14
PAUL DAVIS
La puerta del baño se abre y el ruido me sobresalta, como si no estuviera en mi propia casa.
Observo a Amanda mientras cruza la alfombra persa, envuelta en una gran toalla blanca y con el pelo recogido en un impecable turbante de toalla.
Todo en ella es tan correcto que me dan ganas de romper algo, joder.
Pasa junto a mí sin siquiera mirarme. Como si yo no estuviera aquí. Se detiene junto a la cafetera y se sirve una taza, luego la sostiene con ambas manos e inhala el aroma con los ojos cerrados.
Como suele hacer. Como si hoy fuera un día cualquiera. Me saca de quicio.
Debería haber estrellado el coche contra una farola o algo así después de atropellar a esa estúpida mujer, y ahora no estaría en esta situación.
A expensas de su ayuda. Temeroso. Lo odio, joder.
No recuerdo la última vez que tuve miedo de algo.
Las cosas suelen salir como yo quiero, porque hago que salgan como yo quiero.
Amanda sorbe un poco de café caliente y deja escapar un suspiro de satisfacción.
Debería haberla dejado conducir anoche. Soy un topicazo…
, el hombre que debería haberle hecho caso a su mujer.
Joder . Ahora esto sería su problema, no el mío.
Yo le habría ofrecido mi apoyo moral durante cinco minutos, y luego ella habría llamado a la policía y habría asumido la culpa del accidente, porque así es ella.
Honrada hasta decir basta. Rigurosa. Terriblemente estricta.
Apuesto a que un montón de policías habrían acudido en su ayuda, ya empalmados de solo pensar que les sonreiría.
Y todo se habría olvidado a las seis o siete de la mañana.
Y yo podría haber pasado la mañana durmiendo un poco.
Doy un último sorbo al café y luego dejo caer la taza vacía en el fregadero.
Hace mucho ruido, pero no se rompe. Amanda ni siquiera me mira.
Me acerco y me detengo junto a la mesa, donde ella está sentada con las piernas cruzadas, la toalla deslizándose centímetro a centímetro por sus muslos.
Me pregunto si lo hace a propósito, para burlarse de mí cuando estoy deprimido, a punto de derrumbarme.
—No acaba de convencerme esta idea de alquilar un coche —digo con la mayor calma posible—. Tengo que admitir que tiene sus ventajas, pero…
Ella me mira con ojos fríos y clínicos.
—¿Pero?
—Podría decir que el Cadillac está en el taller si alguien pregunta.
—Hoy no te lo preguntará nadie —responde, tomando otro sorbo de café con una lentitud exasperante.
Meticulosa, como si me estuviera poniendo a prueba—.
Cuando finalmente te lo pregunten, parecerá muy sospechoso que hayas llevado tu coche al taller, lo cual, por cierto, no podrás demostrar con recibos ni pruebas, justo después de que se produjera un atropello mortal y el autor se diese a la fuga.
—¿Cómo sabes tanto sobre los policías y lo que hacen? ¿Te acuestas con alguno?
No puedo evitar preguntarlo; me he dado cuenta de cómo la miran los hombres.
Antes no me molestaba tanto, cuando aún creía que estaba enamorada de mí.
Es curioso cómo la palabra «divorcio» echó un jarro de agua fría sobre el rollo romántico.
Debe estar consiguiéndolo en otra parte, porque está claro que a mí ya no me quiere.
Aprieta los labios en ese gesto de desaprobación silenciosa que he visto montones de veces.
—Se pasan el día en urgencias entrevistando a las víctimas, al personal, tomando declaraciones y hablando con otros policías heridos, y yo escucho.
—¿Y el coche de alquiler? —pregunto, apoyando las manos en las caderas—. ¿Cómo piensas explicarlo?
—No se les ocurrirá preguntar —responde en tono inexpresivo, examinándose las uñas con ojo crítico.
Luego, me lanza una mirada fugaz—. El conductor ebrio típico no es muy inteligente.
Volvería a estrellar el coche contra un árbol para ocultar los daños y luego se presentaría al trabajo en el Subaru de su mujer sin una explicación plausible.
Me atraganto al oír su despectiva afirmación.
No nota nada, o simplemente no le importa cómo me siento.
Pensaba que tenía empatía…, demasiada, en realidad, para su propio bien.
La he visto llegar a casa destrozada después de un caso difícil en el trabajo.
Pero no hay nada de ese corazón compasivo para mí.
Dice que quiere ayudarme ahora, pero ¿qué pasará cuando vaya al trabajo y se encuentre con su policía favorito?
¿Se lo contará? ¿Le pedirá ayuda? Aprieto los dientes con tanta fuerza que me empiezan a doler.
Hija de puta.
—Deja que yo me encargue del alquiler del coche —añade, levantándose después de terminarse el café—. Estará a mi nombre y se cargará en mi tarjeta. —Se detiene justo delante de mí y me señala el pecho con el dedo índice, sin tocarme—. Entérate de cómo arreglar tu coche. O piensa qué harás con él.
Luego, sube las escaleras despacio, contoneando las caderas.
Mis ojos permanecen clavados en el lugar donde la toalla apenas le cubre el trasero.
Durante un momento desconcertante, mucho después de que ella haya entrado en nuestro dormitorio, me veo subiendo esas escaleras de tres en tres y tomándola allí mismo, en el rellano.
Ella se resistiría, me arañaría y me insultaría, pero yo no…
—¡Buenos días, papá! —chilla Tristan mientras baja corriendo las escaleras.
Me pongo detrás de la encimera para dar tiempo a que las cosas se calmen con discreción, y me trago un taco.
—Buenos días, campeón —le digo, revolviéndole el pelo con cariño mientras deseo que no se dé cuenta de lo diferente que es todo hoy. Mi vestimenta. Mi mano, que tiembla ligeramente. El sonido áspero y chirriante de mi voz.
Pero no se da cuenta. Se frota los ojos mientras se sube a una silla, apoya los codos en la mesa y balancea los pies. No le voy a preguntar si se ha lavado los dientes. Por una vez, no pasa nada.
Como suele hacer por las mañanas, Tristan me observa mientras me muevo por la cocina. La rutina se impone y parece que sé lo que tengo que hacer.
—¿Cereales o huevos? —le pregunto—. Tú eliges.