VEINTE MINUTOS
Jacqueline Morel reconoció a Christian Laurent antes de que Patrick le dijera quién se acercaba, y lo primero que la inquietó no fue su aspecto ni que el hombre sobre el que había leído cientos de páginas estuviera a menos de cincuenta metros, sino no tener la menor idea de cuánto tiempo llevaba cerca.
Las fotografías de los expedientes eran antiguas; algunas tanto que Laurent tenía el pelo completamente negro, el rostro más delgado y la expresión de un hombre que todavía no se había acostumbrado a que lo fotografiaran sin permiso.
En otras rondaba los treinta: salía de un hotel de Ginebra junto a un empresario secuestrado dos meses después, aparecía detrás de una delegación en un aeropuerto africano o estaba sentado a una mesa donde tres personas habían sido identificadas y otras dos seguían siendo nombres incompletos en un informe de inteligencia.
El hombre que cruzaba ahora el puerto no se parecía tanto a aquellas imágenes como para que un desconocido pudiera reconocerlo. Pero Morel no era una desconocida y había dedicado parte de los últimos días a reconstruir precisamente aquel rostro.
Pantalones negros, camisa blanca lisa, sin chaqueta ni corbata, nada que indicara dinero o posición; desde lejos, el conjunto le daba un aire casi clerical que los expedientes no explicaban.
Tenía las sienes muy grises, el cuerpo cargaba con el peso y la rigidez de un hombre que había pasado de los cincuenta y no había nada destacable en su forma de andar.
Incluso parecía proteger ligeramente un costado al bajar del bordillo, detalle que Morel registró sin saber si se debía a una lesión, al cansancio o simplemente a la edad.
—Christian —dijo Patrick, lo bastante bajo para que el nombre quedara entre ellos.
Morel no apartó la vista del hombre que se acercaba.
—Ya me había dado cuenta.
—No creo que te hayas dado cuenta de la parte importante.
—¿Qué parte?
Patrick se frotó la mejilla con la palma.
—No tengo ni idea.
La respuesta parecía sincera. No sirvió de mucho.
Morel llevó una mano hacia el teléfono y se detuvo antes de tocarlo.
No necesitaba avisar a su gente de que había aparecido alguien; si el equipo funcionaba como debía, Laurent ya habría sido localizado, fotografiado y marcado.
Desvió la mirada hacia el hombre del periódico, más lejos, y este no hizo ningún gesto visible.
Bien.
Entonces reparó en el repartidor.
Un hombre de unos treinta años, en pantalón corto y camiseta, empujaba una bicicleta junto a la terraza del café, aunque la caja cuadrada fijada detrás y el casco colgado del manillar sugerían que habría tenido más sentido ir montado.
Quizá acababa de hacer una entrega. Quizá tenía un problema con la cadena. Quizá no significaba nada.
Morel miró hacia el agua y vio a un pescador sentado al borde del muelle, con una bolsa junto al pie y la caña apoyada torpemente entre las rodillas. No recordaba si estaba allí cuando había llegado.
El fallo la irritó.
No porque tuviera que memorizar a todas las personas del Vieux-Port, sino porque había empezado a buscar significado en gente corriente. Ese era justo el estado mental en el que un profesional empezaba a inventarse amenazas.
—Jacqueline —murmuró Patrick.
—Cállate un momento.
—Solo intentaba…
—Lo sé. Calla.
Laurent llegó a pocos pasos y se detuvo sin ofrecer la mano.
De cerca, Morel vio que el cansancio no tenía nada de sutil.
Llevaba un corte casi curado junto a la línea del pelo, la piel del dorso de una mano estaba raspada y la camisa, aunque limpia, no estaba especialmente bien planchada.
No parecía un hombre que llegara para representar una escena preparada de antemano, y de algún modo eso lo hacía más incómodo de manejar.
—Capitana Morel.
Su voz era más grave de lo que había imaginado.
—Señor Laurent.
Patrick los miró a ambos.
—Estupendo. Ya os conocéis sin haberos visto nunca. Esto va a ayudar muchísimo.
Christian lo miró.
—Dijiste que tenías una reunión.
—Sí, y tú dijiste que ibas a…
Patrick se detuvo.
Morel se dio cuenta.
—¿Que iba a qué?
—Nada.
—Patrick.
—Jacqueline, en los últimos diez minutos me has explicado que puedes detenerme después de que yo cumpliera mi parte del acuerdo. No creo que estemos en la fase en la que te cuento la agenda de mi hermano.
Christian miró el banco.
—¿Podemos sentarnos?
La pregunta pilló desprevenida a Morel.
—Podéis.
Patrick se sentó primero, casi recuperando de forma ostentosa el lugar que había ocupado antes.
Christian se sentó a su lado con más cuidado, apoyando un instante una mano en el borde del banco, mientras Morel permaneció de pie hasta darse cuenta de que la postura hacía parecer que los estaba interrogando.
Se sentó en el otro extremo.
—Patrick me ha dicho que hay un problema con el acuerdo —dijo Christian.
Morel miró a Patrick.
—¿Cuándo?
Patrick señaló vagamente en la dirección de la que había venido su hermano.
—Antes.
—¿Hablaste con él antes de venir aquí?
—No exactamente.
—¿Qué significa «no exactamente»?
—Significa que…
—Le dije que me avisara si la reunión iba mal —interrumpió Christian.
Patrick volvió la cabeza hacia él.
—Eso no es lo que me dijiste.
—No.
—Me dijiste que te llamara.
—Sí.
—Y no lo hice.
Christian lo observó un momento.
—Correcto.
Morel pasó la mirada de uno a otro.
—Y, sin embargo, estás aquí.
—Sí.
—¿Cómo sabías que la reunión iba mal?
Christian miró hacia el puerto, no hacia Patrick.
—No lo sabía.
—Entonces ¿por qué has venido?
—Porque Patrick estaba convencido de que iba a recibir unos documentos y, cuando está muy seguro de algo, a veces no comprueba lo suficiente.
Patrick soltó un sonido ofendido.
—Gracias.
—No era una crítica.
—Ha sonado exactamente como una crítica.
—Entonces probablemente lo era.
Morel los dejó terminar, intentando reconciliar al hombre que tenía delante con las descripciones de los expedientes.
Encontraba muy poco de aquella reputación en el intercambio casi cotidiano entre los hermanos, y la propia discordancia le recordó lo poco que sabía de los dieciocho años desaparecidos.
—¿Dónde has estado? —preguntó.
Christian se volvió hacia ella.
—¿Últimamente?
—No juegues con la pregunta.
—No lo hago. Has preguntado dónde he estado y el periodo importa.
—Durante los últimos dieciocho años.
Patrick cambió de postura en el banco.
Christian respondió sin prisa.
—En un monasterio.
Morel lo estudió.
—¿Dieciocho años?
—Casi.
—¿Como visitante?
Patrick se tapó la boca con una mano y Morel no supo si ocultaba una sonrisa.
Durante un instante, Christian se mostró sinceramente desconcertado.
—No. Soy monje.
Morel no dijo nada.
Recordó el informe sobre el ataque a un monasterio, el nombre de Maurice apareciendo en declaraciones, fotografías que aún no había tenido tiempo de relacionar con el expediente Laurent y una nota que le había parecido marginal cuando la leyó.
—Hermano Maurice.
—Sí.
Patrick se volvió hacia ella.
—¿Ahora entiendes por qué mis últimas semanas han sido un poco raras?
Morel lo ignoró.
—Y dejaste el monasterio por Patrick.
Christian miró a su hermano.
—No exactamente como lo estás formulando.
—¿Cómo lo formularías tú?
—Preferiría no perder tiempo hablando de mí.
—Yo preferiría saber con quién estoy hablando.
—Ya sabes lo suficiente para ser prudente. Probablemente más de lo necesario para esta conversación.
Uno de sus hombres estaba siguiendo el movimiento.
Morel sacó el teléfono.
Había un mensaje del equipo.
POSIBLES PRESENCIAS DESCONOCIDAS. SIN ACCIÓN HOSTIL. A LA ESPERA.
Levantó la vista.
El repartidor estaba ahora sentado a una mesa, bebiendo agua de una botella y hablando con un camarero. El pescador seguía en su sitio. Un coche negro se había detenido más lejos, con el conductor aún al volante, y dos hombres salían de un café sin mirar hacia el banco.
No sabía si alguno de ellos tenía algo que ver con Christian Laurent.
Peor aún: su gente tampoco lo sabía.
—¿Has venido solo? —preguntó.
Christian vaciló.
—He venido aquí solo.
No era la misma respuesta.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Lo sé.
Patrick miró alrededor y luego a su hermano.
—Christian, ¿qué has hecho?
—Nada todavía.
—La palabra «todavía» no ayuda.
Christian se lo pensó.
—Tienes razón. Lo he expresado mal.
Morel notó otra vibración del teléfono, pero no lo miró.
—Señor Laurent, tengo equipos policiales en la zona.
—Lo suponía.
—Si tienes gente aquí, quiero saberlo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que un agente interprete mal un movimiento ni que uno de tus hombres interprete mal la reacción del agente.
Christian asintió despacio.
—Yo tampoco.
—Entonces dime cuántos hay.
—No.
Patrick bajó la cabeza.
—Muy bien. Comienzo excelente.
Morel notó que la irritación subía demasiado deprisa y dejó que se oyera en su voz.
—No estoy aquí para participar en demostraciones de fuerza.
—Yo tampoco.
—Tienes gente a mi alrededor y te niegas a decirme cuánta.
—No he dicho que sean míos.
—Tampoco lo has negado.
Christian miró sus manos.
—Si te dijera que no tengo a nadie aquí, ¿me creerías?
—No.
—Entonces la respuesta no cambia la situación.
—Sí la cambia, porque yo tengo que responder por mi gente.
Christian levantó la vista.
—Eso lo entiendo.
Morel esperó algo más, pero no llegó.
—¿Y?
—Y precisamente por eso no he venido a amenazarte.
—Eso está por ver.
Patrick se volvió hacia ella.
—Jacqueline, si quisiera amenazarte, créeme…
—No me ayudes.
—Intento evitar que detengas a la única persona que parece saber lo que hace.
Christian lo miró.
—Patrick.
—¿Qué? Por lo visto, yo no.
Morel abrió el teléfono, comprobó el segundo mensaje y vio que otro equipo había informado de dos personas sin identificar cerca de la salida hacia Quai des Belges.
Nada ilegal, nada explícito; solo presencias que no encajaban lo bastante bien en el flujo habitual como para que los agentes no repararan en ellas.
En un puerto abarrotado, podía no significar absolutamente nada.
—Dime qué quieres —le dijo a Christian.
Él miró el reloj.
—Quiero que cumplas el acuerdo que hiciste con Patrick.
—No depende enteramente de mí.
—Lo sé.