Una pareja perfecta 5
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PAUL DAVIS

—¿Qué coño ha sido eso?

Mi voz es un susurro ahogado. Abro la puerta y salgo del coche, pero tengo que agarrarme al marco para mantener el equilibrio. Me tiemblan las rodillas, y estoy a punto de vomitar todo el bourbon .

Descalza y sujetándose la larga falda con una mano, Amanda corre hacia la peatona caída.

Su vestido plateado ondea al viento, haciéndola parecer un fantasma.

Un escalofrío me recorre la espalda. En cuanto llega hasta la mujer, se agacha a su lado y empieza a hacer su trabajo, supongo que comprueba qué huesos tiene rotos.

Le toma el pulso y luego acerca la oreja a la cara de la mujer, seguramente para escuchar su respiración.

Una oleada de ira me recorre el cuerpo al darme cuenta de que va vestida de negro. ¿Cómo se supone que iba a verla en la oscuridad?

El tiempo se detiene mientras Amanda permanece agachada junto a la peatona, haciendo sus comprobaciones a la tenue luz de su teléfono.

Ilumina con la luz el cuerpo caído de arriba abajo.

Siento un nudo en el estómago y el miedo se extiende como un veneno.

No hay movimiento ni gemidos de dolor por parte de la persona.

Nada. Solo silencio, interrumpido de vez en cuando por truenos amenazadores.

¿Qué puñetas voy a hacer?

Observo el parabrisas roto. Está manchado de sangre. Instintivamente, me llevo la mano a la boca abierta. ¿Y si la he matado? Dios mío, no.

Amanda levanta la cabeza y me mira, instándome a que vaya hacia ella. Me acerco, con las manos temblándome de forma espantosa mientras me aflojo la corbata. Pero me detengo a un par de metros de la peatona caída. Soy incapaz de dar un paso más.

—Ha fallecido en el acto —anuncia Amanda con frialdad, pero luego se seca los ojos—. Tienes que llamar a la policía. —Se pone de pie y me mira con intensidad y sin piedad—. Ahora mismo, Paul.

En una fracción de segundo, puedo ver el futuro y lo que eso significaría para mí. Para todos nosotros.

—¡No! —replico con firmeza. Me paso los dedos por el pelo, enrollando los mechones y apretándolos con fuerza, como si fuera a arrancármelos del cuero cabelludo—. ¡No puedo llamar a la policía! ¿Estás de broma? No puedo.

Ella permanece inmóvil, con la mirada fija en la víctima durante unos momentos antes de volver a clavarla en la mía.

—Paul, no puedes no llamar. Cada segundo que pasamos en esta carretera corremos el riesgo de que alguien nos embista a cien kilómetros por hora. Tienes que llamar.

Camino de un lado a otro, nervioso; doy unos pasos hacia el coche y luego vuelvo, incapaz de acercarme más a ella. Una batalla de instintos se libra en mi interior. Con cada fibra de mi cuerpo, ansío huir de aquí y dejarlo todo atrás, pero no puedo. No así.

—Amanda, ha sido un accidente. Parece una vagabunda o algo así.

Mira lo delgada que está. Y lleva una chaqueta con este tiempo…

¿Qué hacía aquí a estas horas de la noche?

—Miro a mi alrededor, con las manos apoyadas con firmeza en las caderas—.

¿En medio de Malibu Canyon Road? —Amanda se limita a mirarme con incredulidad—.

Que no, te digo que esto no tenía que haber pasado. Ha sido un accidente.

—Estoy de acuerdo —dice con calma. A veces, envidio su compostura.

Probablemente le resulte natural, con todas las emergencias que maneja en el hospital—.

Contratarás a un abogado, uno bueno, alguien a quien es probable que ni siquiera tengas que pagarle mucho, teniendo en cuenta quién eres y las ganas que todo el mundo tiene de salir en tu programa.

Él le explicará todo eso a la policía y no presentarán cargos.

—¿Y mi nivel de alcohol en sangre? Sabes que eso es lo primero que comprobarán. —No se me escapa la ironía de cómo ha sucedido todo y cuándo.

Hay una insinuación de «te lo dije» en la delgada línea de sus labios.

—Eso es trabajo del abogado. Hará que desaparezca.

Sabes que pueden mantener las cosas en secreto si vas un paso por delante.

—Se muerde el labio, nerviosa, mirando sin parar por encima del hombro para ver si viene algún coche—.

No puedes largarte sin más. Te caerán unos cuantos años si te pillan. Es un delito grave.

—¡Y yo te digo que no podemos llamar a la policía, hostia!

Mis gritos angustiados rebotan contra las paredes del cañón, resonando extrañamente en la noche. Estoy cansado de su lógica, de sus súplicas y de todos los argumentos sensatos que me está dando. Como si eso pudiera persuadirme de alguna manera de tirar mi vida por la borda.

—Deberías bajar la voz. Estás llamando la atención.

Esta mujer me vuelve loco. No se calla el tiempo suficiente como para dejarme pensar. Estamos en un tramo desierto de la carretera, a casi dos kilómetros de la casa más cercana. Irritado, estampo un pie contra el suelo y señalo las paredes del cañón con los brazos abiertos.

—¿La atención de quién? ¡Aquí no hay nadie!

—Eso era lo que pensabas antes de atropellarla.

Tardo un momento en asimilar sus palabras.

Cuando lo hago, se me eriza el vello de la nuca.

Miro a mi alrededor, tratando de ver en la profunda oscuridad teñida de rojo por las luces traseras.

¿Y si alguien nos ha visto? Hoy en día todo el mundo tiene una cámara en el móvil; podrían haber tomado fotos de todo este marrón. De mi matrícula. De mi cara. Ay, Dios.

Tengo que hacer algo. Me quedo parado, con el pecho oprimiéndome mientras miro a mi alrededor, apretando los puños. Se me corta la respiración, superficial e inestable, y una ola de pánico me invade.

No hay luna, solo algunos relámpagos que zigzaguean a través de una capa de nubes bajas y densas.

Enciendo la linterna de mi teléfono y escudriño a mi alrededor un poco más.

El haz de luz es demasiado débil para llegar muy lejos.

Veo una pared rocosa escarpada y árida a la izquierda de la carretera y un profundo barranco al otro lado.

Me acerco a la barandilla de la derecha y miro hacia abajo.

El suelo y el desfiladero están cubiertos de densos y enmarañados arbustos.

Es imposible saber lo profundo que es el barranco, bajo toda esa vegetación.

Creo que ya sé qué hacer. Cojo una piedra del borde de la carretera y la lanzo, apuntando con la linterna lo mejor que puedo. Cae directamente entre los arbustos y se oye un crujido durante un instante antes de quedarse quieta: el barranco es lo bastante profundo. Servirá.

Pero, antes de eso, hago un último intento desesperado por mantenerme en el lado correcto de la ley.

—Ha sido un accidente, Amanda. Lo sabes perfectamente.

Ella asiente, mirándome con curiosidad.

—Sí, cierto.

—Antes te has ofrecido a conducir. —Levanta una ceja y me clava la mirada con expresión de incredulidad—. Podría haberte pasado a ti también, ¿no?

—¿Qué quieres decir? —Su voz es gélida. Amenazante.

Me he equivocado al sacarlo a colación.

—No importa. Solo pensaba que quizá podrías…

—¿Llevarme las culpas por ti? —Se ríe con amargura. Su voz está llena de desprecio—. Ya, me imagino que eso es lo que esperabas, ¿no?

Trago saliva con dificultad, con la garganta oprimida.

—¿Lo harás?

—No, Paul, no lo haré. —Me mira a los ojos—. Tiene un minuto más para hacer lo que debes. Después, llamaré a la policía yo misma.

La creo. Seguro que tiene a varios agentes en marcación rápida.

Conocidos del trabajo. Pero no me puedo creer que no me vaya a ayudar.

Ha hecho muchos amigos útiles en su trabajo.

Yo solo he hecho enemigos. Y, aun así, no le importo, no le importa lo que nos ocurrirá. Solo le importan sus dichosos valores.

—Mira, no podemos llamar a la policía si tú no…

—Dejo de hablar al ver cómo me mira—. Seríamos el hazmerreír de toda la ciudad.

Se iría todo al garete. Mi carrera… No volvería a trabajar jamás, no en televisión.

¡Iría a la cárcel! Sabes que daría positivo.

—Ella ni se inmuta, como si no estuviera escuchando nada de lo que digo—.

Me daré con un canto en los dientes si me dejan trabajar en la construcción con antecedentes penales.

¿Y la organización? ¿Te imaginas lo que le sucederá a la organización?

¡La hemos construido nosotros! Tú y yo, ¡juntos!

No podemos dejar que se hunda. ¿Y todo por qué?

¿Por una vagabunda que se me ha cruzado delante del coche?

Vamos, cariño, sé razonable. —Le cojo la mano, pero ella la aparta, enfadada.

—No te atrevas a tocarme —sisea—. Ahora mismo, no sé quién eres.

Retiro la mano enseguida, la miro a ella y luego al cuerpo, tratando de decidir qué hacer. Es solo cuestión de tiempo que pase otro vehículo. Absurdamente, trato de recordar si alguien que aún esté en el evento vive al otro lado del cañón. No importa. Alguien vendrá, tarde o temprano.

Es obvio que no hay alternativa.

Me acerco a la mujer y me agacho junto a ella; observo su rostro demacrado y cubierto de sangre, pero solo por un breve instante, antes de tener que apartar la mirada.

Me planteo levantar su frágil cuerpo para llevarlo hasta la barandilla lateral, pero me destrozaría el esmoquin.

Además, mancharía de sangre el asiento del coche, el volante…

, todo. Sería como dejar un reguero sin fin; al menos, para los forenses.

Agarrándola por los tobillos, empiezo a arrastrar el cuerpo hacia el lado de la carretera, dejando tras de mí un rastro de manchas irregulares de sangre roja oscura.

—Me cago en la puta —murmuro, sabiendo que no hay forma de limpiar eso.

Quizá, al amanecer, se habrá secado y no se notará. O a lo mejor llueve. Se avecina un río atmosférico que se supone que dejará hasta ciento cincuenta litros de lluvia esta noche. Necesito que empiece a descargar ya.

Amanda se interpone en mi camino, con los ojos muy abiertos, implacable.

—No —dice con firmeza, levantando una mano para detenerme—. ¡No voy a dejar que tires a esta mujer a la cuneta como si fuera basura! Nosotros no somos así.

La tensión crepita entre los dos como electricidad estática. Nuestras miradas se cruzan en una silenciosa batalla de voluntades.

Ni loco voy a dejar que me arruine la vida con su rectitud.

—Intenta detenerme —digo, empujándola a un lado.