Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo catorce — El sofá de Daniel
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Capítulo catorce — El sofá de Daniel

El sofá de Daniel tiene una sola regla, y Daniel te la recita antes de que dejes la maleta, con la mano en el respaldo como un alcalde en la inauguración de un puente:

—Mi sofá no es un hotel —dice—. Es una tesis doctoral con patas.

Tiene tema, tiene metodología, y tiene defensa pública, que es esta conversación.

La regla es una: aquí no se miente. No porque sea ilegal, que no lo es, sino porque me desconcentra.

Yo trabajo desde casa, Álvaro, y las mentiras de los demás me desconcentran más que las mías.

—¿Y si no quiero contar lo que me pasa?

—Entonces no mientas —dice Daniel—. Di «no quiero contarlo». Que es la única frase que no es una mentira. —Señala el sofá, que es de ciento ochenta y que ya conocía—. Eso está permitido. Ahora, si me dices «estoy bien», tenemos un problema de compatibilidad.

Así me recibió Daniel, el viernes por la mañana, en su piso de dos habitaciones de la calle de atrás, con la mesa del salón cubierta de tres pantallas y una planta que Boole usa de observatorio.

Boole, la gata, me olisqueó desde la estantería con ceño de archivadora de delitos, y Daniel le presentó el caso con la seriedad de un notario:

—Boole, este es Álvaro. Viene a quedarse unos días. No le arañes.

—Me va a arañar —dije.

—Le va a arañar —dijo Daniel, sin bajar la voz, porque Daniel no baja la voz ni para mentir—. Es lo que hay. Tolerancia cero a las mentiras y tolerancia total a los arañazos de la gata. Los dos extremos de la misma línea.

Yo no dije «estoy bien». Dije «no quiero contarlo», que era la frase permitida, y Daniel asintió y me hizo la cama en el sofá con eficiencia de montaje, y me dejó solo, que era lo único que necesitaba y la única cosa que Daniel da sin que se la pidas: la soledad organizada.

Aquella primera mañana en su casa, Daniel trabajó delante de las tres pantallas y yo miré el techo del salón, que era blanco y liso y no tenía grietas con forma de rio seco, y eché de menos la grieta con una violencia que no supe explicarme.

Boole bajó de la estantería una vez, me miró, calculó algo, y volvió a subir.

Daniel me vio mirando el techo y dijo, sin apartar la vista del código: «El techo es lo último que se conoce de una casa.

Date tiempo.» —Y tuvo razón: el techo de Daniel me llevó tres días de sofá y tres noches de las tres para ser mi techo.

El viernes pasó como pasan los días cuando uno se ha roto por dentro y tiene que fingir que camina.

Comí en silencio. Miré el móvil sin tocarlo.

Manolo, desde lejos, se me hizo un fantasma: la pared de la casa de Daniel era gruesa y no transmitía nada, ni gemidos de tubería ni el ruido de una contable que no duerme, y el silencio de la casa ajena era el silencio más ruidoso que había conocido.

Por la tarde salí a la calle, porque el sofá doctoral de Daniel se me quedaba estrecho en la cabeza.

Caminé por el barrio sin rumbo, que es el único rumbo que tienen los que se van: la calle del Pez vacía a las cinco de la tarde, la terraza del bar con las sillas puestas pero sin nadie, la frutería de la esquina con su luz de siempre, las persianas bajadas de los ausentes.

En el portal del doce me paré sin querer, enfrente del buzón del segundo, que seguía vacío, y de la mesa donde la administración dejaba las cosas, que ahora estaba despejada.

No subí. No bajé al bajo. Me quedé allí como se queda uno delante de una casa donde ya no vive, que es el peor museo que existe: el que tiene todas tus cosas dentro y ninguna fuera.

En la librería del Olmo me detuve delante del escaparate, y el librero, que me vio desde dentro, salió a la puerta con su paño y su cara de siempre.

—¿Ha escrito ya? —preguntó.

—Ciento cuarenta y tantas páginas —dije, que era la primera vez que lo decía en voz alta a alguien que no era Diana.

—Pues venga cuando acabe —dijo él—. Que los que venden los buenos siempre vuelven. Lo malo es que casi nunca vuelven a tiempo.

Volví a casa de Daniel con el anochecer, y me senté en el sofá que no era un hotel, y esperé a que fueran las tres, que era mi hora de siempre y la única cita que no me había fallado en años.

La noche me levanté a las tres, como me levanto siempre.

La cocina de Daniel era pequeña y moderna, de las de pisos de alquiler de los últimos años: sin historia, sin lamparita baja, sin una silla que cojee, sin nada que recordara a nada.

Me senté a la mesa con un vaso de agua —el té no existía, Daniel era de café a todas horas— y abrí el correo del archivo, por costumbre, la carpeta con mis peores reseñas ordenadas por gravedad.

Lo primero que noté fue el silencio de la nevera ajena.

La nevera del bajo tenía un zumbido de siempre, doméstico, conocido, que formaba parte de la cocina de las tres como forma parte de un coro el instrumento que menos suena.

La nevera de Daniel zumbaba distinto: más fino, más moderno, más correcto.

Y ese zumbido correcto fue lo primero que me hizo comprender que no estaba en mi cocina: no en la nuestra, quiero decir.

La de las tres. La de la cláusula no escrita de la manzanilla y los dos silencios.

Y no pude leerlas.

No porque dolieran —dolían, dolían como siempre—, sino porque ya no servían.

Los correos decían lo de siempre, con sus palabras de siempre: «lamentablemente», «promesa que se retrasa», «corona de cartón».

Los leí con la atención de quien lee la prensa de otro país, y la pena que producen esos correos se me antojó de segunda mano, la pena de una casa que ya no era la mía.

Porque en la casa de Daniel, a las tres de la mañana, la carpeta de mis peores reseñas se había quedado vieja: la reseña que importaba ahora no estaba en ninguna carpeta.

La había escrito yo, en el margen de un contrato que había dejado en una nevera: «Cláusula cero, redactada por dos, rota por dos.

» Y debajo, en la crítica más breve y más justa que se me había hecho jamás, la que ningún lector de Albacete podría igualar: «Leíste su ayuda como lástima.

Tres años escribiendo sobre la soledad y no viste la cocina de las tres hasta que la tuviste enfrente. »

Esa era la reseña que me levantaba a las tres. La mía. De uno de los míos, como en los clubes: la crítica escrita por el autor, la que no tiene réplica, la que no se puede tachar en negro porque ya está escrita a rotulador.

Cerré la carpeta del archivo a las tres y cuarto, y no la volví a abrir en toda la estancia.

Eso también conste: la costumbre de tres años no se rompió con fuerza de voluntad; se rompió con una cocina ajena y una reseña mía, que es como se rompen las costumbres de verdad: por sustitución, como los sistemas de Daniel.

El sábado Daniel me dibujó el diagrama.

Antes del diagrama hubo el desayuno, que Daniel preparó con la puntualidad de sus sistemas: café medido por cucharadas, tostadas por tiempo, y Boole observándonos desde la encimera con la tolerancia cero de siempre.

Yo conté lo justo —que me había ido del bajo, que había una pelea, que no quería contarlo— y Daniel aceptó el «no quiero contarlo» como se acepta un parámetro válido: sin forzarlo.

Pero cuando me pilló mirando el móvil por quinta vez en diez minutos —mi banco, la aplicación abierta desde el jueves como una ventana a la que no se asoma nadie: el cargo de la derrama no llegaba y no iba a llegar, porque el resguardo decía «con cargo al fondo comunitario» y yo había estado en la junta en que el fondo tenía dos mil ciento doce euros con cuarenta; alguien había adelantado la diferencia, y el nombre de ese alguien no constaba en ningún papel, y la deuda seguía colgada en los libros de la comunidad, esperando firma—, Daniel, que no tolera los sistemas mal explicados, se levantó, cogió una servilleta y un rotulador de pizarra, y dibujó.

—Mira —dijo, dibujando un cuadrado—. Esto eres tú.

—Dibujó una flecha de entrada—. Esto es lo que entra: orgullo.

—Otra flecha de salida—. Esto es lo que sale: te quedas solo.

—Me entregó la servilleta—. Es un sistema perfecto.

Funciona sin fallos desde hace veintitrés años.

El problema no es que esté roto, Álvaro. El problema es que funciona.

Miré la servilleta un rato largo.

—¿Y cómo se rompe?

—Los sistemas que funcionan no se rompen —dijo Daniel, recogiendo el rotulador con el cuidado de un coleccionista de definiciones—.

Se sustituyen. Tú decides qué entra y qué sale.

Si entra orgullo, sale soledad. Si entra otra cosa, sale otra cosa.

—Se encogió de hombros—. Es ingeniería de sistemas aplicada a la vida, que es la única ingeniería que me sé de memoria. Irene me la hizo aprender.

—¿Y qué es la otra cosa?

Daniel me miró con cara de ya haber contestado y no pensar repetirlo.

—Eso —dijo— ya lo sabes. Si no, no estarías mirando tu banco en mi salón esperando un cargo que no llega.

Le di la razón con la servilleta en la mano, que era la manera de Daniel de ganar debates: con la geometría. Me guardé la servilleta en la libreta, entre la página tachada de la primera cláusula cero y la página limpia, que era donde correspondía archivar las cosas que uno aprende tarde.

Aquella misma tarde, Daniel se fue a ver a Irene al bar —«que las tortugas necesitan aire», dijo, y yo entendí que las tortugas éramos nosotros—, y me quedé solo con Boole, que aprovechó la ausencia de su dueño para declararme la guerra abierta: me dedicó media hora de vigilancia desde la estantería, tres acercamientos de reconocimiento y un bufido final de resolución.

Le dejé el cuenco con agua fresca —que era lo único que sabía hacer por una gata que me odiaba— y ella bebió mirándome, que en Boole era el equivalente a decir que el agua estaba aceptable y yo seguía sin ser aceptado.