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AMANDA DAVIS
Nunca había temido por mi vida. No así. Quizá sea porque Paul está arrastrando un cadáver. Un miedo paralizante se apodera de mí y me hace dar un paso atrás. O tal vez sea la mirada de sus ojos de acero…, fríos, despiadados, teñidos de locura. La mirada de un asesino acorralado.
Pero ¿qué he visto exactamente? ¿Cuánto puedo confiar en mí misma aquí, en la oscuridad, después de todo lo que ha ocurrido?
Hemos tenido nuestros problemas en los últimos tiempos, como otras parejas, pero creía saber quién era mi marido y de lo que era capaz.
Ya no confío en que eso sea cierto. Aun así, sigo buscando excusas para él.
Algún tipo de justificación para lo que está a punto de hacer.
Se siente acorralado, lo entiendo. Esta noche ha llegado a su límite.
Y ahora estoy dejando que haga esto. Ni siquiera alcanzo a entender cómo.
¿De verdad voy a dejarle? Debo estar en estado de shock .
No puedo dejar que lo haga, Dios mío… No puedo.
Y, sin embargo, no me muevo. La forma en que me ha empujado hace un momento, con brutalidad, casi tirándome al suelo, todavía resuena en todo mi cuerpo.
Con los brazos cruzados sobre el pecho, siento el frío de la noche calándome los huesos.
Tengo los pies helados. Descalza, piso el frío asfalto sin moverme del sitio para mantenerlos calientes.
El viento es fuerte y racheado, levanta polvo y hojas muertas del borde de la carretera, haciéndolas girar en el aire.
Los truenos están ahora más cerca, se oyen más fuertes, y los relámpagos dibujan la silueta de Paul al lado de la carretera, pintando una imagen siniestra que me perseguirá para siempre.
Ha arrastrado el cuerpo de la mujer hasta el borde del barranco.
Ahora lo empuja por debajo la barandilla y lo hace rodar, cada vez más cerca del borde, inclinándose hacia delante sobre la barandilla y gruñendo por el esfuerzo.
Me mantengo a distancia, junto al coche.
No puedo formar parte de lo que está haciendo.
Se me revuelve el estómago, y me obligo a respirar hondo varias veces para calmar los nervios.
Este no es el lugar para vomitar la cena y dejar mi ADN en la escena de un atropello mortal que se va a convertir, además, en un delito de fuga.
Las ramas de los arbustos crujen y se rompen ruidosamente cuando cae el cuerpo.
Paul deja escapar un fuerte gemido y endereza la espalda, sin dejar de mirar el barranco.
Me da la espalda, pero puedo ver que se frota las manos, para quitarse la tierra o la porquería que pueda haber cogido.
Luego, enciende la linterna del teléfono y mira hacia el barranco durante lo que parecen horas.
Pero apenas ha pasado un minuto.
Cuando por fin se acerca al coche, evita mirarme a los ojos. Puedo ver lo angustiado que está por su andar vacilante, la tensión de sus hombros y su cabeza gacha. Tiene la mirada clavada en el suelo, probablemente avergonzado de lo que ha hecho.
—Vámonos —dice. Toda la frialdad amenazante ha desaparecido de su voz, sustituida por el miedo.
Me acerco y me levanto la falda con la mano mientras esquivo la sangre que embadurna el asfalto. No puedo apartar la mirada cuando paso al lado. La visión me desgarra el pecho como una navaja, y dejo escapar un sollozo ahogado, tapándome la boca con la mano.
Me dirijo al asiento del copiloto y paso por delante del Cadillac para examinar los daños.
El parabrisas está agrietado, cubierto de sangre y parcialmente hundido.
La rejilla delantera está partida y hay trozos rotos que han caído quién sabe dónde.
Si la policía los encuentra, los relacionarán con la marca y el modelo de nuestro coche.
Y, a partir de ahí, será fácil encontrarnos.
—¿Cómo vamos a conducir hasta casa así? —pregunto con voz apagada.
Él se pone al volante y lo agarra con ambas manos.
—No lo sé, ¿vale? Venga, vámonos.
Dudo, pero luego me doy cuenta de que no tengo muchas opciones. ¿Qué voy a hacer? ¿Volver andando a casa, cruzando las montañas de Santa Mónica? ¿Discutir con él en medio de la carretera? No… Ahora estamos juntos en esto.
Justo cuando tomo mi decisión, una pesada gota de lluvia me salpica la cara. Me subo al asiento del copiloto y cierro la puerta, temblando. Mientras me froto los brazos para calentarlos, él enciende el motor y mete la marcha.
—Si nos encontramos con un policía en el camino, estamos perdidos —digo, señalando lo obvio, algo que sé que él detesta—. En cuanto alguien vea el…
—¿Crees que no lo sé? —Conduce con precaución, sin superar el límite de velocidad. En cuestión de minutos, la lluvia se vuelve intensa. Pone los limpiaparabrisas, pero luego maldice y los detiene—. El cristal no lo aguantará. Podría romperse.
Miro fijamente el lugar donde la mujer ha golpeado el parabrisas.
Como una telaraña, las grietas se extienden desde un punto central por todo el cristal laminado de seguridad.
Bajo la fuerte lluvia, la sangre comienza a desaparecer.
Parte de ella se filtra a través de las grietas dentro del coche, mezclada con el agua de lluvia.
—Mierda —murmura Paul—. Pon algo debajo. No dejes que manche el salpicadero o que se meta entre en las rejillas de ventilación, porque no conseguiríamos quitarla nunca.
Abro la guantera y rebusco entre el contenido: el permiso de circulación, una linterna pequeña, un ambientador para el coche, un par de guantes de cuero…
—Aquí no hay nada que me sirva.
—Mira en el compartimento de la puerta. Debería haber un paño.
Su voz denota pánico. Sus ojos van de la calzada al espejo retrovisor y viceversa. La carretera sigue oscura detrás de nosotros y llueve con más fuerza. Nadie sube por la montaña desde la ciudad.
Encuentro el paño donde me ha dicho y lo coloco debajo del centro de la grieta, pero no aguantará mucho. Entra demasiada agua. Me lo quita de la mano y lo presiona contra el parabrisas.
—Toma, sujétalo así. No aprietes demasiado, solo intenta evitar que se hunda.
Tengo que ponerme en el borde del asiento para hacer lo que me pide. Me desabrocho el cinturón de seguridad y apoyo la rodilla derecha en el suelo del coche para alcanzar la grieta. Me tiemblan las manos y siento un nudo en el estómago por el miedo, pero me mantengo firme. Ya no falta mucho.
En cuanto salimos de Malibu Canyon Road hacia Calabasas, los dos miramos a derecha e izquierda.
Las calles están bien iluminadas con luces amarillentas mientras nos dirigimos hacia nuestra casa.
Todo está desierto, algo que casi nunca ocurre en Los Ángeles.
Probablemente sea por la lluvia. Y es tarde, casi la una y media de la madrugada.
Pero no será suficiente.
—Hay cámaras en los semáforos y en el cajero automático…
—¿Crees que no lo sé? —me espeta.
Es curioso lo fácil que le resulta gritarme cada vez que le apetece.
En algún momento de los últimos dos años, me he convertido en su válvula de escape, su saco de boxeo verbal.
El efecto es especialmente negativo en este espacio cerrado, donde el sonido fuerte y amenazante de su voz queda atrapado aquí conmigo.
—Iré por las calles menos céntricas desde aquí —añade.
Gira a la izquierda después de esperar lo que parece una eternidad a que cambie el semáforo en rojo, justo debajo de una cámara de tráfico enfocada hacia nuestro coche.
A continuación, emprende el intrincado viaje que nos llevará a nuestra casa en Deerhill Park, tomando calles poco concurridas, donde las cámaras de semáforo no son tan frecuentes.
Aunque eso no importa mucho, ya que todo el mundo en esta ciudad tiene algún tipo de sistema de seguridad con videovigilancia, como mínimo una cámara Ring, si no más.
Sé con certeza que todos nuestros vecinos tienen.
Estamos a mitad de camino cuando, de repente, cambia de rumbo. En la desierta Kanan Road, de cuatro carriles, cambia de sentido y empieza a conducir de vuelta hacia la autopista.
—Nunca habrá un momento mejor para hacer esto —murmura.
—¿A dónde vamos? —El corazón me late a toda velocidad y no puedo respirar bien. Estoy lista para que todo termine.
—Al túnel de lavado. Hay uno automático que acepta efectivo, abren las veinticuatro horas.
Lo conozco bien. —Se detiene en un semáforo.
El sonido del intermitente tiene una intensidad inusual, en comparación con el sonido apagado de la fuerte lluvia que cae—.
Sé dónde están las cámaras de seguridad —añade, sin parecer muy convencido.
Es una pésima idea.
Pero, justo cuando me pregunto si debería expresar mi preocupación, un coche patrulla de la policía de Los Ángeles se detiene en el carril derecho, junto a nosotros.