Una pareja perfecta 4
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AMANDA DAVIS

Los pies me están matando. No se me dan bien los tacones altos, sobre todo después de un turno completo en urgencias y un evento que se ha alargado eternamente.

Por fin ha terminado y estamos en la acera, esperando a que el estudiante flacucho que trabaja como aparcacoches nos traiga el Cadillac de Paul.

Ojalá pudiera sentarme en los escalones de hormigón y quitarme los zapatos.

Somos de los últimos en irnos y me siento tensa, ansiosa.

Tengo los nervios de punta, me muero por que todo termine.

Las luces de Malibú parpadean en la distancia, y el océano oscuro y siniestro refleja los destellos de los relámpagos que atraviesan las nubes.

Momentos después, retumba un trueno, que aún suena lejano.

Y ese aparcacoches está tardando mucho en traer el coche.

Espero que no nos empapemos mientras esperamos.

Me da pánico el momento en el que Paul y yo nos quedemos solos en el coche.

Volveremos a discutir, y el rencor que le guardo por su comportamiento está deseando salir.

Sí, sé que soy una amargada llena de mala leche; la mayoría de las mujeres desilusionadas son así.

Es un efecto secundario de que te partan el corazón.

Por ahora, sigo del brazo de él, como se espera de mí, sonriendo, asintiendo y saludando a las pocas personas que aún no se han ido.

En su mayoría son compañeros de trabajo de Paul.

Su antigua copresentadora se detiene para despedirse y yo finjo no ver lo que busca cuando le hace ojitos a mi marido con sus pestañas cargadas de rímel.

Parece que está perdiendo el tiempo, y me siento ridículamente aliviada.

La mente de Paul parece estar en otra parte.

Seguro que en alguien más joven que Carly. Más joven que yo también.

Cuando por fin capta el mensaje, se marcha con la cabeza bien alta y los rizos perfectamente peinados rebotando con cada paso hacia su BMW descapotable rojo, que espera con el motor en marcha a pocos metros, con la puerta abierta.

Su nueva copresentadora, Latesha Jones —una mujer a la que él dice despreciar—, me da la mano al pasar y luego se detiene justo delante de Paul.

—Me pregunto si hay una forma mejor de atraer a estos donantes —dice con una pequeña y astuta sonrisa en sus labios carnosos.

No puedo evitar fijarme en lo impecable que está su maquillaje después de tantas horas.

Debe ser de calidad profesional, y no del tipo que yo uso, que compro en los grandes almacenes.

—¿En serio? —responde Paul. Frunce el ceño un instante.

—Pensaré en algunas ideas. A un público como este, le gusta lo nuevo. Algo fresco. ¿Quizá ponentes distintos el año que viene?

Noto que el brazo de mi marido se tensa, pero no dice nada. Solo asiente con la cabeza.

—Bueno, si no te interesa lo suficiente como para escucharme, le contaré mis propuestas a Raymond.

—Cuéntaselas —replica Paul con los dientes apretados—. Conduce con cuidado, Latesha, o mejor llama a un taxi. Te has tomado unas cuantas copas.

Su coche ya está en la acera, un Mercedes descapotable blanco.

Se ríe del comentario de Paul y se pone al volante.

Sin embargo, no arranca enseguida. Por la forma en la que se retuerce en el asiento y se agacha debajo del volante, supongo que se ha quitado sus Manolos de diez centímetros y se ha puesto algo más cómodo.

Yo estoy deseando hacer lo mismo. Me habría quitado los zapatos negros de tacón mientras estaba sentada a la mesa si no me preocuparan todas esas cámaras, al acecho de las dudosas futuras «estrellas» de la prensa sensacionalista.

Puedo imaginarme los temidos titulares: «¿Una metedura de pata o una jugada inteligente?

Nada menos que Amanda Davis se quitó los zapatos debajo de la mesa en la glamurosa gala benéfica de anoche».

O mi mayor temor: «¡Drama en la gala benéfica!

Todas las miradas se posaron en Paul Davis, al que las cámaras captaron lanzando miradas furtivas a otras mujeres durante toda la noche, incluso con su impresionante esposa sentada a su lado.

¿Hay una grieta en la fachada de la pareja perfecta? ».

Interrumpen mi angustia interior los reconocibles faros del Cadillac XT6 de Paul, que doblan la esquina y se acercan a las escaleras del patio con una lentitud enervante.

Paul también lo ve y deja escapar un rápido suspiro.

—Por fin —murmura, arrastrando un poco las palabras. El aliento le huele mucho a bourbon.

—Déjame conducir, Paul. Esta noche solo he bebido agua con gas.

Me lanza una mirada de reojo.

—No hace falta. Estoy bien. Vamos.

Nunca le ha gustado que conduzca su lujoso coche, pero no lo dice. Comportándose de la mejor manera posible, ya que todavía hay un par de cámaras de la prensa sensacionalista grabando, Paul me abre la puerta y yo le toco la mano un instante.

—¿Podríamos llamar a un Uber, por favor? Tengo un mal presentimiento.

—¿Un mal presentimiento sobre qué, Amanda? —Mueve los pies, ansioso por marcharse y frustrado conmigo. Su voz se vuelve más aguda—. ¿Eh? ¿Cuándo no he sido un conductor prudente?

Eso no merece respuesta. Me rindo y, en lugar de discutir inútilmente, me subo al coche y me quito los zapatos justo después de que él cierre la puerta de golpe.

Pero, en cuanto el Cadillac se pone en marcha, no puedo evitarlo.

—Todo esto, la organización, la gala para recaudar fondos, es una farsa para ti, ¿verdad? Apuesto a que lo haces por la audiencia. No crees en nada de lo que dices… Solo lo estás utilizando, y a mí también, para impulsar tu carrera y codearte con gente influyente.

—Maldita sea, Amanda —dice, golpeando el volante con la mano—. ¿Qué narices te pasa esta noche? ¡Déjame en paz, joder!

—En realidad, no se está defendiendo nada. No se está consiguiendo nada. No ha habido ningún cambio de legislación en los últimos cuatro años desde que empezamos con esto. Sinceramente, no sé a dónde va a parar todo el dinero.

—Vaya, ¿así que ahora quieres una auditoría? —Los neumáticos chirrían en señal de protesta cuando gira a la izquierda hacia Malibu Canyon, acelerando—. Solo tienes que decírmelo y te prepararemos los libros. Porque aquí mandas tú, ¿verdad?

Pongo los ojos en blanco en la oscuridad del vehículo. Para él, todo gira en torno al poder y el control. Es lo único que le importa. Y la percepción que la gente tiene de él.

Rindiéndome por segunda vez en solo dos minutos, dejo que mi mente vague sin rumbo fijo, tratando de alejar la ansiedad que me recorre las venas. Tratando de silenciar mis pensamientos intrusivos y tomar la decisión correcta.

El cielo se ilumina con brillantes relámpagos sobre nuestras cabezas, y los truenos me sobresaltan, haciéndome estremecer.

Suenan amenazadores, premonitorios. Durante un rato, contemplo por la ventanilla las paredes del cañón, que pasan veloces bajo los potentes faros del coche, mientras Paul conduce cada vez más rápido por la carretera desierta y sinuosa.

Ya no falta mucho.

—Esta noche has estado ridícula —dice, lanzándome una mirada furiosa—. Tus sospechas, tu actitud, todo.

Niego con la cabeza y desisto de decir ni una palabra en mi defensa. Es inútil; todo lo que intento con él acaba en derrota. Saco mi teléfono del bolso y escribo un mensaje rápido.

—¿A quién le envías mensajes a estas horas? Es casi medianoche.

Sus sospechas sobre mí serían divertidas si no fueran tan hirientes. Si él tiene en la cabeza otras mujeres, cree que yo hago lo mismo. No me conoce en absoluto.

—Se me ha olvidado decirle a la señora Higgins que nos íbamos —le digo.

—¿Quién?

—A la mujer mayor de nuestra mesa. Le he prometido que nos veríamos en el bar para tomar una copa de champán, y se me ha olvidado por completo.

Paul me mira con recelo mientras sigo escribiendo: «Acabo de irme. Lo siento mucho…». No hay respuesta, solo una notificación de que el destinatario lo ha leído.

Entonces le enseño la pantalla del teléfono a Paul.

—Aquí tienes, ¿quieres verlo tú mismo?

Él mantiene la vista en la carretera.

—Da igual —murmura Paul mientras guardo el teléfono en mi bolso.

—¿Qué? ¿Has conseguido coincidir con esa mujer? —le pregunto, incapaz de mantener la boca cerrada. Estoy rascando esta herida como si fuera una costra que pica, sabiendo muy bien que, cuanto más lo haga, más me dolerá.

—Por Dios, Amanda… ¿De qué mujer hablas?

—De la del vestido rojo, la que has estado devorando con los ojos durante toda la noche. ¿Le has pedido su número?

—¡Joder, Amanda! ¡Te lo he dicho mil veces!

Eso es lo que vende la televisión, las películas, las recaudaciones de fondos.

¡Cualquier cosa, en realidad! —Sus dedos se tensan sobre el volante.

El sistema del coche emite unos pitidos de advertencia cuando las ruedas rozan la doble línea que separa los carriles.

—¿Qué? ¿Buen periodismo?

—¡Sexo! —grita, mirando con ira la carretera que tiene delante.

El vozarrón en el espacio cerrado del vehículo en marcha me hace callar mientras él sigue gritando—.

¡Eso es lo que quieren ver! No les importa nada más que mi cara.

¡Eso es lo que tengo a mi favor, si quieres saber la verdad!

¡Vale más que mi título de periodismo y todos los reportajes de investigación que hago!

Nunca lo había visto así. Nunca había pensado que le importase, siempre y cuando fuera el centro de atención y consiguiese lo que quería.

—Pero ¿tienes que someterte a su dictado?

El coche pita y Paul invade el otro carril al acercarse demasiado rápido a una curva cerrada.

—Hijo de puta —murmura, reanudando su conducción a alta velocidad por las montañas de Santa Mónica tras regresar al carril derecho—. ¿Qué quieres que haga? ¿Dejar que Latesha Jones o Carly Crown nos coman el terreno? ¿Convertirme en su productor y hacerles los recados?

La ira se agita en mi interior. Soy incapaz de controlarla.

—¡Me gustaría que me mostraras algo de respeto! Al menos cuando estoy contigo y todos nos observan. A ti te admiran y te… desean. Pero a mí me miran con lástima o desdén. Como si fuera una especie de…

La silueta de una mujer aparece de la nada, una forma oscura sobre el fondo de los destellos de los relámpagos.

Grito una fracción de segundo antes de que el coche golpee el delgado cuerpo.

La peatona sale disparada contra el parabrisas y lo rompe.

Luego, rebota sobre el coche y aterriza en la carretera detrás de nosotros.

El vehículo frena con brusquedad y emite todo tipo de advertencias, con los neumáticos chirriando y rozando el asfalto.

El coche se detiene por completo, pero Paul no suelta el volante.

—¿Qué coño acaba de ocurrir?