Una palabra dada EL REGRESO #2
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EL REGRESO #2

Patrick lo atravesó con la mirada.

—¿Eso es lo que te ha parecido importante?

—No.

—Entonces deja de hacer eso.

Christian apartó un poco la taza.

—No sé qué quieres que te diga.

—La verdad sería un cambio interesante.

—No te he mentido.

—Desapareciste durante dieciocho años.

—No es lo mismo.

—Quizá para ti no.

Christian guardó silencio.

Patrick se levantó y fue hasta la ventana, donde dos de los coches de la escuela estaban mal alineados, uno sobresaliendo casi medio metro más que el otro.

Un instructor cruzó el patio con una carpeta bajo el brazo mientras hablaba por teléfono, ajeno o indiferente al hecho de que, a pocos metros, dos hermanos intentaban comprimir dieciocho años en una conversación para la que ninguno de los dos tenía el vocabulario adecuado.

—Corina —dijo Patrick.

No llegó nada desde detrás.

Se volvió.

Christian no se había movido.

—¿Qué pasó?

—Te dije que se acabó.

—Me lo dijiste hace dieciocho años. Luego desapareciste. No es una gran explicación.

—No.

—Sé que querías dejar la organización por ella. Sé lo de los dos años. Erwin sabía una parte, los demás otra, y tú fuiste dejando piezas por todas partes como un idiota y ahora me toca recogerlas.

—No se suponía que tuvieras que recogerlas.

—Soy tu hermano. No me digas lo que se suponía que tenía que hacer.

La respuesta salió más alta de lo que pretendía.

Patrick miró hacia la puerta y bajó la voz.

—¿Qué te hizo?

Christian permaneció callado mucho tiempo y, cuando habló, no había nada del tono que había utilizado al organizar a los hombres contra Arben.

—Me mintió.

Patrick estuvo a punto de reír.

—¿Eso es todo?

Christian levantó la vista.

—No.

—Entonces ¿qué?

—Cuando le prometí los dos años, empecé a cerrar cosas. No inmediatamente y probablemente no tan deprisa como ella quería, pero empecé. Rechacé contratos, trasladé responsabilidades, preparé a la gente para trabajar sin mí. Ella lo sabía.

—¿Y?

Christian buscó las palabras.

—Casi un año antes de que yo terminara, había conocido a otro.

Patrick no dijo nada.

—¿Estaba con él?

—Sí.

No había rabia en su voz.

Eso inquietó a Patrick más de lo que lo habría hecho la rabia.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé exactamente. Unos meses. Quizá más.

—Y tú no lo sabías.

—No.

Patrick se apoyó en el alféizar.

—Tú.

Christian sostuvo su mirada.

—Sí, Patrick. Yo.

—No quería decir…

—Lo sé.

Patrick se frotó la mejilla.

—¿Cómo te enteraste?

—Me lo dijo ella.

—¿Por qué?

—Porque el hombre quería irse con ella y Corina no podía seguir haciendo las dos cosas.

—¿Las dos cosas?

Christian bajó la mirada.

—La vida conmigo y la vida que había empezado a construir sin mí.

Patrick sintió que su rabia cambiaba de dirección, aunque no habría sabido decir hacia qué.

—Y la echaste.

Christian asintió.

—¿Del piso?

—De mi vida.

—¿Así, sin más?

—No.

Por primera vez asomó a su voz algo parecido a la irritación.

—Discutimos. Dije cosas que no debería haber dicho. Ella dijo otras. No fue… Patrick, no fue una escena limpia.

—¿Qué dijo?

Christian se frotó las palmas, un gesto tan corriente que casi parecía equivocado en aquella conversación.

—Que no sabía si alguna vez iba a marcharme de verdad. Que había empezado a creer que los dos años se convertirían en uno más y luego en otro. Que no podía seguir dejando su vida en suspenso hasta que yo decidiera que el mundo podía arreglárselas sin mí.

Patrick pensó en su hermano a los treinta y nueve años, en el hombre del que Pierre Martin había hablado como alguien cuya palabra no necesitaba contrato, y entendió lo suficiente para que no le gustara adónde conducía aquello.

—Pero de verdad ibas a dejarlo.

—Sí.

—¿Ella lo sabía?

Christian vaciló.

—Sabía lo que yo le decía.

—Eso no es lo que he preguntado.

—Entonces no lo sé.

Patrick apretó la lengua contra la mejilla.

—¿Y el hombre?

—¿Qué hombre?

—El otro.

—No importa.

—A mí sí.

—¿Por qué?

Patrick abrió la boca y descubrió que no tenía una buena respuesta.

—Porque quiero saberlo.

—Yo ya no.

—¿Lo conocías?

—No.

—¿No hiciste nada?

Christian lo miró.

—¿Qué querías que hiciera?

Patrick se enfadó precisamente porque la pregunta lo obligaba a oír lo que había insinuado.

—No lo sé. Nada. No quería decir eso.

—Bien.

—¿Y después?

Christian se echó un poco hacia atrás.

—Después de que se fuera, seguí.

—¿Con la organización?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—Casi un año.

Patrick frunció el ceño.

—Pensaba que la cerraste inmediatamente.

—No.

—¿Por qué?

Christian miró hacia el patio.

—Porque no sabía qué otra cosa hacer.

Patrick nunca había oído a su hermano admitir algo semejante sobre su propia vida.

—Y entonces fue cuando empeoraste.

Christian esperó antes de responder.

—Sí.

—¿Hasta qué punto?

—Lo suficiente.

—Eso no significa nada.

—Significa todo lo que estoy dispuesto a contarte ahora.

Patrick sintió regresar la vieja irritación.

—Otra vez decides tú.

—Sí.

—Extraordinario.

—Patrick, hay cosas que hice entonces que no quiero convertir en una confesión entre dos tazas de café. No porque no tengas derecho a preguntar. Porque ahora mismo no puedo.

Patrick lo miró.

La torpeza de la respuesta lo sorprendió lo suficiente para dejarlo pasar.

—¿Y el monasterio?

Christian alzó ligeramente los hombros.

—Eso vino después.

—¿Por qué?

—No sé si hay una respuesta sencilla.

—Prueba con una complicada.

Christian casi sonrió, pero la expresión desapareció.

—Cerré la organización. Repartí lo que había que repartir, pagué a la gente, cedí los contratos que podían cederse y terminé el resto. Después me fui.

—Y te hiciste monje.

—No al día siguiente.

—Ya lo sé.

—Llegué al monasterio pensando que me quedaría unos días.

Patrick lo estudió.

—Dieciocho años.

—Sí.

—Tienes un problema calculando el tiempo.

—Al parecer.

Patrick se rio sin querer.

Christian también sonrió, cansado.

El teléfono de Patrick empezó a vibrar sobre la mesa.

Los dos lo miraron.

En la pantalla aparecía un número que Patrick conocía aunque no lo tuviera guardado.

La sonrisa desapareció.

—Morel.

Christian no preguntó si iba a contestar.

Patrick dejó que vibrara dos veces más y lo cogió.

—¿Sí?

La voz de Jacqueline Morel llegó clara, profesional y completamente desprovista de calidez.

—Señor Laurent.

Patrick cerró los ojos un instante.

—Cuando me llama «señor Laurent», normalmente viene después algo que no me gusta.

—Entonces no perderé el tiempo intentando cambiar esa impresión.

Patrick miró a Christian.

Su hermano había vuelto a coger el café, pero no bebía.

—¿Qué quiere?

—Tenemos que vernos en Marsella.

—«Tenemos» es una palabra muy amplia.

—En este caso no.

—Estoy un poco ocupado.

—Lo sé.

Patrick se enderezó.

—¿Qué sabe?

Hubo una pausa.

—Lo suficiente para que no debamos hablar de ello por teléfono.

Patrick cambió el teléfono de mano.

—¿Tiene que ver con el acuerdo?

—Sí.

—Entonces dígame que está cerrado.

Morel esperó antes de contestar.

Patrick sintió algo frío recorrerle el estómago.

—Jacqueline.

—Venga a Marsella.

—No. Contésteme primero.

—Patrick, la situación ha cambiado.

Christian dejó la taza.

Patrick le dio la espalda.

—¿Qué situación?

—No por teléfono.

—Ha dicho que se trata del acuerdo.

—Así es.

—Entonces ¿qué ha cambiado?

Morel inspiró al otro lado y, cuando respondió, su voz siguió controlada.

—Venga mañana. Le enviaré el lugar y la hora.

—¿Y si no voy?

—Entonces tendremos que tomar otras decisiones.

Patrick permaneció inmóvil.

—¿Eso era una amenaza?

—No. Era exactamente lo que he dicho.

—Sí, eso es lo que siempre dice cuando amenaza a alguien administrativamente.

—Patrick.

—Bien. Envíelo.

Colgó antes que ella.

Durante unos segundos sostuvo el teléfono en la palma sin darse la vuelta.

Christian preguntó:

—¿Qué ha cambiado?

Patrick miró la pantalla negra.

—No lo sé.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era el mensaje con la hora y el lugar de la reunión.

Marsella.

Patrick lo leyó dos veces y luego levantó la vista hacia su hermano.

—Parece que todavía no he vuelto a ninguna parte.