EL BANCO
El puerto de Marsella se extendía ante él bajo la dura luz de la tarde, con el agua agitada por los barcos que entraban y salían, los mástiles alzándose sobre el muelle y una mezcla de motores, voces, gaviotas y cubiertos golpeando platos en las terrazas cercanas.
Los turistas paseaban sin prisa, una pareja discutía junto a un puesto de helados, dos adolescentes intentaban fotografiar a una gaviota que no tenía el menor interés en colaborar y un hombre con mono de trabajo empujaba entre la multitud un carro cargado de cajas de plástico, soltando tacos cada vez que alguien no se apartaba con suficiente rapidez.
Todo parecía normal. A Patrick aquello lo tranquilizó menos de lo que debería.
Llevaba pantalones azul marino, una camisa clara y una chaqueta fina, demasiado sobria para aquel tiempo y lo bastante holgada para que Patrick no pudiera ver qué llevaba en el cinturón.
Tenía el pelo castaño recogido con menos cuidado que en sus primeros encuentros y unas gafas de sol le ocultaban los ojos.
No llevaba bolso ni maletín y, lo más importante, tampoco tenía en las manos el expediente que Patrick esperaba ver.
Su ausencia fue lo primero que advirtió.
Se puso las gafas de sol y cruzó la calle.
Un escúter pasó demasiado cerca y el conductor le gritó algo que Patrick no llegó a entender del todo.
—Encantado de verte a ti también —respondió.
El conductor no lo oyó.
Morel volvió la cabeza cuando Patrick estuvo a pocos metros, pero no se levantó.
—¿Has venido solo?
Patrick se detuvo frente a ella.
—Hola a ti también.
—¿Has venido solo?
—Si digo que sí, ¿me creerás?
—Probablemente no.
—Entonces ¿para qué preguntas?
Morel se quitó las gafas de sol.
El cansancio de su rostro era más visible de lo que Patrick recordaba, con sombras bajo los ojos y dos líneas profundas entre las cejas que unas semanas antes no habían sido tan marcadas.
—Siéntate.
Patrick miró el banco y después a ella.
—No me gusta el banco.
—No te he pedido que lo compres.
—Tampoco me gusta el sitio.
—Patrick.
—Vale.
Se sentó en el otro extremo, dejando casi un metro entre ambos, y durante un momento ninguno habló. Patrick cruzó un tobillo sobre la rodilla, pero lo bajó inmediatamente porque la postura le hacía sentirse demasiado relajado; después apoyó los codos en los muslos y miró hacia el puerto.
Morel se fijó en sus movimientos.
—Estás nervioso.
—Estoy estupendamente.
—Por supuesto.
—He dormido casi cinco horas.
—Entonces retiro lo dicho.
Patrick volvió la cabeza hacia ella.
—¿Dónde están los papeles?
Morel siguió mirando al frente.
—Jacqueline.
—Tenemos que hablar.
—No, no tenemos que hablar. Tú tienes que darme lo que acordamos y después podemos hablar del tiempo, del puerto, de lo bien que estoy después de que varias personas intentaran matarme. Incluso podemos tomar algo si te sientes sociable, aunque no creo que sea el caso.
—No tengo los documentos.
Patrick la miró durante un instante, convencido de que a continuación vendría una precisión que cambiaría el sentido de la frase.
—¿Qué quieres decir con que no los tienes?
—Exactamente lo que parece.
—No, no parece nada que yo esté dispuesto a aceptar. ¿Te los has dejado en la oficina?
—No.
—¿No están listos?
Morel entrelazó las manos.
—La situación se ha complicado.
Patrick soltó una risa baja.
—Sabes, esa es una frase que no deberías decirle a un hombre al que has hecho venir para cerrar su acuerdo de colaboración.
—Lo sé.
—Entonces prueba con otra.
—Lucas Martin no está detenido.
Patrick notó cómo se le tensaba la mandíbula, pero mantuvo la voz baja.
—Lo sé.
Morel volvió la cabeza.
—¿Lo sabes?
Patrick detectó el error al instante y maldijo para sus adentros.
—Sé que escapó durante la operación inicial. Me refiero a eso.
Morel lo observó un segundo de más.
—Ya veo.
—Sí. Ya ves.
—¿Dónde está?
—¿Y cómo demonios voy a saberlo?
Quizá había contestado demasiado deprisa.
Morel se dio cuenta.
—¿Has tenido contacto con él?
—No.
—¿Christian?
Patrick volvió la mirada hacia el agua.
—No he venido a hablar de mi hermano.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Y no estoy obligado a responder a cada pregunta que se te pase por la cabeza solo porque una vez me sentara en una habitación y aceptara trabajar contigo.
—No fue una vez.
—Era una forma de hablar.
—No muy buena.
Patrick rio sin ganas.
—¿Ves? Por eso tú y yo no salimos a cenar.
—Patrick, Lucas ha desaparecido de Túnez.
Patrick se quedó callado.
Conocía la respuesta; lo que no sabía era cuánto había averiguado ella.
Morel continuó antes de que pudiera decidir qué expresión debía poner.
—La gente que vigilábamos allí empezó a moverse, varias conexiones se cortaron casi al mismo tiempo y dos personas que teníamos motivos para creer que lo apoyaban salieron del país. Lucas ya no está en el lugar que teníamos bajo vigilancia y ahora mismo no puedo decirte dónde está.
Patrick pasó el pulgar por el borde del teléfono que llevaba en el bolsillo sin sacarlo.
—Lo siento por vosotros.
—No corras tanto.
—No corro. Por lo visto ahora tengo tiempo. El hombre que quería matarme ya no quiere matarme, Arben ya no tiene una organización con la que intentarlo y tú me has llamado aquí para darme los papeles. Debería ser un día bastante bueno.
—¿Cómo sabes que Lucas ya no quiere matarte?
La pregunta le enfrió la nuca.
La miró.
—Porque si todavía quisiera, probablemente me habría enterado.
—¿Cómo?
—En mi mundo, la gente se entera de cosas.
—En tu mundo.
—No empieces.
—No estoy empezando nada. Intento entender cuánto de lo que ha ocurrido durante los últimos días me estás ocultando.
Patrick se puso en pie.
—Entonces hemos terminado.
Morel no se movió.
—Si te vas ahora, puede que no tengas otra oportunidad de sentarte voluntariamente.
Patrick permaneció de espaldas a ella.
Delante, a un niño se le había caído una botella de agua y su padre la recogió y se la devolvió sin interrumpir la conversación que mantenía por teléfono.
En la terraza de la derecha, un camarero llevaba tres vasos en una bandeja.
Un hombre con camiseta gris leía el periódico en un banco a unos treinta metros.
Más allá, junto a un poste, una mujer miraba el móvil.
Patrick los había visto antes.
Ahora los veía de otra manera.
Se volvió despacio.
—¿Qué has dicho?
Morel señaló con la barbilla el sitio vacío.
—Siéntate.
Patrick no lo hizo.
—¿Estoy detenido?
—Ahora mismo, no.
—¿Se supone que «ahora mismo» debería tranquilizarme?
—No intento tranquilizarte.
—Ya me he dado cuenta.
—Siéntate, Patrick. No quiero hacer esto contigo de pie mirando a cada persona del puerto como si llevara una pistola bajo la camisa.
Patrick volvió a mirar al hombre del periódico.
La página no había cambiado.
Tal vez leía despacio.
Tal vez no.
Se sentó.
—¿Cuántos?
Morel suspiró.
—No hagas esto.
—¿Cuánta gente tienes aquí?
—La suficiente.
—¿Qué significa suficiente?
—Significa que da igual.
Patrick miró una furgoneta blanca detenida cerca del cruce y luego una motocicleta aparcada al otro lado.
—A mí me importa bastante.
—No has venido armado.
Su tono no dejaba espacio para una respuesta.
Patrick volvió la cabeza.
—¿Me habéis registrado?
—Te conozco.
—No me conoces tan bien.
—Sé que no eres tan estúpido como para venir armado a una reunión conmigo.
—Eso casi ha sonado a cumplido.
—No lo era.
—Qué pena.
Morel se frotó la sien con dos dedos.
—La operación contra Lucas produjo resultados importantes, pero no el resultado central que perseguíamos. Tenemos personas, activos, documentos, casos suficientes para seguir durante años, pero Lucas está libre y ciertos elementos de su estructura sobrevivieron.
Patrick la miró incrédulo.
—¿Y?
—Y tu acuerdo se construyó en un contexto determinado.
—No. Detente ahí, porque ya estás intentando cambiar la historia. Mi acuerdo era muy sencillo: yo colaboro, os doy acceso, personas, reuniones, rutas, conexiones e información que no habríais podido obtener por vuestra cuenta, y vosotros…
—No he dicho que no colaboraras.
—Entonces no me interrumpas. Por una vez, Jacqueline, no me interrumpas.
Varios transeúntes miraron hacia ellos.
Patrick bajó la voz.
—Hice exactamente lo que me pediste. Dejé pasar más de treinta millones por mis empresas porque queríais ver quién iba detrás.
Puse a mi gente, mis empresas y mi nombre en medio de vuestra operación, fotografié lo que me pedisteis que fotografiara, informé de las reuniones, os di la fecha del envío y, cuando atacasteis esos treinta y tres objetivos, yo quedé como el hombre que Lucas debía entender que lo había traicionado.
Lo entendió. Me condenó a muerte. André me vendió.
Arben me dio caza. Sacaron a mi hermano de su vida después de dieciocho años, destrozaron su monasterio y gente que no sabía nada de mis negocios acabó en el hospital.
No me digas ahora que el «contexto» ha cambiado.
Morel lo dejó terminar.
—Yo no ataqué el monasterio.
—No he dicho que lo hicieras.
—Lo has metido todo en una sola frase como si fuera la misma responsabilidad.
—Para mí es la misma consecuencia.
—Legalmente, no.
Patrick se echó hacia atrás y la miró casi maravillado.
—Extraordinario.
—Sé que no es lo que quieres oír.
—No, Jacqueline, esto no va de lo que yo quiera oír. Va de que hice lo que prometí y ahora me estás explicando que, como vosotros no conseguisteis atrapar a Lucas, vuestra parte del acuerdo se ha vuelto negociable.
—No he dicho negociable.
—Entonces di la palabra que utilizáis vosotros.
Morel guardó silencio.
Patrick esperó.
—No puedo garantizar la forma de clemencia de la que hablamos inicialmente.
Durante un momento, el ruido del puerto pareció alejarse, aunque Patrick seguía oyendo un motor revolucionándose en algún lugar hacia el muelle y el tintineo de una cucharilla que golpeaba repetidamente el borde de una taza.
—¿De la que hablamos?
—Patrick…
—¿Lo hablamos o lo prometiste?
—Expuse las condiciones bajo las cuales tu colaboración podía producir…
—No hagas eso.
—Déjame terminar.
—No hagas eso con las palabras. Conmigo no. Después de todo esto, no.