MAURICE
En el patio, dos albañiles mezclaban mortero junto al ala norte y un restaurador trabajaba desde una plataforma bajo la arcada, en la zona de yeso dañada tras el ataque.
Desde el taller llegaba el sonido de una radial que arrancaba, se detenía y volvía a arrancar; seguramente el hermano que la utilizaba seguía negándose a admitir que había que cambiar el alargador.
Más allá de los edificios, el viñedo descendía hacia el valle en hileras verdes, con franjas de tierra clara entre ellas, y solo se veía a quienes trabajaban allí cuando se incorporaban entre las vides.
El monasterio funcionaba.
—¿Quién lo ha movido?
El capataz, un hombre de hombros anchos con un casco blanco cubierto de polvo, miró hacia abajo desde el primer nivel.
—¿Qué?
Maurice señaló las patas metálicas.
—El andamio.
—Nosotros.
—Eso ya lo veo. ¿Por qué?
El hombre bajó por la escalera y se quitó los guantes.
—No podíamos trabajar en la esquina. El soporte antiguo sobresale demasiado y estorba.
Maurice miró la pared y después el plano plastificado sujeto a la valla provisional.
—¿Lo aprobó el restaurador?
—El restaurador no tiene que aprobar el andamio.
—No el andamio. El acceso a la piedra.
—Maurice, si lo hubiéramos dejado donde estaba, habríamos perdido medio día.
—Y ahora estáis tapando la zona que tiene que fotografiar antes de intervenir.
El hombre miró la pared y luego la plataforma.
—No estamos tapando nada.
Maurice dio dos pasos hacia un lado.
—Desde aquí no.
El albañil se acercó, miró desde el ángulo que Maurice señalaba y soltó una maldición entre dientes.
—Vale. Lo moveremos.
—Ahora no.
—Acabas de decirme…
—He preguntado por qué lo movisteis. Si volvéis a moverlo antes de terminar esta sección, perderéis otra hora. Llama al restaurador y mira si puede hacer las fotografías desde la plataforma. Si no puede, movedlo después de comer.
El hombre volvió a ponerse los guantes.
—Podrías haber dicho eso desde el principio.
Maurice lo miró.
—Al principio no lo sabía.
El albañil lo observó un instante, quizá intentando decidir si era una broma, y luego llamó a gritos al restaurador.
Maurice se dirigió hacia la bodega.
Junto al antiguo taller, donde una de las puertas había sido arrancada durante el ataque y después sustituida, aún se apreciaba una diferencia de color entre la madera nueva y la piedra antigua.
Quedaban dos marcas en la pared que los restauradores se negaban a tocar hasta que terminara la evaluación estructural, y una de las ventanas seguía teniendo el marco provisional instalado en mayo.
Al principio, cada marca le había molestado.
Después había empezado a ver aquellas cosas como veía una teja rota o una tubería con una fuga: problemas que requerían tiempo, dinero y a la persona adecuada, no símbolos sobre los que reflexionar cada vez que pasaba por delante.
En la bodega hacía más fresco, y el olor a piedra húmeda y vino hizo que redujera el paso instintivamente.
Habían retirado dos de los depósitos dañados, sustituido la bomba destruida por una de segunda mano y la línea de embotellado volvía a funcionar, aunque a veces el operario tenía que golpear la carcasa lateral para que arrancara el sensor.
Maurice lo había sorprendido haciéndolo una semana antes.
Le había dicho que dejara de golpear la máquina.
El operario le había dicho que sin el golpe no arrancaba.
Maurice le había dicho que reparara el sensor.
El operario le había explicado que la pieza costaba trescientos ochenta euros.
Desde entonces, Maurice había dejado de preguntar por qué de vez en cuando se oía un golpe procedente de la línea de embotellado.
El hermano encargado de los registros de producción se acercó con una hoja de papel.
—El lote de ayer.
Maurice la cogió.
—Faltan setenta y dos botellas.
—No faltan. Están en la tienda.
—Entonces faltan en la hoja.
—Las apunté aparte.
—¿Dónde?
El hombre señaló el reverso.
Maurice dio la vuelta a la hoja.
—¿Por qué están aquí?
—Porque no quedaba sitio.
—¿En el papel?
—En la tabla.
Maurice lo miró y sacó el lápiz.
—La próxima vez, usa otra hoja.
—¿Por setenta y dos botellas?
—Por cualquier cosa que no quepa.
—A veces creo que tienes una relación poco sana con las tablas.
Maurice corrigió el total.
—Probablemente.
El hermano siguió a su lado, lo que significaba que había algo más.
—Ha llamado el comprador.
El lápiz se detuvo.
—¿Cuál?
—El que firmó.
—Entonces ya no es el comprador. Es el cliente.
—Vale. Ha llamado el cliente.
—¿Qué quiere?
—Adelantar cuatro días la próxima entrega.
Maurice levantó la vista.
—No.
—Dice que pagará el transporte adicional.
—El transporte no es el problema. Embotellamos el siguiente lote el miércoles y las etiquetas llegan el martes.
—Quizá podamos hacer que lleguen antes.
Maurice miró la máquina que necesitaba un golpe para arrancar.
—No.
El hermano levantó las manos.
—Solo te lo estoy diciendo.
—Lo sé. Dile que podemos adelantarla dos días, no cuatro, si lo confirma mañana.
—Entonces no es «no».
Maurice dobló la hoja.
—Ahora son dos días.
—Va a disfrutar negociando contigo.
—No tiene por qué.
El contrato se había firmado a finales de junio, después de casi dos meses de conversaciones en las que la oferta inicial se había reducido cada vez que los compradores descubrían otro detalle sobre los daños, los retrasos o la necesidad de dinero del monasterio.
Novecientos mil se habían convertido en setecientos cincuenta mil, luego en seiscientos mil y después en una oferta que Maurice rechazó una mañana y aceptó, con pequeños cambios, dos días más tarde.
Algo más de cuatrocientos cincuenta mil euros.
Sabía cuánto habían perdido respecto a la conversación inicial y también que las personas al otro lado de la mesa se habían aprovechado de las circunstancias. No le había gustado, y entender por qué lo habían hecho no cambiaba nada.
Había firmado.
Con el dinero habían pagado parte de las deudas, las obras urgentes, los sistemas eléctricos dañados, materiales para el tejado y el anticipo del equipo de restauración.
No había quedado dinero para cubrirlo todo, algo que no sorprendió a nadie salvo a un hermano muy joven que preguntó sinceramente qué iban a hacer con «el resto del dinero».
Maurice le enseñó la lista de facturas.
El joven no volvió a preguntar.
Salió de la bodega y se detuvo al borde del patio al oír un motor acercándose por la carretera principal.
Ahora llegaban vehículos todos los días, sobre todo desde que habían empezado las obras, y su primer reflejo ya no era el de las semanas posteriores al ataque, cuando cualquier motor que sonara demasiado potente le hacía levantar la cabeza.
Aun así, levantó la cabeza.
Un coche oscuro entró por la puerta, redujo la velocidad junto al edificio administrativo y avanzó unos metros hasta encontrar sitio entre la furgoneta de un contratista y el pequeño coche eléctrico del monasterio.
Detrás apareció una Iveco Daily tan larga que el conductor tuvo que tomar el giro en dos maniobras.
Maurice se quedó donde estaba.
El coche se detuvo.
Se abrió la puerta del conductor y Patrick bajó con gafas de sol, una camisa con el primer botón desabrochado y unos pantalones demasiado limpios para aquel patio polvoriento.
Tenía mejor aspecto que en abril, que fue lo primero que Maurice advirtió, aunque había perdido algo de peso y llevaba el pelo más largo de lo habitual.
Patrick cerró la puerta, lo vio y sonrió.
—Al menos podrías fingir que estás sorprendido.
Maurice se acercó.
—Lo estoy.
—No se nota.
—He visto la furgoneta.
—La furgoneta no explica nada.
—Precisamente por eso estoy sorprendido.
Patrick se quitó las gafas de sol.
—Yo también te he echado de menos.
Maurice se detuvo delante de él. Los dos vacilaron, como si los últimos meses todavía no hubieran salvado los dieciocho años durante los que lo más cerca que habían estado de tocarse había sido a través de una línea telefónica.
Patrick se movió primero.
Maurice lo abrazó.
Su hermano lo estrechó con más fuerza de la que esperaba, y Maurice percibió en su camisa olor a carretera, colonia y café. Le apoyó una mano en la espalda y permaneció así un momento, hasta que Patrick se apartó y se aclaró la garganta.
—Vale. Eso ha estado… bien.
—Sí.
—No lo analices.
—No lo estaba haciendo.
—Tiene mejor aspecto.
Maurice siguió su mirada.
—Algunas partes.
—¿Cuánto os queda?
—Depende de lo que incluyas.
Patrick empezó a reír.
—Había olvidado que no se pueden hacer preguntas generales.
El conductor de la Iveco bajó y se acercó a ellos.
—Señor Laurent, ¿dónde lo pongo?
Los dos contestaron casi a la vez.
—Ahí —dijo Patrick.
—Ahí no —dijo Maurice.
El conductor se detuvo.
Patrick volvió la cabeza.
—¿Por qué no?
—Bloquea el acceso a la bodega.
—Precisamente tiene que ir ahí.
Maurice miró la furgoneta.
—¿Qué has traído?
Patrick se guardó las gafas en el bolsillo.
—Algo.
—Eso ya lo veo.
—No, todavía no puedes verlo.
—Patrick.
—Christian, por el amor de Dios, dame dos minutos para hacer esto como lo había planeado.
Maurice guardó silencio.
El conductor los miró a ambos.
—Entonces, ¿dónde lo pongo?
Patrick señaló el espacio abierto junto a la bodega.
—Ahí.
Maurice intervino:
—Da la vuelta al edificio y entra marcha atrás. Si te quedas aquí, el camión de la piedra llega a las cuatro y luego no sale nadie.
El conductor asintió, visiblemente aliviado de haber recibido una instrucción concreta.
Patrick esperó hasta que la Iveco empezó a maniobrar.
—No podías esperar dos minutos.
—El camión de la piedra llega a las cuatro.
—Ya lo sé. No, en realidad no lo sé, y ese es precisamente el problema. No puedes dejar que ni siquiera una furgoneta misteriosa siga siendo misteriosa.
—Has dicho que me habías traído algo.
—Sí.
—¿Qué?
Patrick lo agarró del brazo.
—Ven.
Las puertas traseras de la Iveco se abrieron después de que el conductor soltara dos correas exteriores, y lo primero que Maurice vio fue la madera de los palés, el grueso envoltorio protector y las esquinas metálicas de los equipos sujetos para el transporte.
Patrick subió al estribo trasero.