7
PAUL DAVIS
—Mierda —susurro, tratando de no girar la cabeza y mirar al policía.
Quizá no note nada raro. Quizá ni siquiera nos mire. Si lo hace, se dará cuenta de que Amanda está sentada en el borde del asiento, sin cinturón de seguridad, estirándose para sujetar el trapo.
—¿Qué hago? —pregunta Amanda, sin aliento. Está pálida y temblorosa, pero eso no es ninguna sorpresa.
Me invade un miedo tan profundo que me deja sin respiración. Alargo la mano para sujetar el paño contra el parabrisas en su lugar.
—Déjame esto a mí e intenta deslizarte despacio hacia atrás en tu asiento. Sin movimientos bruscos.
Al cogerle el paño, noto una mancha de sangre en el puño.
Cambio la forma de sujetar para que la manga de la chaqueta cubra la mancha.
Intento parecer tranquilo y sereno, pero la cabeza me va a mil por hora.
¿Qué hago cuando se ponga el semáforo en verde?
¿A qué velocidad arranco? ¿Nos está mirando el policía?
—¿Paul? —pregunta mi esposa entre dientes.
Me giro para mirarla y veo que el policía ha bajado la ventanilla y está a punto de golpear la de Amanda con la culata de su larga linterna.
Joder. Bajo la ventanilla de su lado y saludo con un gesto.
—Hola, agente.
Él asiente con la cabeza mientras nos estudia con sus ojos agudos y pequeños.
Tiene unos cincuenta años y lleva el pelo entrecano cortado muy corto, en un intento de disimular unas entradas muy marcadas.
Su cuello está lleno de músculos; probablemente pasa mucho tiempo en el gimnasio, hinchándose a esteroides.
No me gustaría que me pusiera la mano encima.
—¿Qué ha pasado ahí? —pregunta, proyectando el potente haz de luz de su linterna dentro del coche, hacia el parabrisas. Nos mira a los dos y luego centra su atención en el parabrisas y en el paño que estoy sosteniendo contra él—. ¿Un accidente?
—Eh, no, solo una piedra en la autopista. La lanzó un camión de dieciocho ruedas. Un desastre —contesto, casi atragantándome.
Vuelve a enfocarme la luz en la cara. Se me hiela la sangre, pero intento mantener la calma.
—Ya lo creo —gruñe, con los labios apretados mientras sigue mirándome—. ¿No es usted el tipo de las noticias, Paul algo?
Genial. Me ha reconocido. Ahora sí que estoy jodido.
—Paul Davis, sí. —Decir mi nombre delante de él me hace recuperar de alguna manera mi seguridad escénica, mi personalidad pública.
Durante una fracción de segundo, todo queda olvidado y vuelvo a ser el centro de atención, aunque esta vez la luz provenga de la linterna Maglite de un policía—.
Soy yo. —Sonrío, afable y aparentemente relajado—.
¿Le importa si subo un poco esta ventanilla? Nos estamos inundando.
—No —dice, apagando esa horrible linterna.
La cómoda oscuridad nos envuelve de nuevo, con destellos amarillos de las farolas y verdes de los semáforos reflejándose en cada gota de lluvia que cae sobre el parabrisas agrietado—.
Pueden seguir, pero, antes de irse, una cosa.
—Hace una pausa, y mi corazón deja de latir—.
Señora, haga el favor de sentarse correctamente y abróchese el cinturón de seguridad.
Amanda asiente.
—Sí, agente. Solo intentaba…
—Si se activan los airbags, incluso en un choque a baja velocidad, y no lleva puesto el cinturón de seguridad, podría morir.
—Pálida como un fantasma, Amanda asiente con la cabeza—.
Muy bien —dice, llevándose dos dedos a la frente en una especie de saludo militar abreviado—.
Conduzcan con cuidado. Y que tengan una buena noche.
Con eso, sube la ventanilla y se marcha.
Respiro.
Amanda empieza a sollozar mientras se abrocha el cinturón de seguridad.
Está hecha un desastre. La lluvia le ha pegado mechones de pelo en la cara.
El vestido empapado y apelmazado se le adhiere a la piel, revelando cada temblor a medida que el frío se cuela por la ventanilla abierta.
La subo del todo, pero sigue haciendo frío.
Cuando estoy listo para arrancar, el semáforo vuelve a ponerse en rojo.
—Está bien —digo en voz baja, mirando a mi alrededor para ver si viene algún coche. Ansioso por desaparecer, no creo ni una palabra de lo que digo, y sin embargo lo repito por los dos—. Todo va a salir bien.
—No, no va a salir bien —replica, y su voz se quiebra entre lágrimas y respiraciones entrecortadas—. Acabas de mentirle a un policía y él sabe quién eres. Te ha reconocido.
—Pero no me ha dado el alto de manera formal. No apareceré en ningún informe. —Me mira como si fuera idiota. Odio que haga eso—. Sí, lo sé, seré el tema de conversación de su pequeña fiesta junto al dispensador de agua. Le contará a todo el mundo en la comisaría que me ha conocido.
—Y que llevabas el parabrisas roto —añade, molestándome como siempre hace cuando enumera todos los hechos.
Le he pedido un par de veces que deje de hacerlo. Al parecer, es una costumbre de su trabajo, donde tienen que enumerar los síntomas de forma rápida y precisa para que los equipos de emergencia sepan qué hacer. A la mierda con eso. No lo necesito ahora ni nunca.
—Cuando lleguemos al túnel de lavado…
—¿Crees que este parabrisas aguantará la presión del agua en un túnel de lavado?
—Su voz es contenida, incluso cautelosa, como si supiera que me está cabreando.
Pero ella, erre que erre, tiene que insistir—.
Pensaba que nos íbamos a casa después de encontrarnos con ese policía.
Necesito que nos vayamos a casa, Paul. Por favor .
Sus comentarios encienden una chispa de frustración en mí.
—No creo que tengamos otra opción. La lluvia ha arrastrado parte de la sangre del parabrisas y del capó, pero la parrilla y el parachoques delantero van a gotear por todo el suelo del garaje.
Si ha quedado sangre ahí… ¿Cómo pretendes que lo solucione?
No me pondré a lavar la sangre de nuestro coche accidentado en la entrada de casa con la manguera del jardín.
Intento mantener la calma, pero estoy a punto de perderla. No entiendo cómo ha podido pasarme esto. Sobre todo esta noche. Puta mala suerte…, eso es lo que ha sido.
Pero no puedo pensar en eso. Ahora no.