Una palabra dada LA PALABRA DE ARBEN #2
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LA PALABRA DE ARBEN #2

—En nuestra primera reunión, usted dijo: «Mi gente cesa toda operación destinada a encontrar a Patrick Laurent. No lo siguen, no lo capturan, no lo matan ni lo entregan. El contrato ha terminado».

Arben sintió que se le contraía el estómago al oír repetidas exactamente sus palabras.

—Sí.

—Después le pregunté si me daba su palabra.

—Sé lo que dije.

—Bien.

—No, nada de «bien». Si me ha llamado aquí para recitar nuestra conversación…

—Lo he llamado porque la incumplió.

Arben se inclinó ligeramente hacia delante.

—No maté a Patrick.

—No.

—No lo capturé.

—No.

—No se lo entregué a nadie.

—No.

—Entonces ¿qué?

Christian lo miró.

—Lo buscó.

—Intenté averiguar dónde estaba.

—Sí.

—No es lo mismo.

Erwin se movió en la silla, pero Christian no apartó los ojos de Arben.

—Dijo que su gente cesaría toda operación destinada a encontrarlo.

—A encontrarlo en el contexto del contrato.

—Eso no lo dijo.

—Ese era el contexto.

—El contexto era que yo le pedí expresamente que dejara de buscarlo.

Arben oyó cómo subía su propia voz y la obligó a bajar.

—Laurent, escúcheme. Acepté no ejecutar el contrato. Acepté que Patrick viviría. Si uno de mis hombres comprueba la ubicación de un hombre que acaba de convertirse en el centro de un problema operativo, eso es inteligencia.

Christian pasó un dedo por el borde del vaso.

—¿También se dijo eso a sí mismo entonces?

La pregunta lo irritó.

—No me diga lo que me dije a mí mismo.

—No se lo digo. Se lo pregunto.

Arben volvió la cabeza hacia la ventana.

Uno de sus hombres estaba junto al coche, con el teléfono en la oreja.

—Cumplí la parte importante.

—Para usted.

—Sí, para mí. Di mi palabra.

Christian asintió despacio.

—Exactamente.

Arben volvió a mirarlo.

—No puede decidir después qué quise prometer.

—No estoy decidiendo qué quiso decir. Le estoy diciendo qué prometió.

—Semántica.

—No.

—Es exactamente lo que estamos haciendo.

Christian hizo una pausa, como buscando las palabras, y luego dijo:

—Si quería conservar la libertad de localizarlo, ¿por qué no lo dijo en la mesa?

Arben no respondió.

—Le pedí que dejara de buscarlo —continuó Christian—. Usted se opuso. Lo reformuló con sus propias palabras y dijo que cesaría toda operación destinada a encontrarlo. Después me dio su palabra. Yo no elegí la formulación.

Arben apretó la mandíbula.

—Y me dio el documento porque esa formulación le convenía.

—Sí.

—Entonces quizá negoció mal.

Christian sostuvo su mirada.

—Quizá.

La respuesta descolocó a Arben.

—¿Quizá?

—Si de verdad entendió otra cosa, entonces negocié mal.

Erwin miró a Christian, pero no intervino.

Arben apoyó las palmas sobre la mesa.

—Por fin.

—Pero no creo que entendiera otra cosa.

Arben se puso de pie.

—Entonces hemos terminado.

Un teléfono vibró en el bolsillo de Erwin.

Arben se detuvo.

Erwin sacó un teléfono que no era el suyo y lo dejó sobre la mesa.

Arben lo reconoció.

—¿De dónde ha sacado eso?

—De su hombre de detrás del restaurante.

Arben se volvió hacia la ventana.

El hombre que estaba junto al coche ya no estaba.

La mano le bajó hacia el bolsillo donde llevaba su propio teléfono.

Christian dijo:

—No.

Arben lo miró.

—¿Qué?

—Todavía no llame.

—¿Por qué?

—Porque uno de sus hombres intentó llevarse a Alain cuando yo entraba aquí.

Arben se quedó inmóvil.

—¿Quién es Alain?

—Uno de mis hombres.

—Yo no he dado ninguna orden de llevarse a nadie.

—Entonces tiene otro problema.

Arben sacó el teléfono.

Había un mensaje esperando.

TENEMOS A UNO. NOS VAMOS.

Enviado siete minutos antes.

Maldijo.

Llamó de inmediato.

Nadie contestó.

Volvió a intentarlo.

Christian no lo detuvo.

—¿Dónde está? —preguntó Arben.

—¿Alain?

—Mi hombre.

—No lo sé.

—No juegue conmigo.

—No lo hago. La gente de Erwin intervino cuando vio lo que estaba pasando. Uno de los suyos huyó. El otro está abajo, en un cuarto de servicio, con Alain.

Arben se volvió hacia Erwin.

—¿Está herido?

—¿Cuál de los dos?

—El mío.

Erwin pensó un instante.

—No lo sé. Estaba consciente cuando recibí el mensaje.

Arben se apretó la frente con los dedos.

Su hombre había tomado una decisión sin órdenes, probablemente intentando reparar la situación, conseguir una ventaja, demostrar que todavía podían controlar la iniciativa.

Una semana antes, Arben quizá lo habría valorado.

Ahora quería pegarle.

—Lo sueltan.

Christian asintió.

—Sí.

Arben lo miró.

—¿Así, sin más?

—Cuando terminemos.

—No estoy negociando la vida de mi hombre.

—Yo tampoco.

—Entonces ¿por qué lo retienen?

La irritación apareció por fin en el rostro de Christian.

—Porque intentó meter a empujones a un hombre de sesenta y tantos años en un coche, en el aparcamiento de un restaurante. ¿Qué quiere que hagamos, decirle que lo intente otra vez?

Arben abrió la boca y desistió.

Christian continuó.

—No vamos a matarlo. No vamos a pegarle. Lo retenemos hasta que usted se marche.

—¿Y Alain?

—Se ha hecho daño en el hombro. Creo. No he bajado a verlo.

Erwin lo corrigió.

—Codo.

Christian lo miró.

—Me dijiste hombro.

—Dije brazo.

—Bien. Brazo.

Arben los observó, y en otro momento el desorden de aquella conversación quizá lo habría tranquilizado.

Ahora no.

Su teléfono empezó a recibir mensajes.

El primero era de uno de los conductores.

La empresa iba a recuperar el coche al final del día.

El segundo era de un intermediario que le informaba de que ya no podía proporcionar alojamiento al equipo de Lyon.

El tercero era más breve.

ME VOY. SE ACABÓ.

Arben llamó.

El hombre contestó.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que dice.

—Hablaremos cuando vuelva.

—No, Arben.

—¿Qué ha pasado?

Hubo una pausa al otro lado.

—No sé quién más sabe dónde estamos.

—Yo sí.

—Eso no me ayuda.

—Te he protegido durante siete años.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué coño…?

—Precisamente por eso me voy ahora, antes de conseguir olvidarlo.

La llamada terminó.

Arben mantuvo el teléfono junto al oído un instante más.

Cuando lo bajó, Christian no dijo nada.

Eso lo irritó más de lo que lo habría hecho una sonrisa.

—Ha hablado con él.

—Yo no.

—Su gente.

—Probablemente.

—¿Probablemente?

Christian miró a Erwin.

—No sé quién habló con él.

Erwin levantó una mano.

—Yo tampoco.

Arben rio sin humor.

—Qué conveniente.

Christian se inclinó ligeramente hacia delante.

—Señor Kola, no necesito convencer a cada uno de sus hombres para que se marche. Solo necesito demostrarles que usted ya no puede garantizar las cosas que garantizaba hace una semana.

Arben lo miró.