Una pareja perfecta 15
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AMANDA DAVIS

El tráfico empieza a congestionarse mucho cuando llego al aeropuerto, conduciendo mi Subaru con la radio encendida.

Subo el volumen, obligando a la música a derramar un poco de alegría en mi alma oscurecida.

Para dispersar las sombras que se acurrucan en ella, amenazando con invadir mi conciencia vacilante. No funciona.

Dios mío… ¿Qué he hecho? ¿Qué estoy haciendo?

Aparco en una de las plazas frente a la oficina de alquiler de coches y entro con paso vivo en el edificio por la puerta lateral. Ya es tarde, casi las nueve. Cuanto más trajín haya, más me expongo a que me vean alquilando un coche que no debería necesitar.

No espero mucho; el hombre que está delante de mí solo tiene que recoger las llaves y, acto seguido, se dirige hacia la parte delantera del edificio, donde hay un Ford Escape aparcado junto a la acera.

—Hola, llamé antes por un Cadillac XT6 —digo cuando la empleada me hace señas con una sonrisa profesional en el rostro. Es joven y alta, y lleva el largo pelo trenzado teñido de rosa.

—Ah, sí, ya me acuerdo —contesta—. Lo tenemos listo. Necesitaré su carné de conducir y una tarjeta de crédito, y podrá llevárselo.

Le entrego los dos documentos que me pide mientras miro los demás vehículos aparcados en la acera. Ninguno es negro, pero uno es un Cadillac.

Blanco. Está cubierto de brillantes gotas de agua.

Siento un nudo en el estómago.

—Eh, tiene que ser negro y un XT6 —digo, dolorosamente consciente de la atención que estoy llamando con mi inusual petición.

—Ah, ¿sí? —Me mira sorprendida, como si no lo hubiera especificado por teléfono—. A este acaban de hacerle el detailing . Es un coche estupendo, le encantará.

Me muerdo el labio por un momento, sin saber qué mentira funcionará mejor.

—No es para mí, lo siento. No quiero incordiar, pero es para una actriz francesa que es muy exigente y prepotente y —bajo la voz— una zorra increíblemente malcriada. Mi jefe me matará si le vuelve a gritar.

La empleada levanta la vista de la pantalla del ordenador con un destello de interés en los ojos.

—¿Es usted de los estudios?

Asiento.

—De MGM, sí. Por favor, ¿podemos conseguirlo?

Mira la pantalla y escribe algo despacio con sus largas uñas acrílicas que hacen clic al golpear las teclas.

—Veamos. Tenemos uno negro, pero aún no lo han limpiado. Tardaremos un par de horas…

—Oh, no, por favor —contesto rápidamente, juntando las manos en un gesto suplicante—. Me lo llevo tal como está. Ya me encargaré de que lo laven y lo que haga falta, pero no puedo llegar tarde.

—¿Cuánto tiempo lo necesitará?

Me quedo en blanco. Debería haberlo pensado.

—Eh, ¿al menos una semana? Quizá dos.

—De acuerdo.

Me observa durante un largo instante, como si estuviera tratando de decidir qué hacer. Al final, accede y llama a un aparcacoches para que traiga el Cadillac negro. Respiro aliviada.

—Eres la mejor, gracias. Ah, y dejaré mi coche aquí, si no es problema, hasta que pueda pasar a recogerlo más tarde.

Unos momentos después, me marcho en un Cadillac negro igual que el de Paul. Huele diferente y me resulta extraño conducirlo. Mi marido nunca me deja conducir su preciado coche.

Cuando llego a casa, encuentro a Paul sentado a la mesa del desayuno con Tristan.

Está bien vestido y afeitado, sonriente, con su habitual alegría y encanto.

Me detengo un momento para contemplar a los dos interactuando con naturalidad: los profundos ojos azules de mi hijo, sonriendo cuando me ve y el rostro de mi marido, ocultando a la perfección la terrible experiencia de la noche. Sin esfuerzo.

Como si nada hubiera pasado. Mató a esa mujer, arrojó su cuerpo a un barranco y ahora parece estar perfectamente bien.

¿Quién es este hombre?

Creía saberlo.

—Mamá, has vuelto —dice Tristan—. ¿No trabajas hoy?

Salgo de mi aturdimiento, me acerco rápidamente a él y le doy un beso en la frente a mi pequeño.

—Sí, voy a trabajar, y tú también. —Otro beso, porque no puedo evitarlo—. Tu autobús sale dentro de diez minutos.

Cuando levanto la vista, veo a Paul mirándonos a Tristan y a mí con intensidad, como si tuviera miedo de algo.

De mí.

La idea me paraliza. Se estará preguntando dónde he estado y si he llamado a la policía. Si lo he traicionado.

—Todo listo —digo, dejando el llavero del Cadillac en la mesa.

—¿Algún problema? —Paul mira fijamente el mando del coche.

Me apresuro a preparar el almuerzo de Tristan.

—No.

No hay necesidad de dar más explicaciones. Debería estar contento y agradecerme mi ayuda. Sigo esperando que eso suceda, pero el momento no llega.

Unos minutos después, Tristan termina de atarse los cordones de los zapatos. Con la mochila en la mano, sale corriendo por la puerta para coger el autobús, al que ya llega tarde. Desde la entrada, lo veo subirse; luego la puerta se cierra con un silbido y el autobús arranca.

Sin Tristan en casa, reina un silencio espeluznante. Cierro la puerta con llave tras de mí. Paul está de pie junto a la mesa del desayuno, vestido con una camisa azul almidonada que resalta el color de sus ojos y una corbata azul marino con rayas oblicuas plateadas.

Coge el llavero y me mira con el ceño fruncido.

—Veamos qué tenemos.

Me dirijo delante de él hacia el garaje, donde abro la puerta y enciendo las luces. He aparcado el Cadillac en la plaza de la derecha, dejando vacío el lugar de mi Subaru en el medio. Paul tendrá que llevarme a Burbank para recogerlo.

—Mierda —murmura Paul, frotándose la barbilla con enfado—. Esto no va a funcionar.

—¿Por qué?

—No tiene el mismo acabado. Es un XT6 diferente. Este es más barato.

Siento cómo se me retira la sangre del pecho, dejándome débil y vacía.

—¿Cómo lo sabes?

—Mira las ruedas. Las llantas son diferentes y los neumáticos también.

La cabeza me da vueltas, buscando desesperadamente una solución.

—¿Qué más tiene diferente?

Paul rodea el coche de alquiler con atención, mirando de vez en cuando hacia su propio coche.

—La transmisión, las características, el sistema de entretenimiento, muchísimas cosas. —Se cuela entre la parte trasera del Cadillac y la puerta cerrada del garaje—. Ajá, esto está bien. La insignia es la misma.

—¿Qué insignia?

Toca algo con el dedo.

—Este 400 cromado aquí, en el portón trasero.

—Vale. ¿Alguna de estas diferencias en el acabado se ve desde fuera?

—Solo las ruedas.

No puedo evitar encogerme de hombros. Eso no es nada.

—Pues cámbialas.

Me mira durante un momento, pero yo mantengo la mirada firme. Seguro que no ha cambiado una rueda en su vida, pero hoy va a aprender. Yo no pienso ofrecerle más ayuda.

Durante aproximadamente una hora, trabaja en el cambio de ruedas, gruñendo a veces, maldiciendo y sudando a medida que la temperatura sube con el sol; mientras, yo me mantengo ocupada en la cocina.

Cuando termina con las ruedas, cambia sus objetos personales de un vehículo al otro.

Luego, intercambia las matrículas y, a continuación, le toca el turno al transpondedor.

Al acabar, entra en la cocina para lavarse las manos. Me aparto del fregadero para dejarle espacio. Su presencia tan cerca de mí me resulta insoportable.

Tiene la mandíbula apretada y las manos un poco temblorosas. Lo miro, y no sé por qué no me permito preguntarle si quiere un café. Simplemente soy incapaz.

—Ya está —dice, lanzándome una rápida mirada—. Pero la pegatina de la autorización para aparcar no hay forma de despegarla. No está pensada para cambiarla de coche. Tendré que conseguir otra.

La pequeña pegatina cuadrada adherida en la esquina inferior derecha de su parabrisas se vería claramente en un vídeo de seguridad. Si la policía empieza a mirar los vídeos de aparcamiento, se darán cuenta de que falta. Rebusco en uno de los cajones y encuentro un rollo de hilo dental.

—Prueba con esto.

Desde la puerta del cuarto de la lavadora, observo cómo consigue despegar la pegatina de su coche, pero se enrolla mucho y no se adhiere al parabrisas del coche de alquiler.

Al final, la pega al parabrisas con cinta de embalaje.

Ha quedado un poco torcida, porque el muy terco no me ha pedido ayuda para pegarla recta. Qué más da.

Cogeré un Uber al aeropuerto. No quiero estar en el mismo coche que Paul si puedo evitarlo. Luego, iré a trabajar e intentaré dejar de pensar en lo que nos ocurrirá cuando la policía encuentre el cuerpo de esa pobre mujer.