Una palabra dada CAFÉ #2
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CAFÉ #2

—No quiero saber cómo has pasado de entrar en mi propiedad a hablar de café con Sami —dijo mientras sacaba la silla de enfrente—. En realidad sí quiero saberlo, pero supongo que no me lo vas a contar, así que podemos ahorrarnos diez minutos.

—Podemos.

Lucas se sentó, pero no guardó la pistola.

—¿Estás solo?

—He venido a verte solo.

La formulación hizo que Lucas levantara la vista.

—Eso no es exactamente lo que he preguntado.

Christian sopesó si merecía la pena corregir la respuesta.

—No tengo gente dentro de la villa ni hay nadie fuera esperando para entrar si las cosas salen mal. Si eso es lo que quieres saber, la respuesta es no.

—Mucho mejor. ¿Ves? Se puede.

Christian no respondió, y Lucas reparó en que el hombre que tenía enfrente parecía cansado.

No de forma dramática, no como alguien al límite de sus fuerzas, sino en detalles que Lucas no recordaba en el hombre de treinta y tantos años al que había conocido: la piel bajo los ojos, la forma en que movía un hombro después de permanecer demasiado tiempo quieto, los dedos que descansaban un momento sobre la taza sin levantarla.

Aquello lo inquietó más que si Christian hubiera conservado el aspecto que recordaba.

—Has envejecido —dijo Lucas.

—Han pasado casi treinta años desde que nos conocimos. Sería extraño que no se notara.

—Yo tenía diecisiete.

—O dieciocho. No me acuerdo.

Lucas lo miró, sorprendido.

—¿Tú tampoco?

—No.

—Eso me hace sentir mejor. Empezaba a pensar que era el único que recordaba los zapatos que llevaba pero no el año.

Christian alzó ligeramente las cejas.

—¿Recuerdas los zapatos?

—Me apretaban. Las cosas desagradables se quedan mejor.

—A veces.

Lucas dejó por fin la pistola sobre la mesa, aunque cerca de la mano derecha, se recostó y esperó.

Durante los últimos días había imaginado varias versiones de la aparición de Laurent, pero todas incluían alguna etapa anterior al encuentro: un mensaje, un intermediario, una amenaza transmitida por otra persona o, como mínimo, la noticia de que el hombre había salido de Francia.

El hecho de que Christian estuviera ya sentado en su terraza inutilizaba todos los escenarios, y Lucas odiaba verse obligado a improvisar en una conversación que el otro había preparado.

Christian no lo hizo esperar mucho.

—Podrías haber venido a verme si tenías un problema. No hacía falta matarlo.

Lucas sintió el nombre de Patrick sin que nadie lo pronunciara, y con él regresó la rabia que había llevado consigo la mañana de las redadas, cuando las pantallas se llenaron de imágenes de la policía, los teléfonos empezaron a sonar todos a la vez y personas que llevaban años trabajando para él desaparecieron en una operación construida con información que alguien de dentro tenía que haber proporcionado.

—No sabía si estabas vivo. Nadie lo sabía. Tú habrías hecho lo mismo.

Christian no lo negó y Lucas siguió antes de que pudiera responder, porque el argumento había vuelto con la misma claridad que tenía el día en que llamó a Arben.

—No estamos hablando de alguien que robó dinero de un cajón.

Patrick colaboró con la policía, Christian.

Les dio personas, empresas, conexiones, lugares…

lo suficiente para atacar treinta y tres objetivos en una sola mañana.

A gente que conocía desde hacía años se la llevaron de sus casas, de sus coches, de sus trabajos, y yo acabé aquí porque tuve el suficiente sentido común para no estar donde creían que estaría.

Puedes decirme que me equivoqué al escoger a Arben o que debería haber comprobado más cosas antes, pero no me digas que, en mi lugar, habrías aceptado algo así y seguido adelante sin más.

Christian pasó un dedo por el borde de la taza antes de responder.

—Probablemente.

Lucas esperó.

—¿Probablemente qué?

—Probablemente habría hecho lo mismo.

—Entonces no entiendo por qué estás sentado a mi mesa —dijo Lucas, irritándose precisamente porque el argumento que quería ganar había desaparecido—. Si admites que habrías hecho lo mismo, ¿qué quieres de mí?

Christian levantó la vista.

—Que yo hubiera hecho algo no significa que estuviera bien.

—Es una idea muy cómoda después de dieciocho años.

—Sí. Puede que lo sea.

—No, nada de «puede». Lo es. Tuviste toda una vida en la que la gente sabía qué pasaba si te traicionaba, después desapareciste y ahora vienes a decirme que has descubierto los matices.

Christian se frotó la frente.

—No he venido a explicarte lo que he descubierto. Y no creo que te interesara.

—Por fin estamos de acuerdo en algo.

Se oyeron pasos en el camino y Lucas volvió la cabeza con tanta rapidez que la mano regresó a la pistola.

Sami apareció en el borde de la terraza con una bolsa de papel, se detuvo al ver a Lucas y luego miró a Christian con la expresión de un hombre que acababa de comprender que había hecho algo que tendría que explicar.

—¿Lo has encontrado? —preguntó Christian.

Sami levantó la bolsa.

—Sí, pero solo tenían el paquete grande.

Lucas lo miró.

—Llévalo a la cocina y luego vete con Karim. Nadie sale de la entrada hasta que yo termine aquí.

—Claro. ¿Va todo bien?

—Si fuera todo bien, no te habría dicho que te quedaras en la entrada.

Sami asintió, dejó la bolsa en la cocina y desapareció sin preguntar nada más. Lucas esperó hasta dejar de oír sus pasos.

—Le pago para que vigile la propiedad —dijo—, no para que te compre café.

—No sabía quién era yo.

—Eso es precisamente lo que me molesta.

Christian apartó un poco la taza.

—No lo despidas por esto.

Lucas lo miró fijamente.

—Gracias por el consejo de gestión.

—No era un consejo. Solo digo que el error no ha sido muy grave.

—Has entrado en mi casa.

—Sí.

—Entonces, desde mi punto de vista, ha sido bastante grave.

Christian no insistió, y Lucas reparó, con una irritación casi cómica, en que habían acabado hablando del empleo de Sami en mitad de una conversación en la que todavía no sabía si le pegarían un tiro antes de medianoche.

Cogió la pistola y la guardó en la funda.

—¿Mejor? —preguntó.

—Para mí, sí.

—Me alegra que estés cómodo.

—No demasiado.

Lucas lo observó con atención. No había sido una broma.

—¿Arben está vivo?

—Sí.

—¿Y sus hombres?

—Los que yo conozco, sí. Algunos ya se han ido y los demás decidirán por sí mismos qué hacen.

Lucas apoyó los codos en la mesa.

—Así que lo has dejado marchar.

—No lo tenía prisionero.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

—¿Por qué?

Christian miró un momento hacia el jardín.

—Porque podía detenerlo sin matarlo.

—Eso no suena al hombre del que Pierre me hablaba.

—Han pasado muchos años.

—Pierre diría que eso no cambia ciertas cosas.

—Pierre decía muchas cosas.

El nombre de su tío alteró el ritmo de los pensamientos de Lucas.

Durante los últimos días había oído a Pierre en su cabeza más a menudo que en los seis años transcurridos desde su muerte.

Pierre le había advertido sobre Christian sin contar leyendas ni convertirlo en una criatura imposible; solo le había dicho que, si Lucas hacía un acuerdo con Laurent, tenía que cumplir lo que hubiera dicho que haría.

Durante mucho tiempo Lucas había considerado aquella regla la rigidez de un viejo.

—Creo que Pierre te odiaría ahora —dijo—. O quizá se reiría. No estoy seguro.

—Yo tampoco.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir de él?

Christian lo miró.

—Pierre me caía bien, aunque a veces era muy difícil de soportar y, cuando creía tener razón, se volvía casi imposible. No veo por qué tendría que decir algo más bonito solo porque esté muerto.

Lucas sonrió antes de poder evitarlo.

—Eso sí que suena a él.

Por primera vez desde que había salido a la terraza, el silencio que siguió no pareció una maniobra.

Lucas miró hacia la piscina y recordó un almuerzo durante el cual Pierre había pasado casi una hora explicando por qué un mal acuerdo que se cumplía valía más que uno bueno que nadie esperaba que cumplieras, mientras Lucas dedicaba media conversación a mandar mensajes debajo de la mesa.

En aquel momento no había conseguido entender cómo un hombre que había amasado una fortuna en el mismo mundo en el que ambos vivían podía ser tan rígido con unas reglas que casi nadie respetaba de manera constante.

—Arben te dio su palabra —dijo.

—Sí.

—Y la rompió.

Christian esperó antes de contestar.

—Sí.

—Pero está vivo.

—Sí.

Lucas lo miró.

—Pierre habría visto la contradicción.

—Yo también la he visto.

No había nada triunfal en la respuesta, y Lucas se sintió más incómodo que si Christian hubiera explicado una regla nueva.

El hombre al que había conocido de joven había sido peligroso precisamente porque su mundo poseía una lógica sencilla, y Pierre lo había respetado por aquella previsibilidad.

El hombre sentado a su mesa parecía conservar la capacidad de llegar hasta allí y desmantelar una organización sin convertirlo todo en una guerra, pero ya no reaccionaba conforme a la regla que Lucas creía comprender.

La pregunta que había pospuesto desde el principio salió por fin, sin preparación.

—¿Vas a matarme?

Christian lo miró directamente.

—Sí. Algún día. Hoy no.

Lucas permaneció inmóvil y después se echó a reír tan de repente que casi se atragantó con su propia respiración.

—Cabrón. De verdad que no sabes cuándo haces gracia.

Christian frunció apenas el ceño, desconcertado.

—No intentaba hacerla.

—Ya lo sé. Eso lo empeora.

Lucas se levantó y entró en la cocina, sacó una botella de agua de la nevera y bebió directamente de ella sin molestarse en buscar un vaso.

Necesitaba unos segundos en los que no tuviera que mirar a Christian y pudiera asimilar que la pregunta más importante de la noche había recibido una respuesta que, técnicamente, no le decía casi nada.

Cuando regresó a la terraza, se quedó de pie.

—Si no has venido a matarme, ¿qué quieres?

—Quiero que te vayas.

Lucas hizo un gesto alrededor.

—Ya me he ido. Por si no te has dado cuenta, esto no es Francia.

—No de Francia. De esta vida.

Lucas bajó lentamente la botella.

—¿Has venido hasta Túnez para recomendarme que me jubile?