13
AMANDA DAVIS
Me siento a la mesa del comedor y miro al vacío, analizando mis próximos pasos. El agotamiento se ha apoderado de mí, aunque estoy acostumbrada a los largos turnos de noche en urgencias. Esta es una situación completamente diferente.
Después de lo que ha ocurrido, estoy hipervigilante.
Reacia a dejarlo pasar, mi mente sigue cada paso de Paul a través de los ruidos que hace: la puerta del baño que se cierra, la descarga de la cisterna, el agua corriendo sin parar en la ducha.
Lo visualizo con las manos apoyadas contra los azulejos, la cabeza inclinada bajo el agua caliente, quieto, sin mover un músculo, esperando que los chorros borren el recuerdo de esta horrible noche.
Me cuesta mucho apartarlo de la mente y concentrarme en la tarea que tengo entre manos.
Saco el teléfono del bolso y empiezo a buscar empresas de alquiler de coches cercanas.
Hay varias, la mayoría en la zona del aeropuerto Hollywood Burbank.
Echo un vistazo a su inventario disponible después de seleccionar «lujo» como tipo de vehículo que busco.
A lo mejor tenemos suerte: hay una oficina cerca del aeropuerto que tiene Cadillacs negros.
Me froto la frente un momento y decido no dejarme llevar por las preguntas obsesivas que se arremolinan en mi mente. ¿Por qué estoy haciendo esto? Sé muy bien por qué: es una decisión que estoy tomando, y espero que sea buena.
Después de echar un vistazo rápido al reloj de la pared, marco el número que aparece debajo de la empresa de alquiler y hago la llamada. Pasa un poco de las seis, deberían estar abiertos.
—Alquiler de coches del aeropuerto —me saluda una alegre voz femenina al teléfono—. ¿En qué puedo ayudarle?
Tengo la garganta seca y contraída.
—Eh, hola, tengo un problema. He metido la pata —digo, suavizando mi tono habitual, más bien asertivo, para adaptarme al personaje que estoy interpretando—. Necesito un Cadillac XT6 negro. ¿Tienen alguno? Mi jefe me va a matar; me equivoqué al hacer la reserva y ahora…
—Hum…, sí, tenemos uno. Se lo puedo reservar si lo recoge hoy.
—¡Me ha salvado la vida! —respondo, alegre—. Lo recogeré dentro de una hora.
Cuando Paul sale de la ducha, me encuentra todavía agarrada al teléfono, aunque la conversación ha terminado hace unos minutos.
Mi mente se dispersa con facilidad. Ojalá pudiera llamar a mi padre.
Echo de menos su fuerza, su lógica inflexible.
Está en alta mar, trabajando, y no puedo descargar mis problemas en él solo para sentirme un poco mejor.
Además, sé lo que me mandaría hacer… «Llama a la policía.
Ahora mismo — diría—. No pierdas más tiempo, Mandy. Quítatelo de encima».
Pero no puedo.
—¿A quién has llamado? —pregunta Paul, frunciendo el ceño. Todavía tiene el pelo mojado y algunos mechones le chorrean por la frente. Lleva una toalla alrededor de la cintura y no ha perdido tiempo en secarse, sin preocuparse por el rastro mojado que está dejando por todo el suelo de madera.
—He encontrado una empresa de alquiler de coches y he reservado el mismo modelo que el tuyo. Del mismo color.
—¿Por qué narices has hecho eso? —dice, levantando los brazos en el aire, frustrado.
¿Por qué esperaba un ápice de gratitud?
Estoy decepcionada conmigo misma. Estoy harta de engañarme.
Exhalo despacio, conteniendo un suspiro de frustración.
—Porque tienes que ir a trabajar hoy con tu XT6 negro como si nada hubiera sucedido.
—Me mira fijamente, con la boca un poco abierta y el ceño fruncido, como si no lo entendiera.
Me parece extraño, pero se lo explico—. La policía investigará en algún momento, Paul.
Tenemos que actuar como si nada hubiera pasado.
—¿Y yendo al trabajo en un coche de alquiler lo conseguiremos?
Cierro los ojos un momento, ocultando un gesto de incredulidad. Seguro que está demasiado cansado para pensar con claridad, porque no es ningún tonto.
—¿Quién se va a enterar? Cambiarás la matrícula.
—Ah —responde, casi en un susurro—. Ya veo. —Camina despacio por la habitación, mirándome como si quisiera fulminarme—. Habría preferido que me avisaras antes de empezar a llamar a gente. Antes de dejar un rastro documental. Porque, ya sabes, la policía investigará en algún momento, y todo eso.
Me muerdo el labio, decidiendo que necesito una ducha más que hacerlo pedazos.
—De nada —replico con frialdad—. Recomponte y vístete para ir al trabajo. Recuerda que anoche fuiste un éxito, el alma de la fiesta. Prepárate para actuar como tal durante todo el santo día.
—Eres increíble —murmura, pero finjo no darme cuenta mientras entro en el baño de abajo y cierro la puerta detrás de mí. Entonces, por primera vez desde que nos casamos, echo el cerrojo.
Cuando respiro, el aire que sale de mis pulmones borra la máscara tensa que he mantenido en el rostro por el bien de Paul.
No reconozco el rostro pálido y demacrado que veo en el espejo.
Mis ojos, muy abiertos aún, reflejan la conmoción de los acontecimientos de la noche.
Los labios me tiemblan ligeramente, como si no supiera si hablar, llorar o permanecer en silencio, sin revelar los secretos que guardo en mi interior para siempre.
Un brillo de sudor resplandece en mi frente, aunque tengo la piel de gallina y estoy helada.
Mi expresión es de incredulidad y miedo, como si todavía no hubiera asimilado el peso de lo sucedido.
Moviéndome mecánicamente, abro el grifo de la ducha y me alegro de que el vapor me envuelva. Dejo caer al suelo la toalla que me rodea el cuerpo y me quito el tanga. Me meto bajo los chorros de agua caliente y me muerdo el labio tembloroso para contener los sollozos que se agitan en mi pecho.
Es mi turno de pasar un rato completamente inmóvil, dejando que el agua corra sobre mí mientras los recuerdos dolorosos inundan mis pensamientos y me hacen jadear en silencio sin que nadie me oiga.
Sin embargo, no pienso en el accidente. No, estoy recordando un viaje de trabajo que hice a Palma de Mallorca para asistir a un congreso de dos semanas y a seminarios de formación sobre atención de urgencias.
Recuerdo lo emocionado que estaba el doctor Grant cuando le pedí que me incluyera en la lista. Es mi jefe no oficial, uno de los médicos adjuntos del departamento y un hombre guapo que sospechaba que se sentía —y sigue sintiéndose— un poco atraído por mí.
No le dije la verdadera razón por la que quería ir.
La oportunidad de asistir al congreso surgió unas semanas después de que le pidiera el divorcio a Paul, y sus amenazas aún resonaban en mi cabeza.
«¿Qué te parecería cada dos fines de semana?
», me había preguntado Paul, refiriéndose al régimen de visitas de mi hijo.
Por eso quería ir a Palma, para poner a prueba mi capacidad de aguantar dos semanas sin ver a Tristan. Para ver si podía sobrevivir.
Y fue horrible.
Pensaba que el día que le pedí el divorcio a Paul fue cuando él me destrozó.
Pero, en realidad, fue la estancia en Palma.
Estaba inquieta, respondía mal a la gente, me encerraba en mi habitación todas las noches y lloraba hasta quedarme dormida, hasta que la realidad se hizo evidente.
La vida sin Tristan no era una opción; ahora lo sé. Pero la vida con Paul tampoco lo es.
Enjabonándome despacio mi larga melena, sin ganas de salir del baño para otra ronda de batalla con la vida, me doy cuenta de que no hay mejor momento que el presente para conseguir que Paul firme los papeles del divorcio, ahora que está vulnerable y me necesita.
Mientras me aclaro el pelo con los ojos cerrados, lo veo en mi mente, con esa mirada en el rostro cuando intenté detenerlo, al lado de la carretera junto al barranco.
En mi imaginación, el destello amenazante de sus ojos se convierte en palabras que pronuncia con voz baja y tensa, apenas por encima de un susurro:
—Ya he matado a una mujer hoy. Podría matar fácilmente a otra. No tengo nada que perder.
Abro los ojos de golpe y tiemblo, aterrorizada. ¿De verdad sería capaz de matarme? Hasta ayer, habría jurado que era imposible. Paul nunca haría algo así. No es un hombre violento.
No es un asesino.