Una palabra dada CAFÉ
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CAFÉ

Lucas llegó a la villa poco después de las once de aquella noche, en un coche alquilado a través de un intermediario al que ya había cambiado dos veces desde que llegó a Túnez.

Las dos mujeres que bajaron con él seguían con una discusión iniciada en el restaurante sobre un galerista parisino al que una consideraba brillante, mientras que la otra opinaba que no era más que un hombre rico y con los contactos suficientes para que la gente confundiera ambas cosas.

Lucas había participado al principio, había hecho algunas bromas y pedido otra botella de vino de la que apenas bebió; después miró tantas veces el teléfono que la morena que estaba a su lado le preguntó si esperaba que alguien diera a luz.

Él le dijo que no y, tras observarlo un momento, ella comentó que era una lástima, porque al menos habría sido una explicación interesante.

Ahora, mientras el conductor abría el maletero para sacar una bolsa que no debería haber acabado allí, Lucas miró hacia la entrada y vio el coche de Karim en su sitio de siempre, luego la luz del cuarto de servicio y la silueta de un hombre que cruzó fugazmente el espacio entre el muro y la vegetación baja.

Todo parecía normal, pero durante los últimos días había empezado a tratar la normalidad como algo que debía comprobarse en vez de darse por supuesto, y no tener ningún motivo concreto para inquietarse no mejoraba en absoluto su estado de ánimo.

Arben no había contestado.

El último mensaje de Lucas había sido lo bastante neutro para no exigir explicaciones, solo la confirmación de que podían hablar, y desde entonces habían pasado casi nueve horas.

En circunstancias normales, Lucas habría interpretado el silencio como una forma de negociación o una medida de seguridad; después de enterarse del francés herido, de las posiciones abandonadas y de los hombres que empezaban a retirarse del entorno de Arben, cada hora sin respuesta se había convertido en otro dato que no sabía muy bien dónde colocar.

—¿Esta es tu casa? —preguntó la morena, mirando la fachada iluminada.

—Vivo aquí de momento —dijo Lucas.

Cogió la bolsa del conductor y se la entregó a la otra mujer, que pareció sorprendida, como si hubiera olvidado que él la había traído.

—«De momento» suena muy sospechoso.

—En ese caso, tendrías que haber cambiado de opinión antes de cruzar la entrada.

—¿Me lo dices ahora?

Lucas sonrió y señaló la casa, pero antes de subir los escalones pidió al conductor que se quedara otros diez minutos. El hombre lo miró apenas una fracción de segundo antes de aceptar, pero bastó para que Lucas supiera que a él tampoco le parecía una petición normal.

En el vestíbulo no encontró nada que justificara su inquietud.

El aire acondicionado funcionaba demasiado fuerte, como toda la semana; las llaves de uno de los coches seguían sobre la mesita junto a la pared y la luz de la cocina estaba encendida, como Karim o Sami la dejaban a veces, aunque Lucas les había dicho varias veces que no necesitaba encontrar la villa iluminada como un hotel cuando volvía de noche.

Una de las mujeres se quitó los zapatos sin preguntar y se dirigió al salón. La otra se detuvo junto a Lucas para decir algo sobre la piscina. Él apenas la oyó, porque se había fijado en la puerta de la terraza trasera.

Estaba abierta.

No de par en par, solo lo suficiente para que la cortina fina se moviera de vez en cuando con la corriente del aire acondicionado, y Lucas recordaba con bastante claridad haberla cerrado antes de salir.

No era un recuerdo especial ni fruto de ninguna disciplina de seguridad; la había cerrado porque aquella mañana había discutido con Karim por la temperatura de la casa y le había dicho que no pensaba pagar la factura eléctrica de Túnez para enfriar la terraza.

—¿Qué pasa? —preguntó la mujer a su lado al darse cuenta de que se había detenido.

Lucas sacó el teléfono y miró la pantalla sin saber por qué. Luego volvió a mirar la puerta.

—Nada. Solo tengo que ocuparme de una cosa. Quédate aquí un momento, por favor.

—Lucas, si tienes una mujer de la que te has olvidado de hablarnos, dilo ahora, porque no me apetece montar una escena.

Otra noche se habría reído. Esta vez la miró, le dijo que no tenía mujer, se guardó el teléfono y se dirigió a la cocina, aminorando el paso antes de llegar a la puerta abierta.

La luz del interior se reflejaba en el cristal y le impedía ver, así que pulsó el interruptor, provocando de inmediato la protesta de una de las mujeres, que le dijo que se decidiera entre organizar una fiesta o dirigir una evacuación.

Al apagarse la luz, pudo ver la terraza.

Allí estaba la mesa redonda, con tres de aquellas sillas que Lucas no había escogido y jamás habría comprado; detrás se extendía la piscina, una superficie azul casi inmóvil, y más allá la vegetación baja cubría parte del muro.

Un hombre estaba sentado en la silla orientada hacia el jardín.

Al principio Lucas solo lo vio de perfil, pero fue suficiente para que metiera la mano bajo la chaqueta antes de que su mente terminara de reconocerlo.

Christian Laurent tenía el pelo mucho más gris de lo que Lucas recordaba y había adelgazado, o quizá la ropa sencilla solo hacía que pareciera menos corpulento que el hombre que Lucas había conservado durante casi tres décadas en un recuerdo poco fiable.

Llevaba las mangas de la camisa remangadas y delante de él, sobre la mesa, había una tacita de café.

Al volver la cabeza, no mostró sorpresa al verlo.

—Buenas noches, Lucas.

Lucas mantuvo la mano sobre la pistola sin sacarla.

Su primera reacción fue tan simple que casi lo irritó: miró el teléfono.

Tenía cobertura, la batería estaba casi llena y ningún mensaje le había advertido de que hubiera ocurrido nada en la villa.

Después comprobó por instinto el camino lateral, la parte del jardín que alcanzaba a ver y la ventana del cuarto de servicio y, al no encontrar nada extraño, empezó a calcular la distancia hasta la puerta principal, la posición de sus hombres y cuánto tardaría uno de ellos en llegar a la terraza.

Si Laurent había llegado hasta su mesa sin que nadie lo detuviera, cualquier opción evidente debía considerarse sospechosa.

—¿Quién es? —preguntó la morena a su espalda.

Lucas no apartó la mirada de Christian.

—Un hombre al que conozco desde hace mucho.

—Eso no responde a la pregunta.

—Lo sé, pero esta noche tendrá que bastar.

Se volvió hacia las dos mujeres y les dijo que había surgido algo de lo que tenía que ocuparse a solas; luego mandó un mensaje al conductor para que regresara a la entrada.

La morena lo observó brevemente, primero irritada y después atenta, y a Lucas no le gustó aquel cambio porque significaba que su tensión se había hecho lo bastante visible para que la notara una mujer que solo lo conocía desde hacía unas horas.

—¿Es peligroso? —preguntó.

—Para vosotras no, pero prefiero que os vayáis.

—Eso suena exactamente a lo que dice un hombre justo antes de que algo empiece a ser peligroso también para nosotras.

Lucas estuvo a punto de decirle que había visto demasiadas películas, pero dadas las circunstancias la frase habría sido estúpida.

Las acompañó hasta la entrada, se aseguró de que el conductor se hiciera cargo de ellas y esperó hasta que el coche salió por la puerta. Después llamó directamente a Karim.

El hombre respondió enseguida.

—¿Dónde estás? —preguntó Lucas sin preámbulos.

—En la entrada. ¿Por qué?

—¿Sami?

—Estaba detrás hace unos minutos. Creo que ha vuelto.

—¿Ha entrado alguien en la casa?

La pausa fue lo bastante larga para que Lucas cambiara el teléfono de mano.

—No —dijo Karim—. Yo no he visto a nadie.

—No te he preguntado si has visto a alguien. Te he preguntado si ha entrado alguien.

—Si supiera que ha entrado alguien, te lo diría. ¿Qué ha pasado?

Lucas miró a través del vestíbulo hacia la terraza trasera, donde Christian seguía sentado a la mesa.

—Todavía nada. Quédate donde estás y no llames a nadie hasta que te lo diga.

Colgó antes de que Karim pudiera preguntar nada más, atravesó de nuevo la cocina y, tras una breve vacilación, salió a la terraza.

No se sentó enseguida. Se quedó de pie a unos pasos de la mesa, lo bastante cerca para ver las manos de Christian y lo bastante lejos para no concederle una ventaja que no comprendía.

—¿Cómo has entrado?

Christian miró la taza y después a él.

—Preferiría no hablar de eso.

—Yo preferiría hablar exactamente de eso.

—Lo entiendo, pero no he venido por eso.

Lucas sacó la pistola sin apuntarle y la sostuvo junto al muslo, más porque mantener la mano sobre la empuñadura se había vuelto insoportable que porque hubiera tomado una decisión.

Christian la miró una sola vez.

—Si has venido solo, mis hombres son muy estúpidos o están muy poco atentos —dijo Lucas—. No me gusta ninguna de las dos posibilidades y, antes de empezar la conversación que supongo que has cruzado el Mediterráneo para tener, quiero saber cuál de las dos es cierta.

—No creo que tus hombres sean estúpidos. Uno de ellos me ha hecho café.

Lucas lo miró fijamente, sin estar seguro de haber oído bien.

—¿Uno de mis hombres te ha hecho café?

—Sí. No quedaba café en el recipiente que hay junto a la máquina y le pregunté dónde estaba. Me dijo que ese no era bueno para lo que yo quería y que me lo prepararía él.

Lucas no supo qué decir.

—¿Y dónde está ese hombre ahora?

—Creo que ha ido a comprar más, porque gastó lo que le quedaba.

Lucas sacó el teléfono y llamó a Sami. Esta vez tuvo que esperar más y, cuando el hombre respondió, se oía el ruido de un motor al fondo.

—¿Dónde estás?

—Cerca de la entrada. He ido a la tienda.

—¿A por café?

—Sí. Karim sabe que he salido.

Lucas cerró los ojos.

—Vuelve y quédate en la entrada. Hablaremos después.

Cuando terminó la llamada, Christian no sonreía, y precisamente eso hizo que Lucas se sintiera ridículo de una manera que no podía achacar por completo a sus propios hombres.