Una palabra dada CAFÉ #4
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CAFÉ #4

Lucas lo siguió, aunque no hasta la puerta principal. Se quedó junto a la encimera y, cuando Christian llegó al vestíbulo, este reparó en la taza que todavía llevaba en la mano y volvió para dejarla junto al fregadero.

—Puedes dejarla ahí —dijo Lucas—. No creo que también tengas que fregar los platos.

Christian dejó la taza.

—Yo tampoco.

—¿Tres días?

—Tres.

—No prometo que vaya a gustarme.

—No hace falta.

—Y tampoco prometo cultivar uvas.

Christian renunció a buscar una respuesta mejor.

—Pues no las cultives.

Lucas lo vio salir por el vestíbulo; después oyó la puerta principal y, unos segundos más tarde, la voz de Karim fuera.

No se apresuró a comprobar por dónde se había ido Christian ni llamó inmediatamente a sus hombres.

Si Laurent había conseguido llegar hasta la mesa de la terraza, una explicación sobre la ruta ya no cambiaba el problema que había dejado atrás.

Lucas volvió fuera, donde el aire nocturno se había enfriado un poco, y se sentó en la silla que había ocupado Christian. Sobre la mesa estaban su botella de agua, el teléfono, la marca circular que había dejado la taza y la pistola, que se había olvidado de coger al entrar en la cocina.

La recogió y la guardó en la funda.

El teléfono volvió a vibrar. El abogado había enviado ahora fotografías antiguas de la propiedad y un documento que Lucas no tenía paciencia para abrir.

La primera imagen mostraba una casa baja de paredes claras, una hilera de árboles y montañas que se alzaban a lo lejos bajo un cielo tan limpio que la fotografía parecía hecha para una inmobiliaria.

En una esquina se veía el capó de un coche viejo.

Lucas amplió la imagen sin saber por qué, intentando decidir si lo reconocía.

No.

Llamó al abogado.

El hombre contestó con voz somnolienta y preguntó si había algún problema urgente con la herencia de Pierre.

Lucas dijo que todavía no lo sabía y después le hizo explicar por qué no recordaba la propiedad.

El abogado le recordó que la herencia había sido grande, que varios activos se administraban a través de sociedades y que Lucas había pedido en su momento que todo lo que no tuviera importancia operativa inmediata siguiera bajo la gestión existente hasta que tuviera tiempo de revisarlo.

—¿Y tuve tiempo? —preguntó Lucas.

Siguió un silencio cortés.

—No creo que volviéramos a hablar de esa propiedad.

—O sea, que no.

—Yo lo expresaría de otra manera, pero el resultado es el mismo.

Lucas miró el círculo que la taza de café había dejado sobre la mesa.

—Mándame mañana por la mañana todo lo que tengas: quién la administra, qué produce, qué impuestos paga, si hay empleados y si existe algún problema legal. No quiero un resumen preparado por alguien que crea que yo no leo.

El abogado vaciló.

—¿Está pensando en venderla?

Lucas volvió a mirar la fotografía de las montañas.

—No lo sé. Quizá me mude allí.

El hombre al teléfono se rio y luego se detuvo cuando Lucas no lo acompañó.

—¿Habla en serio?

—Por desgracia, creo que sí.

Después de colgar, se quedó solo en la terraza, con los mensajes de Arben todavía sin respuesta y una fotografía de una casa que solo unos minutos antes había descubierto que le pertenecía desde hacía seis años.

En circunstancias normales habría empezado inmediatamente a calcular qué podía salvar, a quién podía transferir dinero, a qué personas tenía que avisar y qué relaciones merecía la pena conservar para el momento en que cambiaran las circunstancias.

Su mente hizo exactamente eso ahora, elaborando casi sin esfuerzo las primeras versiones en las que tres días se convertían en una retirada temporal y Argentina en una base lo bastante distante para que disminuyera la presión.

Se detuvo al darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Christian no le había pedido que trasladara la organización.

Le había pedido que la abandonara.

La diferencia lo irritó tanto que se levantó, cogió la taza que estaba junto al fregadero e intentó preparar otro café con el paquete que había comprado Sami.

No encontró el recipiente que habían utilizado antes, abrió dos armarios equivocados y, al tercero, volcó una caja de té que cayó sobre la encimera y esparció las bolsitas.

—Perfecto —murmuró.

Las recogió sin prisa, encontró por fin el recipiente y se quedó un momento con él en la mano, intentando recordar las proporciones que Sami le había explicado alguna vez. Se rindió, se sirvió agua en un vaso y volvió a la terraza.

En la entrada, Karim y Sami seguían hablando; seguramente intentaban entender cómo un hombre al que ninguno de los dos había considerado un intruso había acabado tomando café con el dueño sin que nadie lo anunciara.

Lucas sabía que tendría que hablar con ellos, pero aquella conversación podía esperar hasta la mañana.

Volvió a abrir la fotografía que le había enviado el abogado.

Tres días no bastaban para lo que él quería hacer.

Sin embargo, sí bastaban para lo que Christian le había pedido.

Lucas permaneció mucho tiempo sentado con el teléfono en la mano antes de empezar a escribir la lista de cosas que tendría que dejar atrás.