Capítulo trece — Facturas #3
Antes de cerrar, volvió a la cocina. No me miró: se acercó a la nevera, despegó con cuidado el contrato de convivencia con sus anexos —la hoja doblada, los bordes gastados de un verano de imán—, y escribió algo en el margen con su boli rojo de urgencias.
Lo dejó sobre la mesa, alineado con el borde, junto a mi taza del asa grande, y salió.
Cuando los goznes de la puerta hicieron su ruidito, me acerqué al margen del contrato. En la hoja doblada, debajo de las ocho cláusulas y los dos anexos y la cláusula cero que él se había tachado aquella primera noche, había escrito, con la letra de las cosas serias:
«Cláusula cero, redactada por dos, rota por dos.»
Lo leí tres veces —tres, siempre tres— y en la tercera entendí lo que no había entendido en la primera ni en la segunda: que él no me acusaba de haber roto el contrato.
Me acusaba de haber roto la cláusula que ninguno de los dos había escrito, la que estaba por escribir, la de la página donde él por fin se lo contaba todo.
Yo le había robado esa página. Lo había pagado para no tener que leerla.
Abajo los faros de un coche en la calle. Daniel, supuse. La puerta del portal. El coche arrancando, despacio, con el cuidado de transportar algo ya roto sin romperlo más. Y la casa entera quedándose del tamaño de una factura.
Bajé al bar a las once. No sabía qué otra cosa hacer con el cuerpo, y los cuerpos en los días de las facturas se dejan donde hay luz y gente.
Irene me vio entrar, me vio la cara, y no me preguntó nada, que era su primer don.
Me sentó en la barra, me sirvió un vaso de agua que no pedí, y se puso a fregar vasos a mi lado, despacio, con el ruido de siempre, que es el mejor ruido del mundo para los que tienen la cabeza rota.
Nos quedamos así un rato, ella fregando y yo con el agua intacta, y el bar cerrado a nuestras espaldas con toda su paciencia de local que ha visto de todo y por eso no se asusta de nada.
La obra, del otro lado del trasbar, llevaba semanas de silencio de acabados: el local nuevo esperaba su reapertura como una frase que ya tiene todas las palabras menos la última.
Yo miraba las luces nuevas del techo —las que íbamos a estrenar en septiembre— y pensaba que había salvado el edificio entero para no poder salvar una cocina de las tres.
—Se fue —dije al final.
—Ya —dijo Irene. Y siguió fregando.
—Le pagué la derrama sin que lo supiera. Y ahora es como si le hubiera… comprado algo que no estaba en venta.
Irene dejó el vaso en el escurreplatos. Se secó las manos con el trapo, despacio, y me dijo la única cosa que se podía decir, que no era un consejo ni un consuelo:
—Llora si quieres —dijo—. Pero el grifo no se cierra solo.
Y me pasó el trapo, y me quedé con el trapo en la mano mirándolo, porque era verdad: el grifo no se cierra solo, ninguno de los dos, ni el del fregadero ni el otro, y yo tenía delante una noche entera para aprender a cerrarlo.
Blanca vino a las doce, cuando Irene hubo cerrado. No dijo nada: cruzó el bar, vio el contrato doblado que yo había llevado conmigo sin saber por qué, lo desdobló, leyó la última línea del margen, y lo guardó en su carpeta. Su carpeta, la de las juntas, la que no se tira.
—Esto no se tira —dijo ella, cerrando la carpeta—. Los documentos de los contratos rotos se guardan, que es donde más enseñan.
—Blanca, ¿lo he perdido?
Blanca me miró con esa mirada suya que no es cruel ni amable: es exacta.
—Has pagado una deuda sin decirla —dijo—. Las deudas sin decir se pagan dos veces, y la segunda es la que duele. Lo demás, ni yo lo sé. —Se fue, y en la puerta se detuvo—. Duerme, socia. Mañana empieza lo de las facturas de verdad.
A las tres de la madrugada me levanté por costumbre, por el cierre de las tres, y fui a la cocina.
La cocina estaba vacía. La lamparita, apagada. El té que me había hecho a las doce —por costumbre, dos tazas, costumbre de dos meses— estaba en la tetera, frío, nadie lo había tocado. Manolo gimió una vez, abajo, en su tubería, y por primera vez en todo el verano nadie se levantó a ver qué gemía.
Me senté en la oscuridad con las dos tazas frías delante, y cerré el día como pude, que fue mal.
Hice el recuento de los cierres: la caja del bar había cuadrado, porque la caja siempre cuadra, que es su única manera de querernos; la ficha técnica del edificio seguía al día, porque los edificios no se van; la operación del fondo constaba abonada y en regla, porque los papeles no lloran.
Y sin embargo la casa entera —la de las paredes, la de las dos tazas, la de la cocina de las tres— estaba descuadrada de una manera que no aparece en ninguna tabla, en la casilla donde uno apunta lo que no sabe contar.
Abrí la libreta roja. Busqué la pestaña del Expediente Álvaro Reyes para cerrarlo —los expedientes se cierran, es la regla—, y no lo cerré. Lo dejé abierto, en la última página, y escribí la única línea que salió:
«Hoy no ha cuadrado nada. Ni siquiera el silencio.»
Y debajo, en letra más pequeña, la frase que no le enseñaría a nadie, ni a Irene, ni a Blanca, ni al papel de la libreta roja que ya sabía demasiado de mí:
«Le enseñé que pedir ayuda no es perder, y me olvidé de pedirla. Mañana empiezo a aprender. No sé cómo se pide. Sé contar. Ya veremos cuánto vale una sin la otra.»