Una palabra dada LA PALABRA DE ARBEN #3
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LA PALABRA DE ARBEN #3

—¿Y después?

—¿Después de qué?

—Después de destruir mi estructura.

Christian movió el vaso.

—Se marcha.

—¿Adónde?

—No lo sé. No me importa.

Arben lo estudió, convencido de que faltaba algo.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—No quiere dinero.

—No.

—Ni recuperar el documento.

Christian vaciló.

—No.

—¿Por qué?

—Es suyo.

La ira se removió dentro de Arben.

—¿Después de todo esto?

—Se lo di.

—A cambio de una promesa que, según usted, rompí.

—Sí.

—Entonces el intercambio queda anulado.

Christian pensó unos segundos.

—Quizá legalmente. No lo sé. Pero se lo di.

—No lo entiendo.

—No sé explicarlo mejor.

Arben lo miró y después miró a Erwin, que parecía igual de poco interesado en ayudarlo.

—¿Y si me niego a marcharme?

Christian levantó los ojos.

—Entonces continuamos.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que usted no pueda más.

Arben siguió de pie junto a la mesa.

No era una amenaza espectacular, y precisamente por eso resultaba creíble.

En tres días había perdido dos emplazamientos, acceso a vehículos, tres contactos y la confianza de un hombre que llevaba siete años trabajando con él.

Uno de sus propios hombres había tomado una iniciativa sin autorización porque probablemente sentía la misma presión que Arben intentaba ocultar.

No lo habían derrotado en un tiroteo.

Ni siquiera sabía cuántos hombres tenía Laurent.

Quizá diez.

Quizá treinta.

Quizá solo un puñado de viejos que llamaban a otras personas y les recordaban antiguas deudas.

Ya no importaba.

—Mi hombre se marcha conmigo —dijo Arben.

—Sí.

—Y nadie lo sigue.

Christian miró a Erwin.

—¿Podemos hacer eso?

—Mientras no intente secuestrar a nadie otra vez.

Arben lo ignoró.

—Y no tocan a mi gente cuando salga de Lyon.

Christian lo miró.

—Tiene mi palabra.

Por primera vez en toda la tarde, Arben pareció sorprender a Christian.

Christian respondió al cabo de varios segundos.

Arben recogió el teléfono de la mesa.

—Bien.

Se volvió hacia la salida y luego se detuvo.

—Laurent.

Christian alzó la vista.

Arben quería decirle que no había sido lo mismo, que no había mentido en la terraza y que la diferencia entre buscar a un hombre y ejecutar un contrato existía en el mundo real, creyera Christian lo que creyera.

También quería decirle que, si sus posiciones hubieran estado invertidas, probablemente Laurent habría encontrado una interpretación que le conviniera a él.

En vez de eso preguntó:

—¿El documento fue realmente un regalo?

Christian pareció sorprendido.

—Sí.

—¿De quién?

—De un cliente.

Arben lo estudió.

—Sigue sin decirlo.

—No.

—Bien.

Bajó las escaleras con Erwin hacia la habitación donde retenían a su hombre. En el rellano, Erwin miró el teléfono y murmuró algo sobre que le quedaba un siete por ciento de batería.

Arben lo miró.

—¿Por esto volvió?

—¿Por qué?

—Por Laurent.

Erwin siguió andando.

—Yo no volví.

—Está aquí.

—Sí.

—Entonces ¿qué?

Erwin se detuvo en el rellano.

—Es complicado.

Arben esperó.

Erwin lo miró y se encogió de hombros.

—¿Qué? ¿Quiere una historia bonita?

—No.

—Bien, porque no la tengo.

Siguió bajando.

El hombre de Arben estaba sentado en una silla dentro de un almacén, con las manos libres y una bolsa de hielo apretada contra la mejilla. Alain estaba en la esquina opuesta, masajeándose el codo izquierdo y soltando maldiciones entre dientes cada vez que intentaba doblarlo.

Al ver a Arben, el hombre se puso de pie.

—Jefe, yo…

—Ahora no.

—Pensé que…

—Precisamente por eso, ahora no.

El hombre calló.

Arben señaló la puerta.

—Nos vamos.

Alain los observó.

—Ese cabrón casi me rompe el brazo.

Erwin miró el codo.

—No está roto.

—¿Cómo lo sabes?

—Puedes moverlo.

—Eso no significa que no esté roto.

—Entonces iremos al hospital.

—Odio los hospitales.

Arben salió antes de oír el resto.

Solo quedaba un coche en el aparcamiento.

Uno de los conductores se había marchado.

El otro esperaba junto a la puerta, pero no se acercó inmediatamente para abrírsela como hacía normalmente.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Arben.

El conductor miró al hombre que llevaba la bolsa de hielo en la mejilla.

—¿Nos vamos de Francia?

—Sí.

—¿Hoy?

Arben abrió él mismo la puerta.

—Hoy.

El conductor asintió.

—Bien.

Arben se detuvo antes de entrar.

—¿Tienes algo que decir?

El hombre vaciló.

—No.

Arben lo miró.

—Dilo.

—Después quiero volver a casa.

—¿A Albania?

—A Milán. Mis hijos están allí.

Los hijos de Milán no aparecían en la información de Arben.

O quizá lo había sabido y lo había olvidado.

—Bien.

—¿Por cuánto tiempo?

Arben miró hacia las ventanas del restaurante. No veía a Christian.

—No lo sé.

El conductor volvió a asentir, y esta vez Arben reparó en que el hombre parecía aliviado por la respuesta.

Entró en el coche y cerró la puerta.

El documento de Tesla estaba en una caja de seguridad de Bruselas, exactamente donde lo había enviado después de autenticarlo. Durante un instante se planteó devolvérselo a Laurent, pero decidió no hacerlo.

Christian se lo había dado.

La palabra había sido de Arben.

Y por mucho que siguiera discutiendo consigo mismo sobre la formulación, ya no quedaba nadie a quien convencer.