12
AMANDA DAVIS
Cuando regreso al garaje, encuentro a Paul cerca de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y aspecto malhumorado. Me mira con el ceño fruncido.
—Has tardado bastante —murmura, pasando a mi lado. Deja caer sus zapatos empapados en el suelo del cuarto de la lavadora y se dirige a la cocina, pero lo detengo con un gesto de la mano y un rápido «no».
—Todo lo que llevas puesto va directo a la lavadora, pero no la pongas en marcha todavía. Añadiré mis cosas y un poco de peróxido para eliminar cualquier rastro de sangre que quede.
No discute. Solo me observa durante un momento, como si se preguntara por qué lo estoy ayudando.
Sinceramente, no lo sé. Me he hecho esa pregunta de forma obsesiva desde el accidente.
Sí, lo hago por Tristan, pero, en realidad, ¿es solo en Tristan en quien pienso?
¿O es también porque no me imagino marchándome tan ancha mientras Paul acaba entre rejas?
Una a una, las prendas empapadas van a parar a la lavadora. Él todavía lleva puesta la ropa interior, pero se la pido con un gesto de la mano.
—Todo. —Le brillan los ojos con algo oscuro, y, sin embargo, hay un atisbo de la antigua sensualidad juguetona que recuerdo tan bien. O tal vez sea menosprecio, y yo estoy malinterpretando las señales. Sea lo que sea, ya no me gusta—. Por si acaso hay transferencia de sangre.
Esas palabras tienen un efecto amedrentador. Lanza los calzoncillos dentro la lavadora con enfado, mirándome con ira, y luego apoya las manos en las caderas, haciendo alarde de su desnudez.
—Ya está. ¿Contenta?
Nuestras miradas se cruzan como espadas en la tenue luz de la habitación.
—Estoy emocionada de la hostia, Paul. Estoy viviendo el sueño de toda mujer.
—Me muerdo el labio y me obligo a parar, negándome a permitir que esto se convierta en una discusión a gritos que no llevaría a ninguna parte.
Soy la primera en romper el contacto visual y respirar para calmar mi ira—.
¿Por qué no te das una ducha? Tómate tu tiempo.
Yo terminaré aquí y luego subiré a ducharme.
—Vale —contesta con un suspiro desolado.
Suena atormentado y, de repente, sin energía.
Los acontecimientos del día empiezan a dejarle huella, pero arriba están a punto de arrollarlo como un tren de mercancías.
La ducha tiene ese efecto en las personas: limpia la mente tanto como el cuerpo.
Aporta sabiduría y perspectiva, y también un poco de clarividencia. Obliga a abrir los ojos.
Bien. Eso es lo que necesita, aunque no lo sepa.
—En la ducha, intenta pensar cómo vas a llevar el Cadillac al trabajo hoy. Perfectamente intacto. —Miro sus pupilas dilatadas y le doy un giro despiadado al cuchillo—. En unas cinco horas más o menos.
Atónito, me mira durante un momento, levanta los brazos y luego los deja caer en un gesto de consternación.
No creo haberlo visto nunca tan vulnerable, tan perdido.
Eso me afecta, y me doy cuenta de que siento lástima por él.
Aprieto los labios, dudando una vez más de mi cordura…
y de todas las decisiones que estoy tomando, sabiendo muy bien que son equivocadas.
—Ya me encargo yo —digo al final, antes de soltar un largo suspiro.
—¿Me llevarás tú?
Está desnudo e indefenso en medio del cuarto de la lavadora, derrumbándose ante mi fría mirada.
No estoy pensando en cómo aprovechar la situación para liberarme de él, aunque esto es lo que he estado esperando, una oportunidad para divorciarme y quedarme con la custodia de Tristan.
Podría presionarlo y obligarlo a firmar todo hoy mismo.
Sin embargo, solo pienso en él, en el infierno por el que debe estar pasando, en su miedo.
Y, al mismo tiempo, me doy cuenta de que hay partes oscuras y peligrosas de él que nunca había visto antes, y eso me asusta.
Estoy conmocionada por haberlo visto arrastrar el cadáver de una mujer por la carretera y empujarlo al barranco sin dudarlo.
Por sentir cómo su mano me ha empujado a un lado como si yo no valiera nada.
Estoy aterrorizada desde que me ha amenazado cuando he intentado detenerlo.
Por un momento he pensado que podría empujarme al barranco con la misma facilidad con la que ha empujado aquel cuerpo sin vida fuera de su vista.
Por más que lo intento, no consigo entender por qué no salgo pitando. En lugar de eso, le digo lo mismo que le diría a Tristan:
—Dúchate y después hablamos.