10
PAUL DAVIS
Durante todo el trayecto de regreso a casa, Amanda me ignora.
No deja de mirar por la ventanilla, con la cabeza girada y los labios apretados en una línea firme e implacable.
Estoy muerto de miedo y desearía que me hablara, que me mostrara algo de apoyo, algo de empatía.
Me lo merezco, ¡por Dios!, después de todos estos años.
Este estúpido accidente le podría haber ocurrido a cualquiera, incluida ella.
Sus palabras siguen rondándome en la cabeza.
Cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que tenía que haber alguien más allí con esa mujer.
Alguien que ha visto lo que he hecho, todo, y que seguramente lo habrá grabado con su teléfono.
Esa mujer no podía estar caminando sola por allí.
Recuerdo que cuando la he agarrado por los tobillos para arrastrarla a un lado de la carretera, eran tan delgados y parecían tan frágiles que he temido quedarme con ellos en las manos.
Esa idea me hace estremecer. En mi mente agotada, me veo empujando su cuerpo por el borde del barranco, gruñendo por el esfuerzo, y luego frotándome las manos y respirando hondo, aliviado. El miedo me invade en oleadas mientras revivo los detalles.
¿Qué he hecho?
¿Me habrá visto alguien? Si es así, ¿ya habrán llamado a la policía?
Necesito que Amanda esté a mi lado en esto.
Gimo cuando el siguiente pensamiento toma forma en mi mente.
Ella haría cualquier cosa por su hijo, eso lo sé, pero ¿haría esto ?
¿Mentiría a la policía por mí? ¿Arriesgaría su propia libertad por algo que yo he hecho?
Las cosas han ido cambiando entre nosotros con el tiempo; ella ya no es quien solía ser.
Necesitar a la gente… ¡Qué mierda!
Giro hacia nuestra calle y veo que el Civic rojo de la niñera sigue aparcado en la acera. Joder. Me había olvidado por completo de ella. Verá el estado en el que nos encontramos y hará preguntas. Y lo recordará todo. Cotilleará sobre nosotros con sus amigas en el centro comercial.
Miro la hora. Son poco más de las tres y media de la madrugada.
Espero que a estas alturas se haya quedado dormida delante del televisor, con el bol de palomitas medio derramado en el regazo y los granos esparcidos por la alfombra persa.
Si Amanda me dejase obligarla a pasar la aspiradora una vez, la muchacha recordaría qué hacer con ese bol cuando le apetece echar una cabezada.
Pero supongo que cualquier cosa es mejor que no que nos vea llegar a casa en un coche accidentado desde la ventana del salón.
Una vez en la entrada, alineo el coche con el garaje de la derecha.
Nuestra casa tiene tres plazas de garaje, una con una sola puerta y las otras dos con una puerta común más grande.
El Subaru de Amanda ocupa la plaza del medio y yo suelo ponerme en la de la derecha.
La otra está vacía desde que vendí el BMW.
En el momento en el que mi mano se acerca al mando de la puerta del garaje, Amanda me detiene.
—Aparca a la izquierda —dice—. La puerta más pequeña es más silenciosa.
Desde luego. Doy marcha atrás y me alineo con ese garaje.
Cuando se abre la puerta, suena como si pudiera despertar a todo el vecindario, pero solo es ruidosa para mis nervios crispados.
Nada se mueve en nuestra calle, ningún perro ladra y ninguna luz de dormitorio se enciende para ver qué es el ruido que estamos haciendo.
Por suerte, las casas tienen unos jardines de tamaño respetable.
Espero a que la puerta se cierre detrás de nosotros antes de bajarme del coche, y mi mujer hace lo mismo.
Amanda se desliza entre el Cadillac y su Subaru, y encuentra el interruptor de la luz en la pared junto a la puerta por la que se accede a la casa. Cuando se encienden las potentes luces, entrecierro los ojos, cegado, y me los protejo con la mano mientras inspecciono los daños.
Joder, qué desastre.
La parrilla de malla hexagonal está rota en varios sitios y le faltan trozos.
Estarán esparcidos por Malibu Canyon Road, donde ha ocurrido el accidente.
Si la policía va a buscar pruebas al lugar del accidente, encontrará unas cuantas.
El emblema está suspendido, a punto de caerse.
El soporte del faro izquierdo está roto.
El parachoques, agrietado, se ha desenganchado del guardabarros izquierdo y cuelga torcido hacia un lado.
El capó tiene una gran abolladura irregular.
Pero no se ve ni una gota de sangre por ninguna parte. El agua de la lluvia sigue goteando del coche por todo el suelo del garaje, pero parece limpio.
Cuando levanto la vista, veo a Amanda de pie, como una estatua con gesto desaprobador.
—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunta. Su voz suena cansada. Bajo las luces brillantes, puedo ver que está demacrada, pálida, y que su rímel está un poco corrido—. Tenemos que arreglar esto de alguna manera.
Levantando una ceja, la miro con recelo. ¿De verdad está tratando de ayudarme? ¿O está esperando, atenta, la oportunidad adecuada para acabar conmigo? Bajo mi mirada, se le dibuja una sonrisa torcida en los labios. Como si me hubiera leído el pensamiento.
—Lo hecho, hecho está, Paul. No podemos dar marcha atrás, y estamos juntos en esto, por el bien de nuestro hijo. Te aconsejo que empieces a pensar en una solución.
Sus palabras borran el ánimo de lucha que me quedaba. Bajo la mirada y me desplomo contra el coche. Tengo un miedo insoportable… por mi vida, por mi futuro, por cada momento de este nuevo día.
—Gracias —logro pronunciar, odiándola en este momento por hacerme sentir tan pequeño, débil e impotente. Pero me aferro a la esperanza de que algo del amor que sentía por mí siga ahí—. Me alegro de que lo veas así. Es lo mejor para todos.
Ella no responde, solo me mira como si nunca me hubiera visto antes, con una mezcla de curiosidad y algo más, algo que mi instinto me dice que no es bueno.
Pero estoy demasiado cansado para ahondar en ese algo ahora; tal vez nunca tenga que hacerlo.
Quizá sea mi imaginación, la paranoia que infecta mi mente como un virus.
Puede que sea mi mujer y la madre de mi hijo, y puede que aún la quiera, pero también es testigo de lo que ha pasado esta noche.
Una testigo que, algún día, podría decidir volverse contra mí. No puedo permitirme olvidarlo.
—Tenemos que dormir —le digo, sin saber muy bien por qué sigue ahí inmóvil—. Me ducharé abajo; tú usa el baño del dormitorio. Luego me iré directo a la cama. Le dejaré un mensaje de voz a Ray y le diré que hoy llegaré más tarde. No se sorprenderá.
Ella pone los ojos en blanco, sin siquiera intentar ocultarlo.
—No puedes hacer eso, Paul. No puedes permitirte cambiar nada en tus rutinas habituales.
Siempre llegas temprano al día siguiente de estas galas benéficas para hacer llamadas de agradecimiento y prepararte para aparecer en las noticias.
Anuncias la cantidad total recaudada y desfilas por delante de todos los peces gordos que estaban allí, ¿recuerdas?
Lo que dice me suena vagamente familiar, como si fuera algo que solía hacer en otra vida. Quizá lo sea. En una vida en la que no tenía miedo de que me arrestaran y me pusieran entre rejas.
—Sí, tienes razón.
Mis piernas están demasiado débiles para sostenerme y me apoyo en el guardabarros del Cadillac. Tendré suerte si consigo dormir unas horas. Mis jornadas no suelen empezar hasta las tres de la tarde, pero esta vez tendré que llegar mucho antes del almuerzo.
—Yo también iré a trabajar —anuncia Amanda con un suspiro amargo—.
Haré un turno. —Sé que no tenía intención de hacerlo; me lo dijo mientras nos encargábamos de los preparativos para el evento.
Se toca brevemente el pecho, poniendo la palma de la mano allí como se haría para estabilizar el ritmo de un corazón acelerado—.
Llegaré puntual al trabajo, con una sonrisa en la cara, y tú también.
Asiento con la cabeza, incapaz de encontrar la fuerza para decir nada. Estoy destrozado, esa es la palabra que me viene a la mente. Toda mi vida está desmoronándose y transformándose en algo que no reconozco. Algo surrealista.
Me cuesta esfuerzo dejar el apoyo del guardabarros de mi coche y enderezarme, pero estoy ansioso por quitarme la ropa mojada que me hace sentir una piltrafa. Mientras camino hacia la puerta, Amanda me da la espalda y me dice:
—Bájame la cremallera. —Se aparta la larga melena y espera.
Le bajo la cremallera, frunciendo ligeramente el ceño.
Con un movimiento rápido, deja que el vestido se deslice por sus hombros y caiga en un montón plateado brillante a sus pies.
Ahora está casi desnuda, solo lleva un tanga negro, y se envuelve el cuerpo con las manos durante un momento, temblando.
Verla así me excita, algo bastante inesperado después de semejante infortunio. Debe ser el alcohol.
Es extraño que en ningún momento haya imaginado que llevaría un tanga esta noche, o que iría sin sujetador debajo de ese vestido.
Apenas la he mirado. Solo sabía que estaba allí, como le correspondía.
Su belleza me enorgullece, a pesar de mi carácter adusto.
Es una preciosidad, sexy e inteligente, y es toda mía. Elegí bien.
Pasa por encima del vestido caído y se dirige a los cestos de la ropa sucia.
Arrugando un poco la nariz, rebusca entre la ropa de cama y saca una toalla de baño grande, que se envuelve enseguida alrededor del cuerpo.
Luego, encuentra otra, se la coloca alrededor del pelo después de inclinar la cabeza hacia delante y retuerce los extremos para asegurarla, formando un turbante ajustado.
—¿Qué haces? —le pregunto finalmente.
Se lleva un dedo a los labios.
—Quédate aquí hasta que venga a buscarte.