Una palabra dada CAFÉ #3
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CAFÉ #3

—No sé si jubilación es la palabra adecuada, pero sí. Más o menos.

—Y supongo que también has elegido el destino.

Christian se levantó, también, más despacio de lo que lo habría hecho el hombre que Lucas recordaba.

—Pierre tenía una propiedad en Argentina, cerca de Mendoza. No sé en qué estado estará ahora, pero existe y, por lo que he comprobado, es tuya.

Lucas lo miró sin ocultar la sorpresa.

—Yo no tengo ninguna propiedad cerca de Mendoza.

—Compruébalo antes de estar tan seguro.

—Yo administré la herencia de Pierre.

—¿Firmaste lo que el abogado te puso delante?

La pregunta lo irritó precisamente porque la respuesta podía ser que sí.

—Tenía gente ocupándose de eso.

—Entonces pregúntales.

Lucas sacó el teléfono y, tras unos segundos, encontró el número del abogado que se había encargado de parte de la herencia.

Era demasiado tarde para una llamada que todavía no quería explicar, así que mandó un mensaje breve preguntando si Pierre había poseído alguna vez algo en la provincia de Mendoza y si la propiedad había formado parte de la herencia.

—Supongamos que existe —dijo después de enviar el mensaje—. ¿Qué quieres que haga allí?

—Lo que quieras, siempre que sea legal.

Lucas soltó una risa sin humor.

—Te has vuelto muy ambicioso.

—Puedes comprar algo, vender algo, administrar la propiedad. Hay viñedos en la zona.

—Ya lo sé. No soy idiota.

—No he dicho que lo seas.

—Acabas de proponerme que me mude al otro lado del mundo y cultive uvas.

Christian se frotó la nuca.

—No tienes que cultivar tú las uvas, Lucas. Era un ejemplo, y probablemente malo. Busca otra cosa.

La irritación genuina de su voz hizo sonreír a Lucas.

—De verdad haces vino ahora, ¿no?

—El monasterio hace vino.

—Eres monje y haces vino.

—Yo solo no.

Lucas lo miró un momento y volvió a reír, esta vez sin que la tensión desapareciera del todo.

—Arben me dijo algo de un monasterio, pero pensé que el hombre que transmitió la información lo había entendido mal. No conseguía imaginarte… En realidad, no sé qué imaginaba. Quizá una casa en alguna parte, quizá una identidad nueva. Esto no.

Christian lo dejó terminar.

—Llevo allí casi dieciocho años.

—Y ahora has abandonado tus oraciones para venir a organizar mi jubilación.

—No las he abandonado.

—Claro que no. Habría sido demasiado sencillo.

Lucas volvió a sentarse y se pasó una mano por la cara, sintiendo el cansancio que el vino de la cena solo había ocultado de forma temporal.

—Si me voy, mi gente se queda. Algunos intentarán seguir, otros se matarán entre ellos por lo que quede y unos cuantos vendrán a buscarme porque creerán que todavía pueden conseguir dinero u órdenes. Morel no desaparece solo porque yo cambie de continente.

—Lo sé.

—No, no creo que sepas lo complicado que es.

Christian acercó un poco la otra silla a la mesa, pero no se sentó.

—Probablemente no conozco todos los detalles, y tampoco hace falta. No te estoy pidiendo que arregles el mundo antes de marcharte. Te estoy pidiendo que salgas de él.

—¿Y la policía?

—Con la policía te las arreglas tú. No te ofrezco protección frente a lo que has hecho.

Lucas lo miró con brusquedad.

—Entonces tu oferta es peor de lo que pensaba.

—Es posible.

—Al menos podrías fingir que has negociado antes.

—Lo he hecho. Precisamente por eso no prometo algo que no puedo o no pienso hacer.

Lucas volvió a ponerse de pie, incapaz de permanecer sentado.

—¿Y si me niego?

Christian inspiró despacio y, por primera vez aquella noche, se quedó sin una respuesta preparada.

—Todavía no he decidido exactamente qué haría.

Lucas lo miró fijamente, convencido de haber oído mal.

—¿Has entrado en mi casa sin saber qué harías si te decía que no?

—Sé qué opciones tengo. No he decidido cuál elegiría.

—Eso es una estupidez.

—Puede. He hecho cosas más estúpidas durante las últimas semanas.

Lucas recordó el informe sobre el francés que había acabado en el hospital y comprendió que Laurent no intentaba parecer modesto. Algo había salido mal antes de la caída de Arben, y el hombre que tenía delante no parecía tener prisa por ocultarlo.

—¿Cuánto tiempo me das?

—El que necesites para marcharte sin empezar a utilizarlo para otra cosa.

—Eso no es una unidad de medida.

Christian suspiró.

—Tres días.

—Ni siquiera puedo cerrar los asuntos legales en tres días.

—Entonces no los cierres. Déjaselos a otra persona, vende más adelante, habla con los abogados. Me da igual que quede papeleo pendiente.

—A ti puede darte igual. A Hacienda, a la policía y a la gente que me debe dinero quizá no.

—Entonces ocúpate de lo que puedas en tres días.

Lucas lo estudió y comprendió que no había manera de sacarle una semana a Christian argumentando que tenía mucho que hacer.

Lo absurdo de la situación casi volvió a hacerlo reír: había negociado por su vida cientos de veces mediante dinero, información, favores y amenazas, y ahora regateaba el tiempo que necesitaba para hacer las maletas con un monje que había entrado en su villa y se había bebido su café.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Lucas lo cogió de inmediato.

El abogado había contestado antes de lo esperado y preguntaba si se refería a la finca rural de la provincia de Mendoza, adquirida por Pierre a través de una sociedad patrimonial y transferida posteriormente a Lucas en virtud del testamento.

El mensaje continuaba con detalles que Lucas no leyó al principio porque se detuvo en las últimas palabras.

«Es suya.»

Levantó la vista hacia Christian.

—Existe.

—Bien.

—No parecías dudarlo.

—Dudé lo suficiente para comprobarlo antes de venir.

Lucas volvió a leer el mensaje.

—No la recuerdo en absoluto.

—Pierre no hablaba mucho de esa propiedad.

—¿Estuviste allí?

—Una vez.

—¿Con él?

—Sí, hace muchos años. No fue un viaje interesante, si eso es lo que preguntas. Nos quedamos dos días, hablamos con unas personas y nos fuimos.

—¿Sobre qué?

Christian pensó y luego se encogió de hombros.

—Ya no importa, y no recuerdo lo suficiente para contártelo bien.

Lucas estuvo a punto de volver a preguntar, pero lo dejó. Que Laurent pudiera admitir que no recordaba un negocio de décadas atrás lo hacía, de manera desagradable, más creíble.

—Si voy allí, ¿qué garantía tengo de que no vendrás a por mí dentro de seis meses?

—Nada por escrito.

—No he pedido nada por escrito.

Christian sostuvo su mirada.

—Si te marchas, sales de estos negocios y no intentas reconstruir desde Argentina lo que has perdido aquí, no iré a por ti.

Lucas lo miró durante largo rato.

—¿Me das tu palabra?

La pregunta se le escapó antes de que pudiera evitarlo.

Christian vaciló. Lucas comprendió que el hombre que tenía delante todavía se tomaba en serio su palabra.

—Sí —dijo al fin—. Si cumples la condición, no iré a por ti.

Lucas asintió despacio.

—¿Y si vuelvo?

Christian cogió la taza vacía, recordó que no tenía ningún motivo para llevársela y volvió a dejarla.

—Entonces tendremos otra conversación, si todavía es posible.

Christian se encaminó hacia la cocina, pero Lucas lo detuvo antes de que llegara a la puerta.

—Pierre habría dicho que te has ablandado.

Christian se volvió a medias.

—Pierre también lo decía antes, normalmente cuando yo no hacía lo que él quería.

—Es verdad. Y luego te pagaba de todos modos.

—Después de renegociar la factura.

Lucas sonrió y miró el teléfono, donde seguía abierto el mensaje del abogado.

—Christian, si Pierre estuviera aquí, ¿qué crees que me diría?

Laurent permaneció un momento en el umbral, con aspecto de ser un hombre que preferiría no responder a una pregunta sobre un muerto al que ambos habían conocido en épocas muy distintas de sus vidas.

—No sé qué te diría ahora. La última vez que hablé con él, él era otro hombre y yo también. Probablemente empezaría discutiendo con los dos.

Lucas rio suavemente.

—Eso suena bien.

Christian asintió y entró en la cocina.