8
PAUL DAVIS
Como esperaba, encuentro el túnel de lavado abierto y vacío.
Está tenuemente iluminado por una farola, supongo que el propietario es demasiado tacaño para pagar una iluminación adicional.
¡Bravo por él! Me detengo junto al edificio, fuera del alcance de las cámaras, cojo los guantes de la guantera y salgo del coche bajo la lluvia torrencial.
—¿Paul? —me llama Amanda, justo cuando estoy a punto de dar un portazo—. ¿A dónde vas?
Gruño frustrado. ¿A dónde cree que voy? Si no me hubiera interrumpido cuando intentaba decírselo, lo sabría.
—Espera, ¿vale? —Cierro la puerta de un portazo, descargando toda mi frustración.
Girar la única cámara para que apunte a la pared es pan comido.
Echo un vistazo rápido a mi alrededor para comprobar si hay otras, pero no veo ninguna.
De todos modos, no se ve mucho con esta lluvia, pero eso funciona en ambos sentidos.
Incluso si hubiera otra cámara y nos grabase, es muy posible que la grabación no sirviera de nada.
Corro de vuelta al coche, pisando algunos charcos por el camino, pero ya no me importa.
Estoy calado, rendido y asustado, y harto de todo.
Conduzco hasta el terminal de pago y selecciono un lavado completo sin secado, luego introduzco un billete de veinte con mi mano enguantada y la máquina me da diez de cambio.
Amanda coge el paño y lo sujeta contra la grieta del parabrisas, preparándose como si fueran a caer piedras, en lugar de agua, sobre el coche. Después de entrar en la estación automática sin contacto, pongo la posición de aparcamiento y dejo que la máquina se encargue.
Gotas de espuma en tres colores de chicle caen sobre el vehículo.
Pulso un botón para plegar los retrovisores laterales y me recuesto en mi asiento, odiando la sensación de la ropa mojada en mi espalda y lo que le está haciendo a los asientos de cuero perforado de mi flamante Cadillac.
Prefiero pensar en eso que en el miedo agonizante que me retuerce las entrañas en un nudo insoportable.
Cuando comienza el lavado a presión, el agua empieza a gotear más rápido a través de las grietas del parabrisas.
Mi esmoquin ya está empapado, así que más vale que lo utilice.
Se me pega a la camisa cuando me quito la chaqueta.
Luego, la coloco sobre el salpicadero, cubriendo las rejillas de ventilación. Retendrá parte del agua.
—No sé cómo imaginas que aún puedes librarte, Paul. —Amanda me lanza una mirada rápida y decepcionada—. Conozco a los agentes de Tráfico. He visto lo duros que son con las personas que huyen del lugar del accidente. Algunos acaban en urgencias, ¿sabes? Y los de Tráfico no les tienen piedad.
—Ya, también son duros con los conductores borrachos que matan a peatones.
Aprieto las manos sobre el volante, con los nudillos blancos, mientras proceso mis propias palabras.
Probablemente ella no esperaba que lo dijera así, y da un grito ahogado cuando lo oye.
Yo tampoco esperaba reaccionar con tanta intensidad a mis propias palabras condenatorias.
Es como si la desesperación y el miedo dentro de mí se hubieran avivado hasta niveles insoportables.
La luz verde del túnel de lavado se enciende, arranco y doy otra vuelta al edificio.
—¿Otra vez? —Ella niega con la cabeza y luego se masajea la frente con dedos temblorosos—. ¿Cuántas veces quieres hacerlo?
—Dos o tres, creo que será suficiente. No puede haber ni una sola gota de sangre en este coche. Sabes que la encontrarían.
—No estás siendo razonable, Paul. Te estás acorralando a ti mismo. ¿No te das cuenta de que aun así demostrarán…?
—¡No tenía otra opción! —Mi voz resuena en el coche, haciéndola estremecerse.
Se aparta como si fuera a golpearla, lo cual es ridículo.
Nunca le he puesto una mano encima—. Llevo años luchando contra los conductores ebrios, ¿y ahora esto?
¡Me despellejarían vivo! —Sacudo la cabeza gacha con amargura—. Querrían dar ejemplo conmigo.
—¿Y esto es mejor? ¿Has pensado en Tristan? ¿Cómo le afectará que vayas a la cárcel?
—Eso es un golpe bajo, y lo sabes. —Respiro mi ira instantánea con rápidas inhalaciones y exhalaciones—. No utilices a mi hijo de esa manera.
—Nuestro hijo, Paul. No lo olvides, joder. —Sus ojos brillan de rabia en la oscuridad insonorizada de mi coche cubierto de espuma—. Deberías haber pensado en él cuando has decidido huir. Cuando has empujado el cuerpo de esa pobre mujer al barranco. ¿Cómo piensas explicarlo?
Odio lo que me está haciendo, minando cada pizca de confianza en mí mismo que aún me queda. Destruyéndome por dentro. Nos quedamos sentados en un silencio tenso hasta que termina el lavado; entonces arranco el motor, doy la vuelta y vuelvo a entrar en el túnel.
Por primera vez desde que ha ocurrido el accidente, empiezo a dudar de si he hecho lo correcto al huir.
—Quizá no tenga que explicarlo —murmuro—. Quién va a encontrarla en ese barranco, ¿eh? No me pillarán a menos que tú me delates, y te juro por Dios…
—Nunca haría eso —dice con calma, con frialdad. Pero la creo—. Cobarde o no, sigues siendo el padre de Tristan. A diferencia de ti, yo pienso en él antes de tomar mis decisiones.
Una nueva capa de espuma tricolor se posa sobre el coche como copos de nieve. Sus palabras me dejan sin habla por un momento. Parece tan firme en su desprecio hacia mí, tan definitiva y crítica, como si solo importara su veredicto y no hubiera apelación posible.
—¿No lo entiendes? Aunque me pillen mañana, no podrán demostrar que superaba el límite.
No se tratará de que maté a alguien; solo será el accidente que en realidad fue y un momento de debilidad, de pánico, cuando hui.
Eso puedo manejarlo. Pero no… —Mi voz se apaga bajo el peso de mi vergüenza.
No sobreviviría a la humillación pública que supondría que me pillaran.
Ella me mira sin decir nada más, pero puedo ver que le da vueltas a la cabeza. La necesito de mi lado, trabajando conmigo, no contra mí. Necesito que crea en mí como antes, que me quiera tanto como antes.
—Así que lo tienes todo pensado, ¿verdad?
—El desprecio en su voz es mordaz—. ¿Cómo vamos a vivir como fugitivos, escondiéndonos a plena vista, temerosos cada vez que oigamos una sirena de policía?
¿Cómo, sabiendo que esto podría golpearnos en cualquier momento y destrozarnos la vida?
—Se aparta un mechón de pelo de la cara y se lo coloca detrás de la oreja con dedos temblorosos—. ¿Verdad?
—Amanda, yo…
—No los llamaré, pero vendrán. ¿Y esperas que me ponga de tu lado y que le mienta a la policía? ¿Y para qué?
Durante un largo momento, se mantiene un silencio pesado y tenso entre nosotros. El semáforo se pone en verde al final del túnel, pero no arranco el motor. Me miro las manos, pálidas y heladas, que agarran el volante.
Recuperar a Amanda requerirá esfuerzo y tiempo, y no dispongo de ninguno de los dos.
—Por Tristan —digo finalmente. Mis palabras son apenas un susurro.
—Que te zurzan, Paul. Vete al infierno.