Una pareja perfecta
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AMANDA DAVIS
«He matado a un hombre».
Estas palabras surrealistas me llenan la mente, resonando en un temblor que me debilita el cuerpo.
Con los ojos como platos, observo el cuerpo que yace inmóvil al pie de las escaleras, con la incredulidad aferrándose a mí en pensamientos dispersos y respiraciones ansiosas.
Cuando empiezo a asumir la realidad, jadeo en silencio y me tapo la boca para sofocar un sollozo.
«No puede ser verdad. No puede estar muerto».
Pero veo que es del todo real. Lo veo en su cuello, torcido y doblado hacia un lado en una postura imposible.
En el repugnante crujido de huesos rotos que se ha oído justo cuando ha caído sobre el suelo de madera después de rebotar por la empinada escalera.
En el charco que se está formando con la sangre que brota poco a poco de su cabeza y que brilla con un color burdeos bajo la luz amarillenta que proviene de la lámpara de pie junto a la puerta.
Un ruido fuera me sobresalta. Viene alguien.
Me quedo paralizada en lo alto de las escaleras, agarrada al pasamanos y con los nudillos blancos mientras los pasos se acercan.
Entonces, en el marco oscuro de la ventana del salón, aparece el perfil de una mujer, con el rostro tenuemente iluminado al pasar. No gira la cabeza para mirar dentro.
Respiro.
Pero también me doy cuenta de que alguien podría haber visto lo que ha ocurrido. Un transeúnte. Un vecino. Cualquiera.
Me obligo a llenar los pulmones de aire para calmar los nervios.
Aún agarrada al pasamanos para apoyarme, bajo las escaleras con cuidado de no resbalar, como si su caída pudiera repetirse de alguna manera y sellar mi destino en una simetría vengativa, mi cuerpo junto al suyo.
Aguanto la respiración mientras me acerco, con la absurda esperanza de que aún esté vivo y, a la vez, que temiendo que así sea.
Cuando vuelvo a respirar, el olor metálico de la sangre me invade las fosas nasales, llenándome de pavor.
Corro hacia la ventana y bajo la persiana, luego atisbo hacia fuera entre dos lamas. La calle está inquietantemente desierta y silenciosa. Por ahora.
Me agacho a su lado y le busco el pulso con los dedos entumecidos. Tocar su piel me quema, me produce un cosquilleo en la nuca, como si pudiera despertar de la muerte y agarrarme por la temblorosa muñeca.
No hay pulso.
Su polo de golf está empapado de sangre en el cuello y tiene un ligero olor a aftershave , aunque su rostro muestra una barba de dos días.
Tiene el cráneo fracturado por donde ha debido golpearse contra el borde de un escalón; la hendidura es visible a través de su pelo rapado, a pesar de la laceración sangrante.
Con disgusto, deslizo los dedos hacia un lado y le palpo el cuello, haciendo una mueca de dolor al encontrar la vértebra protuberante, señal de una fractura en la columna cervical que le ha provocado una lesión medular mortal.
Ha muerto en el momento en el que ha chocado contra el suelo.
Estoy más que cualificada para llegar a esa conclusión. Sin embargo, eso no cambia cómo me siento. Insegura. Asustada. Inestable. El corazón me late con fuerza y mi pecho se oprime, como si las paredes de la habitación se acercaran cada vez más, a punto de arrebatarme la vida.
El sonido de un coche que se acerca me hace correr hacia la ventana. No reduce la velocidad hasta que llega a la esquina y gira, tiñendo la oscuridad de la pequeña calle de las afueras con los brillantes tonos rojos de las luces traseras.
Me doy la vuelta y miro el cuerpo, sin saber qué hacer.
Sus ojos siguen abiertos, como si me atravesaran con su mirada hipnótica y sus pupilas dilatadas.
Me hiela la sangre en las venas. Me agacho y le cierro los párpados deprisa, rozándolo apenas con las yemas de mis dedos temblorosos, ansiosa por poner distancia entre él y yo.
Me levanto con rapidez y doy un paso atrás, incapaz de apartar la mirada de él.
Una parte de mí todavía espera que se levante y me agarre, que me empuje contra la pared y luego ponga las manos alrededor de mi garganta y apriete hasta que mi mundo se oscurezca. Tal como está el suyo ahora.
Pero no se mueve. Está muerto.
Lo he matado yo .
Me siento abrumada por la enormidad de lo que he hecho. ¿Cómo he permitido que sucediera esto?
Parece que no tenía otra opción, pero la verdad es que sí la tenía, y me equivoqué al elegir. Esa decisión que me ha cambiado la vida no ocurrió hace unos momentos, cuando lo he empujado por las escaleras.
No.
Ocurrió antes. Mucho antes.
Y ahora tengo que afrontar las consecuencias de lo que he hecho.
Mi primer pensamiento es huir, alejarme todo lo posible del cuerpo que yace en el suelo encharcado de sangre. Pero no tengo escapatoria. No ahora. No sin un plan.
Al caminar hacia atrás, mi talón choca contra el último peldaño de la escalera y casi tropiezo. Me deslizo hasta quedar sentada. Para tener un momento de tregua, apoyo los codos en mis temblorosas rodillas y escondo la cara entre las manos, evitando así la espantosa escena.
Quizá pueda retrasarlo todo unos días antes de que vengan a por mí, porque sé que vendrán.
Aferrándome a ese atisbo de esperanza, mi mente empieza a funcionar.
Levanto la cabeza, cansada, y miro a mi alrededor, buscando cualquier cosa que me sirva para ganar tiempo, pero no tengo demasiado a lo que agarrarme.
Una cosa está clara: tengo que deshacerme del cadáver.
Necesito ayuda.
Es enorme, mide al menos un metro noventa y es corpulento, pesará unos ciento diez kilos.
Eso era lo que me gustaba de él…, la fuerza, la agilidad, la aparente vitalidad y la confianza en sí mismo.
Yo, en cambio, no soy tan alta y peso sesenta y cinco kilos como mucho, eso en un mal día en el que esté hinchada.
Intento agarrarle la pierna para comprobar mi fuerza, pero me detengo antes de tocarle el tobillo.
Es inútil siquiera intentarlo. En el trabajo, se necesitan seis personas para transferir a un paciente de su tamaño de una camilla a una cama.
Saco mi teléfono y lo enciendo. La manzana mordida se ilumina en blanco en la pantalla negra y luego desaparece, dejando espacio para una foto de mi hijo.
Tristan acaba de cumplir nueve años; tomamos esta foto el verano pasado en el muelle de Santa Mónica.
Ver sus penetrantes ojos azules tocados por su encantadora sonrisa hace que me cueste reprimir las lágrimas.
¿Y si lo pierdo? ¿Y si me encierran y no vuelvo a verlo nunca más?
No soporto esa idea. Un dolor hueco y ardiente se me abre en el pecho, tragándoselo todo. No… No puedo perder a mi hijo. Eso no va a pasar. Cueste lo que cueste.
Alejo los pensamientos sombríos y respiro hondo mientras tecleo el código de acceso de mi teléfono. La cara de Tristan desaparece de la pantalla.
«Todo irá bien». Pero las palabras que me digo a mí misma no logran tranquilizarme.
A medida que la pantalla se llena de aplicaciones, me doy cuenta de que solo hay una persona a la que puedo llamar para pedirle la ayuda que necesito. La única persona a la que preferiría no volver a llamar ni ver nunca más. Mis dedos titubean mientras busco el nombre en la lista de contactos.
Dudando, vuelvo a mirar el cuerpo caído, preguntándome desesperadamente si hay otra manera.
No la hay.
Me preparo para las preguntas que están a punto de llover sobre mí como balas de ametralladora, despiadadas y frías, atravesándome en una rápida sucesión.
Entonces hago la llamada, consciente de que, tan pronto como cuente lo que he hecho, no habrá vuelta atrás. Toda mi existencia estará a merced de otra persona. De alguien en quien sé que no puedo confiar.
Mientras suena el teléfono en mi oído, reflexiono con amargura sobre las últimas semanas y sobre todo lo que ha sucedido.
Nunca quise que ocurriera nada de esto.
Lo único que quería era divorciarme.