Una pareja perfecta 2
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PAUL DAVIS

Dos semanas antes

«Qué barbaridad. Unas tetas así deberían ser ilegales».

Me toco brevemente el nudo de la corbata, deseando poder aflojarlo un poco. En cambio, acabo ajustándolo, un reflejo que tengo cuando sé que estoy ante la cámara. Solo que no hay ninguna cámara enfocándome. Todavía no.

Las cámaras se agolpan fuera del salón de baile, donde los invitados siguen llegando en sus lujosos coches y limusinas de alquiler para asistir a la gala benéfica anual de Ciudadanos contra la Conducción bajo los Efectos del Alcohol, organización que presido.

Aun así, debería centrarme en las personas sentadas a mi mesa, incluida mi mujer, Amanda.

Pero no… No puedo concentrarme en ninguna de ellas.

Solo en ella, la desconocida que ha captado mi atención en el momento en que hemos llegado al recinto.

Está cruzando el patio interior con un contoneo de caderas tan rítmico y suave que parece que estuviera bailando al ritmo de la ligera música que suena de fondo.

Su vestido de satén se ajusta a su perfecta figura, ceñido sobre sus pequeños y turgentes pechos.

Una alta abertura en la pierna me permite ver más piel de lo que a mi esposa le gustaría.

Menos mal que Amanda no está mirándome ahora mismo.

Está charlando con una mujer mayor sentada a su lado mientras yo me deleito contemplando a la desconocida, que no sospecha nada.

La mujer no mira hacia mí, y yo no estoy acostumbrado a que me ignoren.

A sentirme invisible. Odio cómo me hace sentir.

Casi quiero gritar: «Oye, estoy aquí», pero no tiene sentido.

Quedaría como un idiota. Mientras se dirige a la barra, se da la vuelta y puedo ver que el vestido es una maravilla sin espalda, que parece aferrarse solo a sus hombros…

y tan levemente que podría hacer que se le cayera con solo tocarla con un dedo.

La idea me turba. Me muevo en mi asiento. Y sigo mirando.

Su espalda es tan perfecta como todo lo que lleva. El vestido, de un tono rojo intenso, brilla bajo las tenues luces, drapeado con generosidad, pero ajustado sobre su trasero. Se hunde atrevidamente en la parte baja de su espalda impecable. No puedo apartar los ojos de ella.

Apuesto a que no lleva nada debajo de esa cosa.

Por un momento, imagino cómo sería tocar su piel suave y brillante.

Cómo se arquearía esa espalda formada a la perfección cuando la tomase por detrás.

Cómo me miraría después, tumbada exhausta sobre las sábanas arrugadas, con su cabello castaño y ondulado esparcido sobre mi almohada.

Desaparece de mi radar cuando un par de hombres la siguen y me bloquean la vista.

Probablemente se hayan sentido arrastrados por su estela; con sus copas vacías en la mano, la siguen como perros jadeantes al acecho.

Estoy a punto de acabarme la copa para darme una razón para visitar la barra a la que se dirige la desconocida, pero mi vaso se queda suspendido en el aire cuando noto la mirada de Amanda clavándose en mí con una rabia apenas contenida.

Se inclina hacia mí hasta que su aliento me toca la piel.

—¿En serio, Paul? —me susurra al oído, fingiendo una sonrisa para quienquiera que nos esté mirando en ese momento—. ¿Conmigo delante? ¿Con toda esta gente mirando?

Aprieto los dientes mientras dejo el vaso sobre la mesa. Detesto que me regañen como si tuviera cuatro años.

—No he hecho nada —contesto con voz grave, odiándome a mí mismo por decirlo, por poner excusas.

Ella no responde; se limita a quedarse ahí sentada, sonriendo, fingiendo que todo va bien, pero el pecho se le agita y el labio inferior le tiembla un poco.

De todos modos, sigo enfadado. Reconozco que me cabreo con facilidad.

Doy un sorbo de bourbon para ocultar mis emociones y finjo prestar atención a lo que me cuenta una mujer de mediana edad, demasiado enjoyada, al otro lado de la mesa para diez personas.

Sin embargo, es inútil; estoy demasiado frustrado como para que me importe.

Ella sigue hablando sin parar sobre un sobrino suyo que murió, y yo me veo obligado a quedarme aquí sentado, asintiendo y aguantándola.

Me mira con ojos dulces y temo que pronto vomitaré.

Me quito el mal sabor de boca con más bourbon y sigo sonriendo y asintiendo de vez en cuando mientras ella cuenta su interminable historia. Muy pronto, me extenderá un cheque.

Por eso estoy aquí, para la recaudación de fondos anual de Ciudadanos contra la Conducción bajo los Efectos del Alcohol , organizada en el elegante patio interior de la universidad.

La amplia sala está lujosamente decorada, con cascadas de flores blancas colocadas en cada mesa para diez personas, situadas en el centro de finos manteles blancos.

Estamos sentados en sillas adornadas con cintas de raso.

Las innumerables luces brillan tenuemente sobre nosotros desde modernas lámparas led similares a candelabros, con intrincadas capas de prismas cristalinos que centellean con destellos de arcoíris.

No son las monótonas luces fluorescentes del patio de la universidad que recuerdo de mis visitas anteriores.

Deben haberlas sustituido para esta noche.

Esta vez se han esmerado de verdad. Estoy impresionado.

El sonido de la risa de mi mujer me llama la atención.

Está preciosa esta noche, con su largo cabello rubio perfectamente peinado, y acapara la atención de al menos dos hombres.

Y se supone que a mí debe parecerme bien.

Como si pudiera leerme la mente, posa la mano en mi antebrazo.

Me aparto de forma instintiva, ya que la idea de que me vean como el apéndice de mi mujer me molesta muchísimo.

El aire vibra con conversaciones en voz baja y ocasionales carcajadas de borrachos. Porque, por supuesto, ¿qué es más apropiado para un evento de una organización de defensa de la sobriedad que una barra libre?

El evento ha contado con el generoso patrocinio de Golden State Broadcasting, la cadena de televisión para la que trabajo, que también lo ha anunciado de forma gratuita.

Se aseguran de que todos los invitados puedan permitirse aflojar al menos un par de miles de dólares por la comida gourmet de cuatro platos y la barra libre.

Y por el privilegio de alternar con gente de la televisión y las pocas estrellas de Hollywood que asisten, y tal vez hacerse un selfi con alguien famoso.

Y, como presidente de Ciudadanos contra la Conducción bajo los Efectos del Alcohol durante los últimos años, estoy en el centro del tinglado, a punto de subir al escenario para el discurso final de la velada, en cuanto los invitados se terminen el postre.

Sin embargo, estoy cabreado como un burro.

Mi jefe, Raymond Cook, presidente y director ejecutivo de Golden State Broadcasting, es un calvo egocéntrico y torpe.

Este año, el cuarto en la dolorosa historia de su evento favorito, decidió que las personas más prominentes de la cadena se sentaran con donantes aleatorios, para entablar conversación con ellos, animarlos a empinar el codo y tenerlos encandilados para cuando firmaran los cheques.

Al menos ha sido justo: él también se ha sentado con donantes.

Pero no tiene a mujeres imposibles de follar babeando por él mientras su esposa está a su lado.

Y eso no es porque no esté casado. Es porque nadie sabe quién es Raymond Cook en realidad. Y a nadie le importa.

Pero ¿Paul Davis? Eso es otra historia.