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AMANDA DAVIS
Qué caradura es este hombre.
No puedo creerme que esté utilizando a nuestro hijo de esta manera. Pero ¿por qué me sorprende? Hace tiempo que se dio cuenta de que yo haría cualquier cosa por mi pequeño. Debe estar desesperado de verdad para amenazarme con Tristan. Igual que el día que le pedí el divorcio.
Un escalofrío me recorre el cuerpo y me froto las manos heladas entre sí.
Mi vestido sin mangas está empapado y se pega a mis piernas de forma desagradable.
No puedo quitarme las náuseas y el doloroso nudo en el estómago.
Desde que ha ocurrido, mi estómago no ha dejado de revolverse.
Son los nervios; es comprensible, después de lo que ha pasado esta noche.
Pero es el recuerdo de aquel otro día lo que me retuerce las entrañas en un nudo de ira, miedo y desamor.
Paul sale despacio del túnel de lavado y toma las calles menos céntricas para regresar a casa, mientras yo recuerdo el peor día de nuestro matrimonio.
Ocurrió hace casi un año.
***
Cuando me casé con Paul, sabía perfectamente en lo que me estaba metiendo.
Estaba enamoradísima de un hombre guapo y muy carismático; alguien a cuyo paso todo el mundo vuelve la cabeza, sea en el centro comercial, en el supermercado o en cualquier otro lugar al que vaya.
Las mujeres lo adulaban con todo el descaro, desde las camareras hasta las vecinas, e incluso algunas que se hacían llamar mis amigas.
A él no parecía importarle, y yo no me sentía demasiado amenazada por la atención que recibía.
Sabía que, en parte, se debía a que era un rostro conocido de la televisión.
Decidí ignorarlo y confié en que me sería fiel.
Durante años, no quise imaginar cómo eran sus días, si había algún tipo de compañera de trabajo, amiga o conocida especial que pudiera resultarle irresistible.
No… Yo tenía mi propia vida, plena y satisfactoria, cuidando a Tristan y trabajando en el servicio de urgencias de Sunset Valley.
Estaba segura de que Paul disfrutaba del mismo tipo de satisfacción en su vida, entre su meteórica carrera en el mundo de la televisión y nuestra vida juntos criando a nuestro hijo.
Ese día quedó patente lo equivocada que estaba. En todo.
Todo comenzó cuando trajeron a un paciente con una sobredosis al centro médico, cuando ya había transcurrido más de la mitad de mi turno de noche.
El hombre, un camionero bastante corpulento, ya había recibido una dosis de naloxona por parte de los técnicos de emergencias, pero, tras comprobar sus constantes vitales, el doctor Grant, el médico de guardia ese día en urgencias, decidió administrarle otra dosis.
El paciente se despertó al instante en un estado de agitación mientras yo intentaba pincharle la vena para administrarle líquidos por vía intravenosa.
Sus inesperados movimientos me pillaron desprevenida.
No me aparté lo bastante rápido y su puño me golpeó en el ojo.
Perdí el equilibrio y, al caer, me golpeé la cabeza contra el carro de ecografías.
No fue nada grave, pero en Sunset Valley se toman muy en serio los protocolos.
El doctor Grant me hizo un examen rápido y me envió a casa, aunque la laceración de la cabeza no requería puntos de sutura.
Esa noche regresé en mi propio coche, sintiéndome perfectamente bien, salvo por una hinchazón que empezaba a aparecer debajo del ojo.
Nada que no se pudiera solucionar con una bolsa de hielo.
Llegué a casa sobre las once, en lugar de a la una o la una y media de la madrugada, como suelo hacer cuando trabajo de noche.
Entré en el garaje con una sonrisa, pensando que quizá Tristan aún estaría despierto y podría darle las buenas noches.
Se niega a irse a la cama antes de que vuelva su padre, y el coche de Paul estaba en el garaje.
Lo primero que noté al entrar en la casa fue el olor.
No era demasiado fuerte ni característico, pero era extraño, un aroma que no reconocía.
Estaba presente incluso en el cuarto de la lavadora, donde me detuve un momento para dejar las llaves en el colgador de la pared.
Luego, los sonidos. Susurros apagados, pasos frenéticos, el roce de la ropa.
Cuando abrí la puerta del salón, me quedé helada y el corazón se me detuvo.
Un par de zapatos de tacón alto con suela roja estaban tirados en la alfombra: uno, cerca de la puerta del cuarto donde yo estaba; el otro, junto al sofá.
En una conversación aparentemente casual, pero mal fingida, Paul estaba sentado en un extremo del sofá de cuero blanco de tres plazas y una mujer que no reconocí ocupaba el otro.
Su pintalabios era de buena calidad, pero se le había corrido de sus labios carnosos.
Su piel impecable estaba enrojecida alrededor de la boca.
La barba incipiente de mi marido puede hacerle eso a una mujer; lo sé de primera mano.
—Hola, has llegado temprano —soltó Paul. Parecía nervioso, con las mejillas en llamas, como un adolescente al que pillan besándose detrás del edificio de la escuela.
Aún paralizada, me mofé de su comentario.
—Esta es Emily Parker, mi asistente de investigación. Hemos estado revisando… —dijo, aclarándose la garganta, nervioso.
—Ahórratelo —respondí con frialdad, mirando los pies de la mujer y cómo intentaba ocultar el hecho de que estaba descalza, cubriendo un pie con una pedicura perfecta con el otro y curvando los dedos.
El resto de su cuerpo parecía igual de incómodo.
Sus ojos recorrían la habitación como si buscaran una forma de desaparecer.
Luego, tras un largo momento, se calmó. Observé cómo se le hinchaba el pecho al respirar hondo.
Había renunciado a escapar de la situación; se estaba preparando para lo peor.
De una belleza perturbadora, Emily era la clásica mujer despampanante, con un cabello rubio perfectamente peinado, ojos color avellana y un cuerpo de infarto.
Y parecía más joven que yo, descansada y dispuesta a vivir una historia de amor, una aventura.
No acababa de regresar a casa después de un turno en urgencias, con un puñetazo en la cara propinado por un cocainómano.
Por supuesto que era más joven. Mi marido nunca renunciaba a nada. ¿Por qué iba a hacerlo?
Paul se levantó del sofá para dirigirse hacia mí. Alcé la mano y se detuvo.
—Estamos trabajando —dijo, con un tono patético. Me dio asco; era la primera vez que veía a mi marido como un cobarde. Ese día, cayó del pedestal en el que yo lo había colocado, en más de un sentido—. Tenemos que terminar la lista de invitados al programa…
Detuve su perorata de excusas con un gesto desdeñoso. Una inmensa ola de cansancio me invadió, llenándome de pavor. Mi vida, tal y como la había conocido hasta ese momento, había terminado, y una nueva era estaba a punto de comenzar. Una era de desamor y resentimiento. Era inevitable.
Pero no había tiempo para pensar en eso. Tenía que mantenerme fuerte.
—Emily Parker, ¿verdad? —Ella asintió, palideciendo—. Haz el favor de recoger tus cosas y largarte de mi casa.
La chica hizo justo lo que le pedí, corriendo apresuradamente de puntillas para recoger un zapato y luego el otro, y dudó un momento antes de encontrar la entrada principal y dirigirse directa hacia ella.
Debían haber llegado en el coche de Paul y entrado por el garaje.
Eso explicaba el rastro perfumado que había dejado en el cuarto de la lavadora.
En menos de un minuto, se había ido, y la puerta que cerró al salir fue el único sonido entre nosotros durante un rato.
No sé qué pasó en ese largo momento de tenso silencio.
Algunas personas luchan durante años antes de renunciar a un matrimonio moribundo.
Quizá mi experiencia en urgencias entró en acción.
En el trabajo nos enseñan a evaluar situaciones de forma rápida y precisa, determinando el procedimiento más eficaz para garantizar el mejor resultado posible para los pacientes.
Nos enseñan a saber qué funcionará y qué no en cuestión de segundos.
—Quiero el divorcio. —Mi voz sonó tranquila y objetiva. No quedaba emoción alguna ni dolor que se filtrara desde mi corazón herido. Habría un momento para llorar lo que había perdido. Sabía que llegaría.
Paul estaba a un metro de mí, lívido. Parecía estar a punto de derrumbarse, pero eso solo duró unos instantes. Entonces unas manchas rojas comenzaron a colorearle la cara y el cuello a medida que la rabia crecía en su interior. Nunca lo había visto tan enfadado.
—¿Por esto? —Hizo un gesto señalando el sofá vacío—. Estábamos trabajando, ¡joder! No seas ridícula.
—¿Dónde está Tristan? —pregunté, con voz apenas audible.
—Está arriba, durmiendo. —Paul desvió la cara un instante.
Siempre lo hace cuando me miente. Cuando lo sorprendo con una pregunta y no tiene tiempo para inventarse una mentira, para pensársela bien.
—Hijo de puta —susurré. Todavía tenía la esperanza de que hubiera enviado a Tristan a dormir a casa de su mejor amigo, o que tal vez papá hubiera regresado temprano de su viaje y se lo hubiera llevado—. ¿Y si te ha visto?
Paul giró la cabeza y miró por encima del hombro, pero Tristan no estaba sentado en los escalones, asomando la cabeza entre los barrotes.
—Está durmiendo, Amanda. Y no había nada que ver. Estábamos trabajando.
Crucé los brazos sobre el pecho. El hombre que creía que era mi alma gemela estaba mostrando su verdadera cara, y era un mentiroso, un farsante y un cobarde.
—Sí, claro. El pintalabios siempre se corre cuando las mujeres trabajan. Siempre se quitan los zapatos y se sacan la blusa de seda arrugada de los pantalones. Los botones también se desabrochan. Son cosas que pasan.
Paul se miró de forma automática los botones de la camisa. Me reí, el sarcasmo y el humor eran mi única armadura contra el dolor que me atravesaba el corazón.
—Cariño, déjame que te lo explique.
Dio un paso adelante y levantó las manos como si fuera a ponérmelas sobre los hombros. Odiaba eso: el dominio masculino en su máxima expresión, disfrazado de compasión y calidez.
—No te atrevas a tocarme —le dije. Bajó los brazos, que quedaron colgando inertes—. Te vas esta noche, así que coge lo que necesites y lárgate. Mañana buscaré un abogado y me pondré en contacto contigo.
La palidez volvió a su rostro, pero mis ojos se fijaron en el crujido de sus articulaciones al apretar los puños. Instintivamente, di un paso atrás y clavé la mirada en la suya. La rabia que brillaba en sus iris azules me heló la sangre. Ya no lo reconocía.
—Me aseguraré de que no te den la custodia de Tristan. ¿Qué te parecerá verlo en fines de semana alternos? —Su voz susurrante iba acompañada de una sonrisa de superioridad retadora.
La enormidad de la amenaza me destrozó. En un instante, así sin más.
¿Podría conseguirlo? Por supuesto, incluso aunque yo contratara al mejor abogado de la ciudad. Porque todos los que son alguien en Los Ángeles sueñan en secreto con ser invitados a su programa. Y esa lista incluye a jueces, abogados e incluso policías.
Sentí que se abría un abismo justo debajo de mis pies, que amenazaba con tragarme.
—¿Te acuerdas de hace dos años? ¿La fiesta de Navidad en la cadena? —preguntó, acercándose a mí, con la voz aún en un susurro amenazante—. ¿Cuando bebiste más de la cuenta? Tengo un vídeo. Animaría la vista para la custodia, ¿no crees?
Me atraganté y jadeé en busca de aire, recordando que había vomitado en el aparcamiento aquella noche, agarrada a la rueda delantera del coche de Paul y mortificada por la vergüenza.
Las lágrimas me quemaban las comisuras de los ojos.
No tenía elección ni salida. Lo veía con claridad, así que hice lo único que podía hacer: di marcha atrás.
Aunque me matara por dentro, tenía que fingir que estaba dispuesta a perdonarlo. Para poder seguir estando con mi niño. Me costó Dios y ayuda disimular, cuando lo que quería era gritar, chillar y sacarle los ojos.
—Me rompes el corazón, Paul. Sigo enamorada de ti, pero volver a casa y encontrarte enrollándote con esa…
Me observó con mirada inquisidora y luego respiró, aliviado. Las manchas rojas de su piel comenzaron a desvanecerse. Me puso las manos sobre los hombros y yo se lo permití, aunque se me erizó la piel.
—Cariño, por última vez: estábamos trabajando. Te juro que no ha sido más que eso. —Me levantó la barbilla con los dedos y me besó en los labios.
Pude saborear el pintalabios de fresa de la mujer en su boca. Me dio asco.
Más tarde, cuando me encontró bajo las sábanas, me clavé las uñas para que mi cuerpo lo acogiera, sabiendo que así todo iría más rápido.
Luego, cuando terminó conmigo, el hombre más deseado de la televisión de Los Ángeles me rodeó con sus brazos y me susurró:
—Nadie va a quitarme a mi hijo, cariño. Métetelo en la cabeza.