Una palabra dada DESPUÉS #2
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DESPUÉS #2

Maurice miró el reloj y descubrió que eran casi las seis.

—Tienes razón.

Patrick arqueó las cejas y Erwin empezó a enrollar el cable de un cargador.

—¿Cómo está el hermano que está en el hospital? —preguntó Maurice.

—Lo dejan esta noche también, pero el médico dice que está bien. Ha comido. Se queja de que no lo dejan levantarse solo, así que supongo que se encuentra mejor.

—¿El mecánico?

—Tiene el brazo en cabestrillo e intentó meterse en el taller.

—No lo dejes.

—Maurice, yo tengo sesenta y dos años y él sesenta y seis. No puedo encerrarlo en un armario.

—Escóndele las llaves.

Silencio al otro lado.

—Ya lo hice.

Maurice se quedó quieto.

—Bien.

—Encontró la de repuesto.

Patrick se tapó la boca con la mano.

—¿Dónde estaba?

—Da igual. Ahora también le he quitado la de repuesto.

—Bien.

—No, porque dice que hay otra.

Maurice cerró los ojos.

—La hay.

—¿Dónde?

—En mi despacho, en el cajón de abajo, dentro de una caja metálica.

—Tu despacho ya no tiene cajón de abajo.

Maurice recordó las fotografías.

—Entonces busca la caja.

—Muy útil.

—¿Cómo está la bodega?

El tono del cocinero cambió.

—Han venido los de sistemas. Hay que cambiar el panel. La tubería puede repararse, probablemente las válvulas también. El depósito veintisiete tiene que vaciarse por completo y revisarse.

—¿Cuánto hemos perdido?

—No lo sé exactamente. Más de lo que pensaba.

Maurice cogió un lápiz.

—Calcula.

El hombre le dio una cifra. Maurice la apuntó y la comprobó una vez, aunque no había nada que comprobar.

—¿El fresco?

—La restauradora dice que puede estabilizarse, pero la parte que se desprendió no puede volver a colocarse sin más. Quiere traer a alguien de Aviñón.

—¿Coste?

—Todavía no lo sabe.

—¿El taller?

—Hay que cambiar la puerta, dos armarios están rotos y alguien pisó la caja de piezas pequeñas. El mecánico sostiene que ese es el peor crimen cometido aquí.

—Para él, probablemente lo sea.

—Y luego están los compradores.

Maurice dejó el lápiz.

—¿Han llamado?

—Dos veces.

—¿Qué les dijiste?

—Que tienes un problema personal y que los llamarás.

—Bien.

—No parecían contentos.

—Ya lo sé.

—Maurice, uno de ellos dijo que, si mañana no confirmamos las cantidades y el calendario, tendrán que hablar con otro proveedor.

Patrick se había sentado ya a la mesa y había dejado de comer.

Maurice preguntó:

—¿Han retirado la oferta?

—Todavía no.

—Entonces no está perdida.

—No he dicho que lo esté.

—Llamaré mañana por la mañana.

—¿Vienes?

Maurice miró los papeles, las bolsas de Erwin y el mapa, con casi todas las marcas tachadas.

—Mañana no.

El cocinero no contestó enseguida.

—De acuerdo.

Maurice conocía ese tono.

—¿Qué?

—Nada.

—Dilo.

—Dijiste que volverías cuando se acabara.

—Yo no dije eso.

—Entonces debí de entenderlo mal.

Maurice pasó un dedo por el borde de la mesa.

—Todavía tengo algo que resolver.

—¿Con la gente que vino aquí?

—No.

—Entonces ¿con quién?

Maurice no respondió.

El cocinero soltó el aire al teléfono.

—Vale. No quiero saberlo. O quizá sí, pero no por teléfono.

—Llamaré por la mañana antes de las siete.

—A las siete menos cuarto. A las siete entro en la cocina.

—Vale.

—Y come.

Maurice miró a Patrick.

—He comido.

Patrick levantó la cabeza de inmediato.

—Miente.

—¿Quién está ahí?

—Patrick.

—Pásamelo.

Maurice le entregó el teléfono sin preguntar por qué.

Patrick lo cogió.

—Buenas tardes.

Escuchó y luego miró a Christian.

—Sí, ya lo sé. Lo intento.

Otra pausa.

—No, no puedo obligarlo. Quiero decir, puedo intentarlo, pero no funciona demasiado bien.

Maurice acercó los papeles hacia sí.

—Dile que llamaré mañana.

Patrick le hizo un gesto para que se callara.

—Sí, está aquí. Sí. Eso es exactamente lo que hace.

Erwin sonrió y cogió su bolsa.

—Me voy antes de que me meta a mí también en la familia.

·

Después de las siete solo quedaban los tres.

Erwin iba a dormir en casa por primera vez en varias noches.

Patrick tenía una habitación preparada en un lugar que los hombres de Arben no habían utilizado y que Christian creía que podía seguir siendo seguro, al menos de momento.

El búnker volvería a cerrarse hasta que alguien tuviera un motivo de verdad para abrirlo.

Erwin apagó uno de los monitores.

—Dieciocho años.

Maurice, que recogía los vasos vacíos en una bolsa, lo miró.

—¿Qué?

—Nada. Estaba pensando que hace dieciocho años cerramos este sitio convencidos de que quizá volveríamos en unos meses.

Patrick se detuvo junto a la puerta.

Erwin siguió desenchufando cables.

—Al cabo de un año pensé que estabas muerto. Al cabo de dos descubrí que no. Al cabo de tres estaba tan enfadado que me dije que, si volvía a verte alguna vez, te pegaría.

Maurice dejó caer un vaso dentro de la bolsa.

—Alain lo hizo.

—Alain siempre fue más eficaz para las cosas sencillas.

Patrick se apoyó en la pared sin interrumpir.

Erwin enrolló el cable demasiado deprisa, lo desenrolló y volvió a empezar.

—No sé si odiarte por haberte ido o darte las gracias.

Maurice permaneció junto a la mesa.

—¿Darme las gracias por qué?