LO QUE QUEDABA DEL EJÉRCITO
Patrick se despertó con la impresión de que alguien hablaba en la habitación contigua.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, sin saber dónde estaba, y solo cuando su mano tocó el borde del estrecho colchón recordó el techo de hormigón, el aire frío y la casa de Lyon bajo la cual Christian había conservado, durante dieciocho años, un lugar que aseguraba no necesitar ya.
La voz volvió a oírse, demasiado baja para distinguir las palabras.
Buscó el teléfono en el suelo, lo encontró debajo de la camisa que había tirado allí antes de quedarse dormido y miró la hora.
Había dormido menos de tres horas. Tenía la garganta seca, le dolía la espalda y aún conservaba en la boca el sabor del mal café que Erwin había preparado la noche anterior, que los tres habían bebido porque la alternativa era agua.
Se levantó, se puso los pantalones y abrió la puerta.
Christian estaba sentado a la mesa de la sala principal con el auricular de uno de los teléfonos antiguos pegado al oído.
Erwin, ya vestido y listo para salir, tenía la chaqueta colgada del respaldo de la silla.
Los mapas de la noche anterior habían desaparecido de la mesa.
En su lugar había una hoja con cuatro nombres, dos números escritos aparte y una taza en la que alguien había olvidado un lápiz.
Christian lo vio e hizo un gesto hacia la cafetera.
Patrick levantó la tapa.
—¿Esto es de hoy?
Erwin lo miró.
—No.
Patrick volvió a poner la tapa.
—Entonces prefiero la deshidratación.
Christian seguía escuchando. Solo dijo:
—Entiendo.
Una pausa.
—No, no tienes que venir.
Patrick se detuvo.
Erwin cogió la chaqueta y se la puso.
—Voy a revisar los coches.
—Los revisaste hace dos horas.
—Hace dos horas estabas dormido.
—Eso no cambia el estado de los coches.
Erwin abrió la puerta.
—A veces echaba de menos a la familia Laurent. Se me está pasando.
Salió antes de que Patrick pudiera responder.
Christian siguió al teléfono casi un minuto más, escuchando más que hablando. Patrick intentó no parecer que estaba escuchando y no consiguió engañarse ni a sí mismo.
—No —dijo Christian—. Esto no es una convocatoria. He llamado porque necesito algo que puedes hacer desde allí.
La voz del auricular subió lo suficiente para que Patrick oyera el tono, aunque no las palabras.
Christian se frotó la frente.
—Sé lo que dije entonces.
Otra pausa.
—Lo sé.
Patrick sacó una silla y se sentó.
Christian lo miró una vez y luego dirigió la vista a la pared de enfrente.
—Ahora no puedo cambiarlo.
Esta vez el hombre del otro lado habló durante un buen rato.
Christian no lo interrumpió.
—Tienes razón —dijo cuando la voz se detuvo—. No debería haber desaparecido así.
Patrick bajó la mirada hacia la mesa.
Nunca había oído a su hermano decirle aquella frase a nadie.
—Si quieres mandarme a la mierda —continuó Christian—, hazlo ahora. Pero después necesito que me escuches dos minutos.
La voz volvió a estallar.
Christian cerró los ojos un instante.
—Bien. Tres.
Patrick se mordió el interior de la mejilla para no sonreír.
La conversación duró casi diez minutos más. Cuando terminó, Christian dejó el auricular y escribió algo junto al tercer nombre.
Patrick se inclinó.
—¿Va a venir?
—No.
—Entonces ¿por qué has puesto una marca ahí?
—Porque va a ayudarnos.
—¿Desde dónde?
—Grenoble.
—¿Con qué?
Christian alzó la vista.
—Todavía no lo sé exactamente.
Patrick lo miró fijamente.
—Eso es nuevo.
—¿Qué?
—Que digas que no sabes.
—Lo he dicho muchas veces.
—Quizá en el monasterio. Antes tenías que deducir que no lo sabías por lo que hacías después.
Christian acercó la hoja.
—¿Has dormido?
—Mal.
—Quizá por eso recuerdas mal.
Patrick sonrió, pero la sonrisa desapareció cuando volvió a mirar los cuatro nombres.
—¿Quiénes son?
Christian tardó un momento en responder.
—Gente con la que trabajé.
—Esa parte ya la sé. Pregunto quiénes son.
—Uno dirige ahora una empresa de transporte sanitario. Otro tiene una empresa de seguridad industrial. El de Grenoble trabaja en telecomunicaciones.
Patrick señaló el último nombre, junto al que no había nada escrito.
—¿Y este?
Christian miró el nombre.
—No lo sé.
—¿No sabes a qué se dedica?
—No sé si sigue en Francia.
—Pero vas a llamarlo.
—Si el número todavía funciona.
Patrick se recostó.
—¿Este es el ejército?
Christian lo miró con una expresión que Patrick no supo decidir si era divertida o molesta.
—Ya no hay ningún ejército.
—Erwin utiliza otras palabras.
—Erwin exagera.
La puerta se abrió y Erwin entró con una bolsa de papel.
—¿Qué exagero?
—Lo del ejército.
—No exagero nada. He dicho que tenías unos cuantos cientos de personas. Es verdad.
Dejó la bolsa sobre la mesa.
Patrick la abrió y encontró tres cruasanes, dos bocadillos y una botella grande de agua.
—Te quiero.
—No te acostumbres.
Christian cogió un cruasán.
—¿Cuántos coches?
—Tres buenos, uno con el que no iría ni hasta la panadería y la furgoneta, si queremos que se fije en nosotros todo gendarme con ojos que funcionen.
—La furgoneta se queda.
—Obviamente. Parece que lleva muebles robados.
Patrick abrió el agua.
—Es del monasterio.
Erwin lo miró.
—Entonces parece que lleva muebles robados por monjes.
Christian mordió el cruasán sin sumarse a la broma.
Erwin acercó la hoja y vio la marca.
—¿Henri no viene?
—No.
—¿Ha dicho por qué?
Christian masticó antes de responder.
—Sí.
Erwin esperó.
—¿Y?
—No quiere.
—Eso ya lo he entendido. ¿Por qué?
Christian dobló la servilleta bajo el cruasán.
—Porque tiene sesenta y tres años, dos nietos y una mujer que cree que esa parte de su vida se acabó.
Erwin lo estudió.
—Me parece justo.
Patrick miró de uno a otro.
—¿Ya está?
—¿Qué quieres que hagamos, secuestrarlo?
—No, pero esperaba algo más… no sé.
—¿Militar?
—Quizá.
Erwin cogió un bocadillo.
—Has visto demasiadas películas.
Patrick señaló el búnker.
—Estoy sentado en una habitación secreta construida bajo una casa, con teléfonos antiguos, armas en un armario y un código que son seis nueves. No creo que las películas sean el principal problema.
Christian dejó el resto del cruasán sobre la servilleta.
—Cinco nueves.
Patrick se detuvo.
—¿Qué?
—El código.
—Christian, son seis.
—Son cinco.
Erwin empezó a reírse.
Patrick miró a su hermano, cogió la hoja y escribió 999999.
—Cuéntalos.
Christian contó.
Durante un instante mantuvo los ojos en el papel.
—Seis.
—Gracias.
—Recordaba cinco.
Erwin se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Así empieza.
Christian lo ignoró y cogió el auricular.
El último número contestó al séptimo tono.
Patrick no oyó el saludo, si lo hubo.
Christian dijo:
—Soy Christian.
Esta vez la reacción llegó tan deprisa que Christian apartó un poco el auricular de la oreja.
Erwin dejó de comer.
—Sí —dijo Christian—. Yo.
Escuchó.
—No, estoy bien.
La voz continuó.
—No estoy muerto.
Patrick bajó los ojos hacia su bocadillo.
—No sé dónde has oído eso.
Una pausa.
—¿Quién?
Christian miró a Erwin.
—No. Marc está en el hospital, pero está vivo.
La voz cambió.
Christian se levantó de la mesa.
—Escúchame. No vengas aquí hasta que hablemos.
El hombre al otro lado dijo algo.
—Porque no quiero meterte en un problema que todavía no comprendo del todo.
La respuesta tensó la mandíbula de Christian.
—No te he pedido que confíes en mí.
Erwin dejó el bocadillo.
Christian continuó:
—Te he pedido que esperes.
El hombre no parecía dispuesto a hacerlo.
Patrick reconoció el cambio antes de poder precisar de dónde procedía.
No del volumen, porque Christian no había levantado la voz, ni de las palabras, que seguían siendo casi corrientes.
Era algo en el ritmo, en la desaparición de las pequeñas vacilaciones que Patrick había empezado a notar en Maurice.
—Alain, no vas a ninguna parte hasta que yo te llame.
El silencio al otro lado duró varios segundos.
Christian miró hacia la mesa.
—Por favor.
Patrick volvió la cabeza.
La palabra pareció sorprender también al hombre del teléfono.
Cuando terminó la conversación, Christian siguió de pie.
Erwin preguntó:
—¿Va a venir?
—Probablemente.
—Le has dicho que no venga.
—Sé lo que he dicho.
—Entonces ¿qué?
Christian dejó el auricular.
—No creo que vaya a hacerme caso.
Erwin sonrió brevemente.
—Eso sí que es nuevo.
Alain llegó después de comer, casi una hora antes de lo que Erwin había calculado, en un coche tan corriente que Patrick lo vio en la cámara de vigilancia sin prestarle atención.
El hombre que bajó era alto y corpulento, con el pelo completamente blanco y gafas de montura fina.
Llevaba vaqueros, zapatos de vestir y una camisa azul que se tensaba sobre su barriga más de lo que probablemente había previsto el fabricante.
No parecía un hombre del pasado de Christian.
Patrick empezaba a comprender que ninguno de ellos lo parecía ya.
Erwin fue a recibirlo arriba. Patrick se quedó en la cocina con Christian y oyó acercarse unos pasos, luego la voz de Erwin:
—Antes de que digas nada, deja que…
Alain entró.
Se detuvo en la puerta al ver a Christian.
No dijo nada.
Christian se levantó.
—Alain.
El hombre cruzó la habitación y le pegó.
No lo bastante fuerte para derribarlo, pero sí para hacerle girar la cabeza y para que Patrick se pusiera en pie tan deprisa que la silla cayó detrás de él.
—¡Eh!
Erwin le puso una mano en el pecho.
—Quieto.
—Acaba de pegarle.
—Ya lo he visto.
Christian se tocó el labio con la lengua. Una fina línea de sangre había aparecido en la piel.
Alain respiraba con fuerza.
—Dieciocho años.
Christian lo miró.
—Sí.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
—No.
—Pues di algo.
Christian pasó un dedo por el labio y miró la sangre.
—Pegas bastante fuerte.
Alain se quedó con la boca entreabierta y luego estalló:
—Vete a la mierda.
—Probablemente me lo merezco.
—¿Probablemente?
—Alain…
—No. Tú te callas un minuto. Estuviste callado dieciocho años y no te mató.
Patrick se sentó despacio, aunque la silla seguía en el suelo.
Erwin se la levantó.
Alain se volvió hacia Erwin.
—¿Y tú lo sabías?
—Desde ayer.
—¿Dónde estaba?
Erwin señaló a Christian.
—Pregúntaselo a él.
—Te lo pregunto a ti.
—En un monasterio.