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PAUL DAVIS
Soy la cara de las noticias de la noche y el cerebro que está detrás.
Soy el presentador principal, y hay una razón para ello.
Las noches que trabajo, los índices de audiencia de Nielsen suben, los ingresos por publicidad aumentan al menos un diez por ciento y tanto la audiencia como la participación se disparan.
Sí, admito que el incremento se debe sobre todo a las mujeres, y en secreto me alegro de ello.
Gracias a índices de audiencia así, hace dos años conseguí mi propio programa.
Se trata de una entrevista de quince minutos al final del telediario: La pregunta final .
No hay ningún copresentador, solo yo y la persona que elijo —con gran cuidado— para despellejarla o elogiarla esa noche, según me apetezca.
El programa ha tenido bastante éxito y ha aumentado aún más los índices de audiencia de la cadena.
Por eso Raymond Cook decidió ponerme bajo sus órdenes directas.
Fue un ascenso en toda regla y conllevaba más dinero, mucho más dinero.
Por desgracia, también conllevaba una relación de trabajo más estrecha entre Raymond y yo.
Esa parte no me gusta demasiado.
Lo detesto, y estoy seguro de que envidia mi popularidad, aunque a su balance financiero le encanta. Sin embargo, con independencia de lo que me pueda parecer, él sigue siendo el jefe. Él toma las decisiones. Todas. Y no deja de recordármelo.
Pero esa no es la única pega.
Mi antigua copresentadora, Carly Crown, está sentada a mi derecha.
Está muy elegante con un vestido azul zafiro de escote pronunciado, que atrae al instante la atención de todos los hombres de la sala.
Y también de algunas mujeres. Lleva el cabello rubio peinado con ondas sueltas y, esta noche, se parece al de mi esposa de forma perturbadora.
Quizá no era su intención, pero no lo descartaría.
De vez en cuando, su rodilla me roza el muslo.
En general, me gustan las interacciones que aparentan ser casuales, los roces no tan accidentales, las insinuaciones que tiñen nuestras conversaciones en el trabajo. Pero esta noche no. No con una Amanda cabreada sentada a mi izquierda. No quiero problemas en casa.
Me aparto y le lanzo una mirada de advertencia a Carly. Ella desvía la mirada hacia el escenario vacío, pero hay cierta tensión en sus labios que me dice que muy pronto me va a recriminar mi distanciamiento. Y no me va a gustar. Carly es un peligro mortal vestido de Pierre Cardin.
La mujer al otro lado de la mesa deja de hablar a mitad de la frase, cuando aumenta la intensidad de las luces del patio. Raymond sube al escenario y agarra el micrófono. La música ligera de fondo se apaga. Se aclara la voz y tose en el puño, por suerte, antes de que el micrófono se encienda.
—Gracias a todos por estar aquí con nosotros esta noche en la hermosa Malibú.
¡Qué escenario tan fantástico para una causa tan noble!
Espero que hayan disfrutado de la deliciosa cena tanto como yo, aunque debo admitir que el postre quizá haya estado demasiado bueno.
Si mañana no me cabe el esmoquin, ¡sabré a quién culpar!
La sala lo recibe con una carcajada. Se nota que la barra libre ha marcado la diferencia este año.
—Pero, antes de que termine la velada, llega el momento que todos estaban esperando. —Hace una pausa y el público se queda en silencio.
Ya era hora, joder.
Llevamos cuatro años haciendo esto y es la primera vez que me deja hablar. Me arreglo el nudo de la corbata una vez más, pero me abstengo de alisarme el pelo con las manos. Estoy listo.
No, no lo estoy. Le doy otro sorbo al bourbon . Ahora sí.
—Ella se dedica a salvar vidas —dice Raymond, señalando y mirando en dirección a Amanda.
Los focos lo siguen y nos iluminan. Mi mujer sonríe con timidez e inclina la cabeza—.
Como enfermera de cuidados intensivos que trabaja en el interminable campo de batalla de la conducción bajo los efectos del alcohol y las drogas, ella es la primera en ver la carnicería.
Ella les dirá que no todos sobreviven, incluso aunque la Unidad de Traumatología del Centro Médico Sunset Valley sea una de las mejores del país.
Ella ha sido testigo, una y otra vez, del dolor que una mala decisión tomada en una fracción de segundo puede causar a las familias.
Hace una pausa y luego centra su atención en mí.
—Él es una voz que inspira confianza en nuestra comunidad, que nos trae las noticias con integridad y compromiso.
Lo conocen bien; lo reciben en sus hogares a la hora de la cena.
Y, antes de que pongan las noticias para escuchar otra tragedia más que ha ensangrentado las calles de Los Ángeles, él se entera primero.
Investiga, descubre la verdad y se la transmite con todos los impactantes detalles.
—Es mi turno de sonreír y asentir con la cabeza en señal de reconocimiento—.
Juntos forman una pareja perfecta, que colabora para desempeñar un papel fundamental en el éxito de nuestra organización e impulsar un cambio crucial en la legislación, con la ayuda de todos ustedes.
¡Damas y caballeros, den la bienvenida a Amanda y Paul Davis!
Mi mujer y yo nos ponemos de pie mientras el público comienza a aplaudir.
Radiante, Carly elige este momento para colocarse bajo los focos y abrazarme, como si estuviéramos en los Óscar o algo así.
Se demora en el abrazo, llenándome las fosas nasales con su fragancia, y frota su cadera contra mí.
Me aparto con discreción, consciente de que todas las cámaras están enfocadas en nosotros.
Luego, le ofrezco el brazo a Amanda, que lo toma enseguida mientras caminamos hacia el escenario montado para la ocasión.
Se coloca a mi lado en el atril cuando cojo el micrófono. El público se calla y me mira; me encanta eso.
—Gracias a todos por estar aquí esta noche. Antes de ponernos serios, quiero compartir un chiste que me han contado hace poco. ¿Por qué se sentó el periodista encima del teleprónter? —Una pausa para crear efecto—. ¡Porque quería tener las noticias bajo control!
El público se ríe a carcajadas, y yo disfruto del momento. Luego, cuando las risas se calman, continúo:
—Muy bien, ahora que ya nos hemos reído, voy a contarles una historia —miro a mi mujer y ella asiente con la cabeza de forma casi imperceptible— sobre cómo fundamos Ciudadanos contra la Conducción bajo los Efectos del Alcohol y, sobre todo, por qué.
Fue cuando ambos nos dimos cuenta de que nuestros trabajos estaban demasiado relacionados con la muerte.
Para Amanda, eran las vidas que el increíble equipo de Sunset Valley no podía salvar, muertes sin sentido que se podrían haber evitado.
Para mí, era la letanía de incidentes que tenía que contarles a través de las noticias que les daba cada noche.
Ni un solo día de respiro en nuestra vida ni en la suya; ni un solo día sin tener que hablar de otro horrible «accidente» ocurrido aquí, en Los Ángeles.
—Dejo pasar un momento de silencio para que mi mensaje cale en el público—.
Esto tiene que acabar. Y ustedes pueden hacerlo realidad. Podemos hacerlo realidad. Juntos.
Mientras pronuncio estas palabras, las últimas de las cuales quedan ahogadas entre los entusiastas aplausos, mi garganta seca se muere por beber algo. En una mesa cercana al escenario, la belleza con el vestido rojo sin espalda me sonríe.
Establezco contacto visual y lo mantengo durante un momento. Su sonrisa se ilumina, inclina ligeramente la cabeza y me lanza una mirada cargada de significado.
Por un momento, me olvido de Amanda.
¿Quién sabe lo que nos deparará la noche? Por ahora, pinta bien.