DESPUÉS
Maurice encontró a Alain en una clínica de urgencias a menos de cuatro kilómetros del restaurante, sentado en una silla de plástico e intentando explicarle a una enfermera que el brazo solo le dolía cuando lo movía, afirmación que ella recibió con la paciencia profesional de quien había oído cosas bastante más absurdas aquel mismo día.
—¿Si no lo mueve, no le duele? —preguntó.
—Mucho menos.
—Entonces, hasta que venga el médico, procure no moverlo.
Alain miró a Maurice, que acababa de entrar.
—¿Ves? Para aprender eso se pasan seis años en la facultad de Medicina.
La enfermera levantó la vista del formulario.
—Yo no estudié seis años.
—Entonces retiro lo dicho.
—Gracias.
Maurice se acercó y miró el codo hinchado, luego el arañazo de la mejilla y la mancha oscura en la manga del abrigo.
—¿Ya te han atendido?
—Me están atendiendo ahora mismo.
—Un médico.
—Todavía no.
—Entonces esperas.
Alain lo estudió.
—¿Has venido hasta aquí para decirme que espere?
—He venido a ver cómo estás.
—Soy viejo, me duele el brazo y un albanés de treinta años me estampó la cabeza contra la puerta de un coche. Por lo demás, bastante bien.
Maurice acercó la silla vacía que había a su lado.
—No tenía treinta.
—No me estropees la historia.
En la pequeña sala de espera había también una mujer con un niño que llevaba una mano envuelta en una toalla, y un hombre con ropa de trabajo y un corte encima de la ceja.
El televisor fijado a la pared emitía, sin sonido, imágenes de un partido antiguo, mientras la máquina de café del rincón soltaba un zumbido irregular que a Maurice le recordó la bomba de la bodega antes de que la cambiaran.
El teléfono vibró.
Erwin.
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
—Con Alain.
—¿Y?
Maurice miró el brazo de Alain.
—Todavía no lo sabemos.
Alain alzó la voz lo suficiente para que lo oyeran.
—Dile que me estoy muriendo.
Maurice se volvió un poco.
—Dice que se está muriendo.
—Entonces está bien —dijo Erwin—. Si todavía tiene ganas de complicarnos la vida, está bien.
—Te oigo —dijo Alain.
—Ya lo sé.
Maurice se apretó más el teléfono contra la oreja.
—¿Los demás?
—Dos ya se han ido. Claire ha vuelto a los almacenes porque mañana a las seis tiene un camión de Róterdam y, por lo visto, eso es más importante que el glorioso renacimiento del imperio Laurent.
Maurice cerró los ojos un instante.
—No lo llames así.
—Ya lo sé. Era una broma.
—¿Y los demás?
—Uno duerme en mi casa porque se tomó dos copas en el restaurante y me niego a dejarlo conducir. El que vino de Grenoble se marchó hace diez minutos. Le he dicho que me llame cuando llegue.
—Bien.
—Patrick está aquí.
Maurice miró el reloj.
—Voy para allá.
—No corras. Arben se ha ido, los suyos se están retirando y no tenemos nada que indique que vaya a cambiar de opinión en las próximas dos horas.
—¿Dos horas?
—He escogido un margen que pueda defender sin que me acuses de inventarme certezas.
Maurice estuvo a punto de contestar, pero oyó a la enfermera llamar a Alain.
—Tengo que dejarte.
—Christian.
—¿Sí?
Erwin vaciló el tiempo suficiente para que Maurice pensara que se había cortado la comunicación.
—¿Has hablado con Marc?
—Todavía no.
—Llámalo.
—Lo haré.
—No. Nada de «lo haré». Llámalo antes de venir.
Maurice miró al suelo.
—De acuerdo.
Colgó.
Alain se había levantado e intentaba guardarse el teléfono en el bolsillo con la mano herida.
—Déjalo —dijo Maurice.
—¿Qué?
—El teléfono.
—Puedo guardarme mi propio teléfono en el bolsillo.
—Ya lo veo.
Alain se detuvo.
—Te has vuelto muy pesado.
—Ya lo era antes.
—Sí, pero antes tenías gente que fingía no darse cuenta.
La enfermera le indicó que la siguiera. Alain echó a andar tras ella y luego se volvió.
—No te quedes aquí.
—Esperaré.
—No hace falta.
Maurice lo miró.
Alain suspiró.
—Vale. Quédate. Pero si el médico dice que no tengo nada, no empieces a explicarle por qué necesita hacerme otra radiografía.
—Yo no hago eso.
—Lo hiciste en Sarajevo.
—Aquello era distinto.
—Claro que sí.
La puerta de la consulta se cerró tras él.
Maurice siguió sentado y sacó el teléfono.
Tenía tres llamadas perdidas del monasterio, una del contable y dos mensajes de Patrick, aunque Patrick sabía dónde estaba.
En el primero preguntaba si Alain se había roto el brazo; en el segundo, enviado siete minutos después, decía que Erwin había encontrado comida y que, si Maurice quería algo, tenía que contestar antes de que Erwin se lo comiera todo.
Abrió el contacto de Marc.
Tardaron mucho en responder.
—¿Sí?
La voz sonaba débil e irritada.
—Soy Christian.
—Ya lo veo.
Maurice se recostó.
—¿Cómo estás?
—Mal.
—¿Qué han dicho los médicos?
—Muchas cosas.
—Marc.
—Tengo dos costillas fisuradas, una conmoción leve, el hombro parece fruta podrida y todavía no me dejan irme. Esa es la versión sin latín.
Maurice se frotó con el pulgar el borde de la uña del mismo dedo.
—Lo siento.
Al otro lado hubo movimiento, seguido de una exhalación dolorida.
—¿Qué parte?
—Haberte enviado.
—Tú no me mandaste entrar allí.
—Te puse en una situación en la que acabaste entrando.
Marc guardó silencio.
Maurice continuó antes de convertir la frase en una conversación que el otro tendría que resolver por él.
—¿Necesitas algo?
—Sí. Que me dejen salir.
—Algo más.
—Cigarrillos.
—No.
—Entonces ¿para qué preguntas?
—Algo que pueda llevarte.
—Puedes llevarme cigarrillos.
Maurice apretó los labios.
—¿Comida?
—Sí, si no es del hospital.
—Erwin te llevará algo.
—¿Por qué Erwin?
—Porque yo me voy.
La pausa fue inmediata.
—¿Adónde?
Maurice miró hacia la puerta de la consulta por la que había desaparecido Alain.
—Todavía tengo algo que hacer.
—Christian.
—¿Qué?
—¿Arben?
—Se acabó.
Marc tardó un momento en responder.
—¿Está muerto?
—No.
—Ah.
—Los suyos se están marchando —continuó Maurice—. La estructura ya no puede operar aquí como antes.
—¿Y él?
—Se va.
—¿Lo has dejado?
Maurice se cambió el teléfono de oreja.
—Sí.
Marc tomó aire con cuidado.
—Bien.
—¿Bien?
—¿Qué quieres que diga? Estoy tumbado en una cama, con una mujer tomándome la tensión cada tres horas y riñéndome si intento ir solo al baño. Ahora mismo no tengo una opinión estratégica muy sofisticada.
Maurice miró la máquina de café.
—Es razonable.
—Christian.
—¿Sí?
—Tú no me obligaste a entrar.
Maurice no respondió.
—¿Me has oído?
—Sí.
—Bien. Eso no significa que tú lo hicieras todo bien. También hiciste estupideces. Yo hice una más grande. Ya hablaremos cuando no me duela cada vez que respiro.
—De acuerdo.
—Y dile a Erwin que no me traiga ese sándwich de atún.
—¿Por qué?
—Porque está asqueroso.
—Entonces ¿qué quieres?
—Cualquier cosa que no lleve atún.
—Se lo diré.
—Y cigarrillos.
—No.
Marc colgó primero.
Maurice permaneció sentado con el teléfono en la mano hasta que la máquina de café volvió a zumbar. Se levantó, compró un café y se arrepintió después del primer sorbo.
·
Alain tenía una luxación leve de codo y una contusión que requerían reposo, hielo y otra revisión si el dolor no remitía.
El médico le había colocado el brazo en un cabestrillo sencillo, y Alain salió de la consulta indignado porque la recomendación principal consistía en no hacer nada con la mano izquierda durante unos días.
—¿Y qué se supone que hago con ella?
—Déjala ahí —dijo Maurice.
—Gracias.
—De nada.
—No te lo preguntaba a ti.
Maurice lo acompañó hasta el coche que había venido a recogerlo. Alain abrió la puerta y se quedó de pie, con la mano derecha apoyada en el techo.
—No vas a volver a desaparecer, ¿verdad?
Maurice tardó en responder.
Alain lo miró.
—No te estoy pidiendo que vengas por Navidad.
—No sé dónde estaré.
—Tienes teléfono.
—Sí.
—Y ahora tienes mi número.
—Sí.
Alain esperó algo que Maurice no sabía cómo darle sin convertir la promesa en algo mayor de lo que podía garantizar.
—Contestaré —dijo al fin.
—Es muy poco.
—Lo sé.
Alain bajó los ojos hacia el brazo.
—Es más que antes.
Subió al coche, y Maurice se quedó junto al bordillo hasta que salió del aparcamiento.
·
Cuando volvió al lugar donde se habían reunido, el búnker ya parecía más grande.
Había dos sillas vacías, los cables que habían llevado para el equipo estaban recogidos y uno de los ordenadores provisionales había desaparecido junto con el hombre que lo había instalado.
Sobre la mesa quedaban vasos de papel, mapas, dos cajas de medicamentos, una bolsa de pan abierta y un montón de papeles, y Maurice tenía que decidir qué podía destruirse y qué había que conservar.
Patrick comía de pie.
—¿Alain?
—El codo. No está roto.
—Eso es lo que dijo desde el principio.
—Dijo el brazo.
—Más o menos.
Erwin salió de la habitación contigua con dos bolsas.
—¿Marc?
—Estable. Quiere comida y cigarrillos.
—Cigarrillos no va a tener.
—Ya se lo he dicho.
Patrick los miró.
—De verdad que os habéis hecho viejos.
Erwin dejó las bolsas.
—¿Qué estás comiendo?
Patrick miró el sándwich.
—No lo sé.
—Entonces no opines.
Maurice se sentó a la mesa y empezó a ordenar los papeles.
—Esto se destruye. Esto se queda hasta que confirmemos que los hombres de Arben han salido. Borramos los números de teléfono personales cuando todos hayan llegado a casa.
Erwin no se movió.
—Christian.
Maurice levantó la vista.
—¿Qué?
—Se irán aunque tú no hagas inventario.
—Lo sé.
—Entonces come algo.
Patrick le tendió la mitad que le quedaba del sándwich.
Maurice lo miró.
—¿Qué es?
—Si lo supiera, le habría contestado a Erwin.
—No lo quiero.
—Vale.
Patrick siguió comiendo.
Maurice movió dos hojas más y entonces se dio cuenta de que Erwin seguía de pie delante de la mesa.
—¿Qué?
—Nada. Intento averiguar si te vas esta noche.
—Sí.
Patrick dejó de masticar.
—¿Adónde?
—Todavía no lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? Acabas de decir que te vas.
—Sé lo que tengo que hacer primero. Aún no he decidido la ruta.
Patrick dejó el sándwich sobre el envoltorio.
—Espera. Hemos terminado con Arben.
—Sí.
—Entonces podemos volver al monasterio.
Maurice abrió la boca, pero el teléfono sonó antes de que pudiera responder.
El cocinero.
—¿Sí?
—Por fin.
—Hemos hablado hoy.
—Hace cinco horas.