tiene… —Se ríe la becaria—. En realidad, seguro que lo aprovecharía para conseguir hombres. Muchos muchos hombres. Primero él, y luego…

Ya no me divierte.

Entro a paso ligero en la sala de control y me detengo en la puerta. Más de diez personas dejan de hablar y se giran hacia mí. No cabe nadie más, y la mayoría no pintan nada en esta sala.

¿Qué hacen aquí?