11
AMANDA DAVIS
«Más vale que la muchacha esté dormida».
Con ese deseo, abro la puerta del cuarto de la lavadora con dolorosa lentitud, sabiendo lo mucho que chirría.
Hace tiempo que quiero rociar un poco de tres en uno en las bisagras, pero no he llegado a hacerlo.
Hasta ahora, era una de las últimas prioridades en mi interminable lista de tareas pendientes.
Una vez dentro del cuarto, cierro la puerta del garaje con un suave clic, luego me detengo y escucho.
No hay ningún movimiento dentro de la casa.
No se oye el sonido de la televisión de fondo ni se ve ningún rayo de luz bajo la puerta.
Doy un par de pasos más y abro la siguiente puerta, la que da a la cocina.
Nada. Excepto el olor a ropa sucia que se me pega como el hedor de un perro mojado.
«Más vale que también tenga un resfriado», pienso mientras cierro despacio la puerta del cuarto de la colada.
En el momento en el que ese pensamiento me cruza la mente, recuerdo el piercing en la nariz de Mona.
¿Por qué la gente se hace eso? Nunca lo entenderé.
Nuestra niñera es la hija de dieciséis años y medio de una vecina cotilla y siempre curiosa que vive al final de la calle.
Es una buena chica, inteligente, aunque un poco desordenada, como la mayoría de los adolescentes, pero es amable y he visto lo bien que se porta con Tristan.
Le gusta ayudarlo con los deberes y creo que mi hijo de nueve años está un poco enamorado de ella.
Cuando ella le pone los ojos en blanco, algo que parece hacer con tanta frecuencia que me temo que podría batir un récord, él se queda callado. Últimamente, a mí no me pasa eso.
Una vez en la cocina, con la puerta cerrada detrás de mí, me detengo junto a la encimera y respiro, escuchando con atención por si oigo el más mínimo sonido en el silencio que envuelve la casa.
Nada. Una tenue luz plateada parpadea contra las paredes de la sala de estar.
Probablemente la televisión estará encendida, pero con el sonido quitado.
Conteniendo la respiración, entro de puntillas en la sala de estar y encuentro a Mona dormida como un tronco en el sofá, con la cabeza apoyada en los cojines.
El mando del televisor sigue en su mano, a punto de caerse del sofá.
Me doy cuenta de que ella y Tristan han comido helado esta noche.
Los cuencos sucios siguen en la mesa de centro, porque ¿por qué iban a molestarse en llevarlos al fregadero?
Solo espero que no hayan disfrutado del helado en lugar de la cena que les dejé en el horno.
De vuelta en la cocina, respiro hondo. Nadie me ha oído entrar. Mis dedos se ciernen sobre el interruptor de la luz, con un ligero temblor. Me detengo un momento, abrumada por todos los sentimientos que se arremolinan en mi interior.
¿Cómo hemos llegado a esto, Paul y yo? Antes éramos tan buenos…
, estábamos tan enamorados. Mi corazón desgarrado todavía recuerda aquellos tiempos.
Las risas que compartíamos cuando éramos jóvenes y paseábamos de la mano por el muelle de Santa Mónica con la brisa del mar revolviéndonos el pelo y el sol del crepúsculo calentando nuestros rostros sonrientes.
Cómo nos sentíamos cuando estábamos juntos: abrumados y adictos al mismo tiempo, en una montaña rusa de emociones estimulantes.
¿Y ahora? Cuando me ha tocado para bajarme la cremallera del vestido, me he estremecido con una mezcla enloquecedora y sin sentido de deseo y aversión que no logro comprender.
Pero ahora no es el momento de pensar en eso.
Me arreglo la toalla que me envuelve el cuerpo y enciendo la luz, como hago cada mañana, solo que son unas dos horas antes de lo habitual.
Luego, echo agua en la cafetera, pongo un filtro nuevo y un par de cucharadas de mi café molido favorito, y la enciendo.
Suena un pitido fuerte, como siempre. Asiento con la cabeza, satisfecha, y susurro para mí misma: «Ajá». Eso debería bastar.
En efecto, el ruido despierta a Mona. Sé que se ha levantado cuando el mando de la televisión cae al suelo con un golpe sordo. Arrastra los pies hasta la cocina, entrecerrando los ojos y frotándoselos.
—¿Señora Davis? —Su voz es un poco ronca y su pregunta termina con un profundo bostezo. Luego, se mete un chicle en la boca y empieza a masticarlo perezosamente. El olor a menta llena el aire.
Sonrío. Al pasar junto a ella hacia la nevera, le acaricio la mejilla con las yemas de los dedos, como siempre hago.
—Buenos días, cielo.
Me mira con el ceño fruncido y luego dirige la mirada hacia el reloj digital del microondas.
—Son las cuatro —dice, confundida y con cierto tono de reproche. Se frota los ojos como una niña. Todavía lo es.
—Hoy empiezo muy temprano. Tengo que irme dos horas antes de lo normal. Ha habido algún problema con la gestión de los turnos en el hospital. Siento haberte despertado. ¿Qué tal fue anoche?
Me mira como si fuera un extraterrestre recién llegado y, en cierto modo, lo soy.
—¿A qué hora volvieron? No pretendía…
—No pasa nada —respondo, ocultando mi ceño fruncido y quitándole importancia a su preocupación con un gesto de la mano.
No me gusta que haga preguntas, pero es lo que suelen hacer las personas inteligentes—.
Llegamos sobre la una. Estabas durmiendo y no me atreví a despertarte.
Solo le di un beso a Tristan y me fui a la cama. Puedes dormir un poco más si quieres.
—No, señora Davis, no quiero molestar. —Se pasa los dedos por el pelo enmarañado e intenta alisarse la sudadera rosa—. Me voy. —Cambia el peso de un pie al otro, esperando—. No sé cómo no los oí entrar. Siempre los oigo. Le juro que estoy atenta.
La tensión regresa a mi pecho, atrapando el aire dentro de mis pulmones. ¿Estuvo despierta hasta tarde? ¿Sabe que estoy mintiendo?
—No pasa nada, Mona, no te preocupes. Intentamos no hacer ruido.
Abro el cajón donde guardamos algo de dinero en efectivo y saco ciento cincuenta dólares. Sus ojos se agrandan.
—Es demasiado, señora Davis. No puedo aceptarlo. —Da un paso atrás, vacilante.
—No es demasiado. Paul y yo te lo agradecemos mucho. Sabemos que podemos estar tranquilos cuando cuidas de Tristan, y eso vale mucho para mí. Para nosotros. —Y, con suerte, se irá a casa y le dirá a su madre que regresamos a la una de la madrugada.
Coge el dinero con mano titubeante y se lo guarda enseguida en el bolsillo de los vaqueros.
—Gracias —contesta, alegre.
Cuando sonríe, se le mueve el piercing del tabique nasal. Aparto la mirada y decido fijarme en la cafetera. El café ya está casi listo. Nunca en mi vida había necesitado tanto una taza.
—¿Estás bien para conducir a estas horas? Todavía está oscuro. Puedo llevarte —le digo, animándola a que se vaya ya.
Capta la indirecta.
—Qué va, señora Davis, estoy bien. Está al final de la calle. —Camina hacia la puerta, luego se detiene y se gira hacia mí—. Llámeme cuando me necesite. Siempre encontraré un hueco para usted.
Asiento con la cabeza, sin dejar de sonreír y esperando parecerle relajada, y no congelada en una mueca como si estuviera a punto de derrumbarme como una torre de Jenga.
—Adiós, cariño.
Cierra la puerta principal tras de sí y yo dejo escapar un largo y atormentado suspiro. Durante unos instantes, me quedo en medio de la cocina, dándome un poco de tiempo para recomponerme antes de invitar a Paul a entrar.