EL BANCO #2
Morel apretó la mandíbula.
—Yo no era la única persona que tenía que validar el resultado final.
—Eso no me lo dijiste.
—Te dije que existía un marco procesal y que la decisión final…
—Me dijiste que, si yo cumplía mi parte, no pasaría el resto de mi vida en prisión.
—No utilicé esas palabras.
Patrick la miró fijamente.
—¿En serio?
Morel no contestó.
—¿A eso hemos llegado? ¿A las palabras exactas que utilizaste en una habitación hace unas semanas?
—No. Pero las palabras exactas importan cuando hablamos de un compromiso legal.
—Quizá para ti.
—Desde luego para un tribunal.
Patrick echó la cabeza hacia atrás y soltó una única carcajada, breve y sin humor.
—A Christian le habría encantado esta conversación hace veinte años.
—No me interesa lo que habría hecho tu hermano hace veinte años.
—Creo que debería interesarte.
Morel volvió la cabeza hacia él.
Patrick oyó el error en cuanto las palabras salieron de su boca y se detuvo.
Una gaviota aterrizó cerca del banco, picoteó algo entre las piedras y echó a volar cuando un turista se acercó demasiado con el teléfono en alto.
Morel habló más bajo.
—¿Dónde está Christian?
—No lo sé.
—¿Has venido a Marsella con él?
—No.
La mentira salió demasiado limpia.
Morel lo estudió.
—¿No?
—Me has oído.
—Sí, te he oído.
Patrick notó que empezaba a sudar bajo la camisa.
—Si quieres hablar con Christian, cita a Christian.
—No tengo sus datos de contacto.
—Eres policía. Apáñatelas.
—Capitana de policía.
—Enhorabuena.
—Y esto no tiene que ver con el rango. Tiene que ver con que sabes perfectamente cuántos recursos utilizamos para mantener la situación bajo control mientras tú desaparecías.
—Desaparecí porque la gente a la que se suponía que teníais que detener intentaba matarme.
—Y mientras estabas fuera, Arben Kola perdió gente, infraestructura, contratos y acceso a recursos de un modo que todavía estamos intentando reconstruir.
Varias personas vinculadas a él acudieron a nosotros con información que una semana antes no habrían ofrecido, otras abandonaron el país y una de las estructuras más violentas con las que trabajaba prácticamente ha dejado de funcionar.
Patrick se encogió de hombros.
—Quizá haya tenido un mal mes.
—Y Lucas desaparece de Túnez en el mismo periodo.
—Marsella está llena de coincidencias.
—No estamos en Marsella en ese sentido, y sabes perfectamente a qué me refiero.
—Estamos literalmente en Marsella.
Morel lo miró exasperada.
—A veces entiendo por qué tu hermano te deja hablar hasta que te agotas.
Patrick volvió la cabeza tan deprisa que ella lo notó.
—¿Cómo sabes cómo habla conmigo?
Morel esperó antes de contestar.
Patrick lo sintió.
—Tenéis un expediente sobre él.
—Tenemos expedientes sobre mucha gente.
—No. Has dicho «tu hermano», no Christian Laurent. Sabes quién es.
—Conocía el nombre.
—Todo el mundo conoce el nombre después de buscarlo. ¿Qué sabes?
—No estamos aquí por él.
—Ahora sí.
—Patrick.
—Has dicho que no sabías dónde estaba.
—Yo no he dicho eso.
Patrick repasó la conversación y descubrió, para su irritación, que ella tenía razón.
Eso terminó de irritarlo.
—Vale. Entonces ¿dónde está?
—No respondo preguntas sobre una investigación.
—Pero yo sí tengo que responder las tuyas.
—En principio, esa es una de las diferencias entre nosotros.
Patrick volvió a levantarse y esta vez Morel también lo hizo.
No lo tocó.
No hacía falta.
A treinta metros, el hombre del periódico bajó la página.
No mucho, solo lo suficiente.
La mujer junto al poste se guardó el teléfono en el bolsillo.
Patrick vio a los dos.
Después vio a otro, cerca de la terraza de la izquierda, un hombre con gorra y camiseta blanca que no bebía del vaso que tenía delante.
—¿Es esto? —preguntó Patrick.
—¿El qué?
—Vas a detenerme.
Morel se guardó las gafas de sol en el bolsillo de la chaqueta.
—Tengo autoridad para hacerlo.
Patrick notó que se le secaba la boca.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Lo sé.
—Entonces contéstame.
Morel miró hacia el agua durante un instante.
—Si no encontramos una solución, hay motivos suficientes para que seas detenido y para que el procedimiento continúe sin la protección que tú dabas por hecha.
Patrick permaneció inmóvil.
—Daba por hecho.
—No debería haberlo expresado así.
—No. Ha quedado muy claro.
—Estoy cansada y lo he formulado mal.
—No, has formulado exactamente lo que piensas.
—No sabes lo que pienso.
—Sé cómo me estás mirando ahora.
—¿Cómo te estoy mirando?
—Como un expediente que fue útil y ahora cuesta demasiado.
Morel se pasó una mano por la frente.
—No es tan sencillo.
—Para mí sí.
—Todo se vuelve sencillo para ti cuando estás enfadado.
Patrick dio medio paso hacia ella.
—No me analices.
—No te estoy analizando. Te estoy diciendo que levantar la voz y convertir esto en un insulto personal no cambia lo que puedo y no puedo conseguir de mis superiores.
—Entonces ¿por qué me has llamado aquí?
—Porque intento encontrar una salida.
—¿Para quién?
Morel esperó antes de responder.
Patrick asintió.
—Exactamente.
—Para los dos, si quieres una respuesta que probablemente no te guste.
Para ti, porque colaboraste y conseguiste resultados que yo no habría podido obtener sin ti, y para mí, porque si salgo de aquí contigo esposado pierdo una fuente, pierdo continuidad en la colaboración y probablemente empujo en dirección contraria a gente a la que todavía se puede convencer para que hable.
Pero no puedo presentarme ante mis superiores y fingir que la operación terminó según lo previsto cuando Lucas sigue libre y la mitad de lo que ocurrió después del 23 de abril quedó fuera de nuestro control.
Patrick escuchó. La rabia no desapareció, pero algo en aquella respuesta le hizo creer que, por primera vez desde que se habían sentado, Morel le estaba contando casi todo lo que podía.
Casi.
—Me diste tu palabra.
Morel cerró los ojos una fracción de segundo.
—No uses eso.
—¿Por qué?
—Porque no estamos en una historia de honor entre dos hombres sentados a una mesa.
—No, estamos en un puerto con policías escondidos entre turistas, lo que al parecer hace que las promesas sean más flexibles.
—Represento a una institución.
—Cuando me necesitabas, hablabas como Jacqueline Morel.
—Eso no es justo.
—Me da igual que sea justo.
—No debería.
—He pasado las últimas semanas intentando seguir vivo porque hice lo que me pediste. ¿Crees que ahora me ayuda saber que el organigrama de tu institución tiene más niveles de los que me explicaste?
Morel bajó la voz.
—Si hubiera dependido solo de mí, no estaríamos teniendo esta conversación.
Patrick la observó con atención.
—¿Eso es una promesa o una opinión?
Ella se estremeció casi imperceptiblemente.
—No seas imbécil.
Patrick se sorprendió lo suficiente para no contestar de inmediato.
Morel se apretó el puente de la nariz con los dedos.
—Lo siento. No debería haber dicho eso.
—No, ha sido lo más sincero que has dicho desde que he llegado.
—Me alegra que te estés divirtiendo.
—No me estoy divirtiendo en absoluto.
A su alrededor, el puerto seguía funcionando con una indiferencia que empezaba a parecer obscena. Una mujer pasó con dos bolsas de compras, un ciclista hizo sonar el timbre y, en algún lugar detrás de las terrazas, alguien dejó caer una pila de platos y recibió los aplausos de una mesa.
Patrick miró el reloj.
—¿Qué pasa si me voy?
Morel lo miró.
—No lo sé.
—No es muy alentador.
—Porque no intento animarte.
—¿Das tú la orden?
—Puede.
Por primera vez Patrick sintió miedo de verdad; no el pánico desordenado con el que había llegado al monasterio ni el miedo físico de los días en que los hombres de Arben lo buscaban, sino algo más frío, porque ahora no había ningún coche en el que escapar ni un adversario al que pudiera identificar con facilidad.
Si Morel levantaba una mano o pronunciaba dos palabras, el hombre del periódico, la mujer junto al poste y probablemente otras tres personas a las que Patrick no había identificado se acercarían a él, y esta vez Christian no podría resolverlo conduciendo más deprisa, encontrando una ruta secundaria o sacando a un hombre de la red.
—Así que me has traído aquí para asustarme.
—Te he traído para que pudiéramos hablar antes de que otra persona decida sin mí.
—¿Y cuánto tiempo tengo?
Morel miró el teléfono.
—No mucho.
Patrick inspiró despacio y volvió a mirar alrededor.
El hombre del periódico había pasado la página.
La mujer había desaparecido.
En su lugar, junto al poste, había un turista con una mochila roja.
Patrick no sabía si aquel cambio lo tranquilizaba o lo asustaba más.
Entonces, más allá de la terraza abarrotada, entre la gente que caminaba junto al puerto, vio a un hombre con pantalones negros y camisa blanca que avanzaba hacia ellos sin prisa, con las mangas remangadas justo por debajo de los codos y un andar algo más rígido que antes de los últimos días.
Patrick sintió primero rabia.
Después alivio.
Y casi de inmediato, un miedo nuevo.
—Joder.
Morel siguió su mirada.
Patrick no se volvió hacia ella, porque ahora solo miraba a Christian, que se acercaba entre la multitud como un hombre que llegaba a una reunión a la que no lo habían invitado.
—¿Qué pasa? —preguntó Morel.
Patrick se pasó la lengua por el labio seco.
—Creo que la situación acaba de complicarse.