Una palabra dada LO QUE QUEDABA DEL EJÉRCITO #3
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LO QUE QUEDABA DEL EJÉRCITO #3

Un hombre que dirigía una empresa de transporte sanitario podía proporcionar dos vehículos y un conductor sin hacer demasiadas preguntas, pero se negaba a involucrarse personalmente en nada violento.

Una mujer que había trabajado en análisis de inteligencia y que ahora dirigía con su marido dos almacenes logísticos cerca de Lyon accedió a comprobar unos cuantos nombres, pero advirtió a Christian desde el principio de que se marcharía a las ocho porque cenaba con su hija.

—Entonces te vas a las ocho —dijo él.

Ella lo miró sorprendida.

—¿En serio?

—Has dicho que tienes una cena.

—Antes me habrías dicho que la cancelara.

Christian lo pensó.

—Probablemente.

—La habría cancelado.

—Lo sé.

—Y ese era el problema.

Christian no respondió.

El tercer hombre había venido únicamente a verlo.

Tenía casi setenta años, caminaba con bastón y, después de bajar al búnker, rechazó cualquier participación.

—Ya no hago esto.

Christian asintió.

—De acuerdo.

—He venido porque Erwin me dijo que estabas vivo.

—Lo estoy.

—Ya lo veo.

El anciano lo observó durante casi un minuto y luego preguntó:

—¿Corina?

Patrick alzó los ojos.

Christian no se movió.

—No.

Una sola palabra, y el anciano entendió lo suficiente para no volver a preguntar.

Cuando se marchó, estrechó la mano de Christian y le dijo que se alegraba de que estuviera vivo. Luego, tras unos pasos, se volvió.

—Pero eras un cabrón.

Christian asintió.

—Lo sé.

—Bien.

Y se fue.

Patrick esperó hasta que se cerró la puerta.

—¿Eso ha sido todo?

Erwin recogía los vasos de la mesa.

—¿Qué querías?

—No sé. Una historia.

—La gente de verdad decepciona.

—Empiezo a darme cuenta.

Ocho personas permanecían alrededor de la mesa, de las cuales solo tres habían aceptado participar directamente. Otras seis habían dicho por teléfono que podían ayudar con cosas concretas, mientras que dos se habían negado por completo. Una no había contestado.

Patrick los miró e intentó conciliar aquella imagen con las historias que había oído de joven sobre Christian Laurent.

No pudo.

Ninguno llevaba un arma visible. Uno se estaba midiendo el azúcar en sangre.

La mujer de los almacenes había cambiado la silla de sitio porque le dolía la espalda.

Alain tenía una mancha de salsa en la manga izquierda por el bocadillo que se había comido demasiado deprisa, y Erwin discutía con alguien por un cargador que no encajaba en un teléfono.

Y, sin embargo, cuando Christian empezó a repartir los problemas, la habitación cambió.

No mediante órdenes.

Mediante preguntas.

¿Quién podía comprobar las empresas que seguían suministrando vehículos a Arben?

¿Quién sabía si determinado intermediario trabajaba por dinero o por lealtad?

¿Quién tenía una relación lo bastante buena con el propietario de una nave industrial para averiguar si se había modificado un contrato sin pedir documentos que dejaran rastro?

En la tercera pregunta, Alain lo interrumpió.

—Jean no hace esa. La hago yo.

Christian levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque Jean llamará directamente.

Jean protestó:

—Sé ser sutil.

—Le preguntaste a tu mujer qué regalo quería por vuestro aniversario.

—¿Y?

—Eso no es sutileza.

Alguien se rio.

Christian cambió el nombre en la hoja.

Más tarde, Patrick sugirió utilizar un contacto del mundo de los casinos que podía llegar a un proveedor compartido con la gente de Lucas. Christian empezó a objetar, se detuvo y preguntó:

—¿Confías en él?

Patrick lo pensó.

—No.

Christian lo miró.

—Entonces ¿por qué…?

—Porque no necesito confiar en él. Necesito que le guste el dinero y que crea que puede ganar algo sin riesgo.

Alain miró hacia Christian.

—Tu hermano tiene razón.

Christian tardó un momento en responder.

—Bien. Hazlo.

Patrick sintió una ridícula oleada de satisfacción.

—¿Ya está?

—¿Qué quieres que diga?

—Nada. Solo comprobaba.

A las ocho menos diez, la mujer de los almacenes recogió sus cosas.

Christian miró el reloj.

—Te vas.

No preguntaba.

—Sí.

—Gracias por venir.

Ella se colgó el bolso del hombro y se detuvo junto a él.

—Christian.

—¿Sí?

—Cuando lo cerraste todo, dijiste que nos dabas nuestra libertad.

Christian la miró.

—Eso era lo que quería.

—Lo sé. Pero a veces la libertad que te da otra persona se parece mucho a que esa persona te abandone.

Christian no respondió.

La mujer lo besó en la mejilla.

—Me alegro de que estés vivo.

Se había marchado antes de que él encontrara algo que decir.

Patrick no lo miró inmediatamente. Fingió estar ocupado con el teléfono y abrió una conversación en la que no había mensajes nuevos.

Al cabo de unos minutos, Christian dijo:

—Patrick.

—¿Sí?

—Tu contacto del casino.

—¿Qué pasa con él?

—Llámalo ahora.

Patrick alzó la vista.

Christian tenía delante una hoja llena de nombres, flechas, números y correcciones.

La mitad de las personas a las que había llamado no habían venido.

Las que sí habían venido lo habían contradicho, lo habían mandado a la mierda, una le había pegado y otra se había marchado a cenar antes de que terminara la reunión.

No se parecía en nada a lo que Patrick había imaginado de joven cuando oía hablar de la organización de su hermano.

Sacó el teléfono.

—Lo llamaré.

Christian acercó otra hoja.

Patrick marcó el número y, mientras esperaba respuesta, volvió a mirar a su alrededor.

El ejército ya no existía.

La gente, sin embargo, no había desaparecido con él.